Las elecciones presidenciales de 1970, serían las últimas de la alternación de los partidos liberal y conservador en el poder. Se habían fijado un plazo de dieciséis años, para que la normalidad institucional se restableciera en toda la Nación. El caso es que habían creado un sistema para turnarse en el Palacio de San Carlos, cada cuatro años, excluyendo a toda idea que no fuese de ese talante.

     Pero había inconformidad hasta dentro de las propias agrupaciones políticas, por cuanto los ‘orientadores’ escogían a dedo a los posibles jefes de estado, inventándose convenciones amañadas para designarlos. La rebelión había empezado con López Michelsen y su Movimiento Revolucionario Liberal, cinco o seis años atrás, para oponerse a la candidatura de Carlos Lleras Restrepo. En el setenta, los revoltosos fueron Belisario Betancur Cuartas y Evaristo Sourdis, del lado conservador, y por la ‘revolución de la yuca’, el exgeneral Gustavo Rojas Pinilla, quien había creado, luego de su amnistía, la famosa Alianza Nacional Popular, Anapo, con su hija María Eugenia de capitana mayor.

     Bajo ese panorama, se enfrentaron para las elecciones presidenciales del 19 de abril de 1970 Belisario, Evaristo, Pastrana y Rojas Pinilla, en medio de una gran tensión y bajo el mandato de Carlos Lleras Restrepo, liberal que había logrado algunos avances en la parte económica, que favorecían a los potentados, y en la reforma agraria a través del Incora, dirigida, supuestamente, a entregar tierras al campesinado y a realizar proyectos de mejoras de regadío, como efectivamente sucedió al sur del departamento del Atlántico y en algunos otros sitios de Colombia.

     Llegó el tan esperado debate electoral y, a partir de las ocho de la mañana, de ese día se abrieron las urnas, con un ligero favoritismo de las ‘hordas’ de Rojas Pinilla, que hacían presencia en todas las zonas con sus tradicionales colores rojo, blanco y azul.

     El enjambre de periodistas que a las ocho de la noche colmábamos el recinto de la Registraduría Municipal de Barranquilla, nunca pensamos que ese 19 de abril de 1970 marcaría el inicio del proyecto de rebelión de un grupo guerrillero que se distinguiría, más por sus acciones sensacionalistas, que por sus acciones bélicas; hasta cuando 

ocurrió lo del Palacio de Justicia en Bogotá.

     Armando Benedetti Jimeno, director del Noticiero Todelar de la Costa, conocido en los medios locales como ‘Cicuta’, con su habitual serenidad y calma, había planeado durante semanas el cubrimiento del evento electoral que designaría al último presidente de Colombia en vigencia del Frente Nacional.

     Con la holgada plantilla de redactores con que contaba el diario hablado y con asesores de lujo, entre ellos, Antonio Abello Roca y Hernando Quintero Millán, Quillan 007, Benedetti organizó el cubrimiento apoyado en un equipo de periodistas conformado por Beatriz Manjarrez, Miriam Nasa, 

Ricardo Heberto Díaz de la Rosa, Rafael Ulises Lafaurie Rivera, Víctor Arturo Polo Sanmiguel, Juan Bosco Socha y José Joaquín Rincón Chaves, quienes desde tempranas horas iniciamos la recolección de datos electorales para informar de primera mano a los expectantes oyentes de la ciudad y de la región.

     En juego estaba la confirmación del primer lugar del noticiero, entre la audiencia de Barranquilla y de la Costa. En estudios, las voces de Rafael Araujo Gámez, de Leonidas Otálora Arango y de Álvaro

Enrique Ruiz Hernández, transmitían las incidencias de los comicios, conforme iban siendo reportados desde los diferentes sitios que el organismo electoral había habilitado para la participación de los ciudadanos.

     En ocasiones, se entregaba ‘el cambio’ a los periodistas ubicados en las sedes de las Registradurías Municipal del viejo Palacio de la Alcaldía o desde la Registraduría Departamental, en la antigua Gobernación, para que se informara en ‘vivo y en directo’ sobre la marcha de las votaciones.

     Se producían ‘enlaces’ con todo el Circuito Todelar

de Colombia, de manera que la información fluía seria y veraz con esa velocidad que las ondas hertzianas permitían, a fin de contabilizar las preferencias de los electores por tal o cual candidato. En el ambiente se comentaba que las disidencias de Evaristo Sourdis y de Belisario Betancur minarían la candidatura frente-nacionalista de Pastrana Borrero, apoyada en la fuerza liberal y en la élite conservadora de la época. Este debilitamiento podría dar paso al triunfo de la Anapo, liderada por Rojas Pinilla, a quien le habían sido restablecidos sus derechos civiles por la Corte Suprema de Justicia.

     Mi general había sido condenado por el Congreso y había sido aislado años atrás, en una fragata de la Armada Nacional, la ‘Almirante Tono’ y ahora regresaba para salvar del naufragio a la debilitada democracia criolla. El gobierno de la papa y la yuca, como entonces se decía, por ser sus partidarios pobres campesinos, demostraría su gran fuerza, en esas elecciones de 1970.

     Con semejante panorama, el país empezó a recibir a través de Todelar los datos desde todos los puntos cardinales de la Nación y lo que era una simple conjetura, sin los análisis de las ‘juiciosas encuestas’ de hoy en día, empezó a tomar forma. Todo, a pesar de las advertencias que días antes habían lanzado el ministro de Gobierno Carlos Augusto Noriega y el propio presidente Carlos Lleras Restrepo, a quien el procurador Mario Aramburu había sancionado con amonestación disciplinaria, por romper la imparcialidad que debería haber mantenido en tales circunstancias y por patrocinar abiertamente la candidatura de Pastrana Borrero.

     El caso es que las elecciones empezaron a favorecer por amplio margen, la candidatura de Rojas Pinilla. Pastrana estaba recogiendo los frutos de ser malquerido por sus amigos conservadores, quienes pasaban cuenta de cobro por los resultados maliciosos de la convención de ese partido, que habiendo favorecido a Sourdis, le había escogido a él mediante triquiñuelas, despreciando el poder costeño y la hoja de vida del sabanalarguero.

     Igualmente, los liberales no estaban muy contentos con el régimen estricto de Lleras Restrepo y, para rematar, muchos amigos de López Michelsen se habían constituido en el ala dura del MRL y se negaban a la entrega del movimiento por parte de Alfonsito, fulgente aliado del gobierno y llerista furibundo.

     A las ocho de la noche, del 19 de abril de 1970 los datos electorales favorecían a Gustavo Rojas Pinilla, era el nuevo presidente de Colombia, desalojando al último candidato del Frente Nacional. A esa

hora, llegaron a la Registraduría los refrigerios prometidos por Leonidas Otálora Arango a los hambrientos periodistas de Riomar, unos pollos asados de Piko-Rico, que, no se sabe, si por haberse comprado muy temprano o por haber sido preparados días atrás, estaban más improbables que el triunfo de Pastrana Borrero.

     A esa misma hora, el ministro conocido como ‘El tigrillo’ Noriega, sacó sus afiladas garras y ordenó la suspensión de las transmisiones radiales sobre las elecciones, en conjunto con Antonio Díaz, ex líder sindical, ministro de Comunicaciones en ejercicio. A las nueve de la noche y ante la protesta popular que empezaba a tomar cuerpo en las calles de Bogotá y en otras ciudades de Colombia, el presidente Lleras Restrepo, por medio de la Televisora Nacional y la Radio Nacional de Colombia, mandó a dormir a los ciudadanos y decretó el toque de queda para la capital.

     En Barranquilla, los pollos piko-rico achicharrados quedaron abandonados sobre el mesón de la Registraduría Municipal del Estado Civil y sus destinatarios, que éramos Víctor Arturo Polo Sanmiguel, Ricardo Diaz, Rafael Lafaurie y este pechito, fuimos sacados a las volandas de la sede oficial y, algunos, terminamos en el balcón de la casa de Armando Benedetti Jimeno, avizorando hacia la casa de Moisés Musa Tarud, dirigente de la Anapo en el Atlántico, 

rodeada de soldados y de tanquetas de asalto.

     Creo que solo hasta ese día, Moisés supo lo que era haberse abierto ante sus ojos el Mar Rojo, tan solo que los soldados del Faraón no lucían espadas ni cotas de malla, iban con uniforme de camuflado y rifles de largo alcance. En vez de carrozas tiradas por caballos, se hacían acompañar de modernas tanquetas, con su cañón y ametralladoras listas para sofocar cualquier revuelta.

     En Santa Marta, ese 19 de abril, un joven guerrillero, oficiante de Macondo, con el apellido parecido al de uno de los héroes de los paquitos y ciudadano rico de Ciudad Gótica, empezó a madurar su idea de una revolución diferente, a lo Caribe.

     Se llamaba Jaime Bateman Cayón.

JOSÉ JOAQUÍN RINCÓN CHAVES