Creo que fue Habermas, el que dijo que “no es necesario tomarse el poder, sino acorralar al Estado, para cambiar el rumbo de un país”. Cuando un Estado como el nuestro ha perdido validez como interlocutor legítimo de las instituciones, y la población civil, la única manera —dada su incapacidad— es sacar la política a la calle, y la plaza, para oxigenarla de su contaminación.

     Mientras es vergonzoso presenciar  todo lo que está pasando en este gobierno, que atropella a su sociedad de a pie, con más impuestos que se traducen literalmente en sacarles el pan de su boca, y a un Congreso, lanzando cortinas de humo, permite que  un fiscal de oscuros intereses pose como reyezuelo intimidando y ridiculizando a todo aquel que se le atraviese, resulta alentador ver cómo los muchachos de las universidades públicas dan ejemplo de dignidad, movilizándose por todo el país, dejando en claro que, en adelante, los corruptos de este país, no podrán “meterles el dedo en la boca tan fácilmente”.

     Estos muchachos que se movilizan por la financiación y calidad de la educación pública, a pesar de su corta edad, tienen la experiencia del pasado y la sabiduría, para no caer de nuevo en la trampa. Hace seis años, Santos los desmovilizo con engaños, cuando tuvo que retirar, por presión de las marchas, un proyecto lesivo que transitaba en el Congreso para la educación universitaria, pero, al otro día, lo implementó con decretos presidenciales. Saben que lo mismo le hizo al magisterio agrupado en torno a Fecode, saben que lo mismo sucedió con los indígenas, campesinos, obreros de las centrales. Saben, que lo mismo les hará la ministra de educación actual si se desmovilizan al unísono por un acuerdo de papel, donde les prometan el cielo y la tierra, porque, como dijo Gabo alguna vez, tenemos dos países: el del papel y el de la realidad. Y el de la realidad es aterrador en manos de una clase dirigente que no tendrá escrúpulos por adecuar sus cuentas a la matriz rentable del statu quo como imperativo categórico para la elite. Por eso, nunca habrá plata para el conjunto de la sociedad, solo limosnas y una que otra dadiva para desmovilizar lo que no les conviene y, por supuesto, amenazas y saboteo para romper la protesta con el argumento de que esta infiltrada de terroristas y conspiradores. Cuento viejo y no creíble, cuando constatamos que estos muchachos si algo tienen es valor civil y pulcritud ética en su lucha. Pero además, tienen algo nuevo: inteligencia práctica para tomarse las ciudades y llamar la atención. Eso lo presencie en la toma de Bogotá del miércoles pasado, cuando marcharon en distintas direcciones y destinos. Esta vez, las marchas no llegaron a la Plaza de Bolívar, llegaron a todas partes, al sur, al norte, al este y al oeste. Yo los vi llegar por la calle ochenta, de manera creativa, con tono alegre y paso festivo… En sus ojos vi la convicción que acaso los viejos ya perdimos, además de la vitalidad propia de los años mozos. En ellos vi lo que alguna vez fui: ¡Un muchacho con los cojones bien puestos, difícil de domar y jinetear!

     Pero más allá de su justa protesta, los estudiantes nos están dando una lección de pedagogía política práctica: se están comunicando con amplios sectores de la sociedad, han vinculado a la protesta a sindicatos de las centrales y del

magisterio, a sectores indígenas y agrarios y, aprovechando sus presentaciones en Bogotá, hasta a artistas del extranjero comprometidos con lo social; han hecho despertar de su letargo —al menos por un instante—  a una sociedad que parece entender, por fin, que la incomodidad que causan las marchas se debe a su  indiferencia acumulada.

     Al poder convencional nunca le ha gustado compartir lo que pomposamente llaman democracia y en Colombia nunca la ha habido. Siempre la aplastaron. En los comienzos de la colonia, Benkos Biojo, un esclavo traído del reino de Senegal, se les escapó y se internó en la manigua, fundó los palenques y gobernó una amplia región de la sabana de Sucre y Córdoba por más de veinte años.  Les tocó hacer pactos de no agresión, con el cimarrón convertido en rey de la manigua, hasta que le tendieron una trampa en Cartagena. Lo mismo pasó con los comuneros dirigidos por Galán, igual con los guerrilleros liberales del Llano, también masacraron a todo un movimiento de izquierda —la U.P— y ahora amenazan hacer lo mismo con las Farc.

     Ahora, ¿qué van a hacer con la protesta de los estudiantes que pelean como ‘el tigre encaramao’?

     Los corruptos saben que cuando un pueblo despierta de la indiferencia, producto de la dominación simbólica, que nos hace creer que es mejor no meterse en lo público porque aturde los sentidos del confort individual y es mejor dejarles eso a los políticos, es porque la política ha dejado de ser patrimonio del Estado y de los profesionales de la política, de los manipuladores del voto y de la opinión. Llegado ese momento, lanzan rayos y centellas porque presienten que se les viene la noche y comienza una nueva alborada que habrá que ver con ojos nuevos.

     Por eso, no es necesario tomarse el poder, solo basta acorralar al Estado, porque en ese momento el poder pasa a manos del soberano legítimamente y el estado pierde toda legitimidad. Solo les queda la violencia. Para allá van, tarde o temprano los que no ven, ni oyen. ¿Quiénes son? Adivinen.