La diferencia en la forma de satisfacer las necesidades entre humanos y animales, consiste en que mientras los animales saben lo que tienen que buscar, y tienen muy pocos caprichos al respecto —no se ponen a inventar necesidades nuevas y más bien descansan y retozan—, en cambio nosotros nos complicamos pensando cómo satisfacerlas, más y mejor, añadiéndole requisitos exquisitos como cuando pedimos un tinto con pitillo.

     Para Lacan, un psicoanalista francés de mediados del siglo XX, el hombre es un ser inacabado, no se satisface nunca, porque es demanda de amor y no de necesidades. Pero esa demanda no es petición de cosas naturales, sino deseo del deseo del otro, es decir, deseo de dominar su consciencia. Mientras el animal busca cosas naturales y se las come y no necesita más, nosotros, además de consumir cosas de la naturaleza para sobrevivir —alimento, cobijo… etc.—, necesitamos consumir deseos como necesidad de reconocimiento. Cuando esos deseos se vuelven fantasmas, caemos en la psicosis y demás casos patológicos. En el amor, siempre 

habrá una batalla para ver quién se enamora más que el otro. Y el más enamorado ‘pierde’ paradójicamente, porque su oponente al estar ‘menos’ enamorado es más autónomo o libre, está menos apendejado por el idilio. Los antiguos griegos recomendaban, en la voz de Sócrates, no pararle bolas a una persona que esté enamorada de uno, porque está delirando y no es objetivo, y todo lo de su amante le parece divino, incluidos sus defectos. En esta dirección, el amor parece más bien una enfermedad necesaria, pero entonces casi toda la humanidad estaría enferma. Desde luego es así, desde el punto de vista lógico o racional, pero no desde las pasiones de la no razón. Desde este ángulo,

los filósofos griegos —que eran racionalistas, pero no a secas— terminan admitiendo que sin ese delirio llamado amor, la humanidad no podría vivir.  

     En la ‘Dialéctica del amo y del esclavo’, Hegel, el filósofo alemán del siglo XIX, decía que lo que el hombre desea es que el otro se someta y lo reconozca, pero que ese reconocimiento implica que el otro prescinda de ser reconocido y se someta por miedo a la muerte o por seguridad. En ese choque de conciencia, se establece una batalla por el sometimiento del uno al otro, donde el amo se apodera de la conciencia del esclavo a cambio de darle sustento y seguridad y el esclavo le produce al amo todo tipo de bienes materiales y servicios 

de todo tipo. Pero con el tiempo el esclavo, en tanto productor, se enriquece, se vuelve creador y el amo, en tanto holgazán y vago, se empobrece.

     Existe una película llamada ‘La gran comilona”, de la década del sesenta del siglo pasado, de Marco Ferreri, donde cuatro personajes de la alta burguesía se encierran a comer hasta reventar y morir. La idea del guion es que los esclavos llevan la comida y los burgueses comen tanto hasta morir uno a uno, intoxicados.

     Desde luego, más allá de la genialidad de esa película, sabemos que la burguesía sigue comiendo y no muere y que son los pobres los que mueren por no comer. Hoy sabemos que el proletariado, que salió de esos esclavos que se liberaron, no enterraron a la burguesía como Marx había soñado y, más bien, el proletariado sí parece ser una bella 

metáfora de la utopía comunista.

     La burguesía parece no satisfacerse nunca, y nunca va a morir por eso, menos ahora cuando sabemos que el uno por ciento de la elite mundial posee el 50 por ciento de los bienes y servicios del planeta. Ni Luis Carlos Sarmiento, ni Ardila Lule, ni los cacaos, ni ninguno de ellos se va a indigestar por comer capital

     En cambio, más allá del deseo de acumulación que parece no tener límites, existe, entre otros deseos de la criatura humana, el del amor carnal, tan raro, tan pobrecito a veces, que hizo describir a García Márquez un pasaje en la novela ‘El amor en los tiempos del cólera’, tan propia de los amores contrariados, como aquel pasaje en que uno de sus personajes le va a entregar una carta de declaración a la dama y justo un pájaro que pasaba  por ahí se la caga ante la mirada atónita de la futura amante, o cuando el mismo personaje —tan parecido al de Escalona: lo encontraron “contramatao… porque estaba enamorao”—, atraviesa un parque de un pueblo de la costa en pleno toque de queda por las tantas guerras civiles y cuando es requerido por los soldados les confiesa que él es un pobre enamorado y que si eso es motivo de detención, que lo arresten.

     ¡!Habrá visto la historia de la naturaleza en toda su eternidad, un ser tan raro como este ser deseante que la modernidad denominó dizque pensante ¡!