EXPOSICIÓN DE ARTE EN MADREPERLA

     La noche del jueves 1° de noviembre, Día de los Santos, el salón de eventos del Club ABC de Barranquilla se llenó de público especial para admirar las obras que allí se exponían. Cada boca de los invitados congregados por el empresario colombiano de estirpe palestina Enrique Yidi Daccarett no cesaba de abrirse y cerrarse por la admiración que las inundaba; igual sus voces musitaban con asombro ante cada apreciación que hacía del arte allí exhibido ¡qué maravilla!, ¡increíble!, ¡fantástico! eran las exclamaciones escuchadas. El salón iluminado estaba y no solo con sus lámparas de araña, sino con el brillo que brotaba de cada obra de arte allí colocada, de las más de cincuenta trabajadas en el Taller Palestina, ubicado en Barranquilla, que precisamente ayer cumplía sus veinte años de establecido y dirigido por este empresario que desde su compañía trabaja con un material también especial: el mármol.

     Ante el asombroso arte exhibido parecía casi increíble que existiesen manos de seres humanos y específicamente colombianos, más aún, que fuesen barranquilleros, los de especial delicadeza para trabajar con esmero y cuidado ese oficio sobre piezas de micro tamaño y en exclusivo material: la madreperla, esas conchas o especies de moluscos bivalvos casi circulares 

que se pescan para recoger las perlas que pueden contener y aprovechar el nácar de que están revestidas las valvas en su interior. Pero sí, existen esas manos, las de los operarios talladores que trabajan con tan delicado producto en el Taller Palestina, fundado en 1998 con el propósito de rescatar, preservar y difundir el arte de la talla del nácar. Desde entonces hasta hoy, se han elaborado allí más de 400 obras.

El Taller Palestina: continuación de la tradición familiar

En 1998 nace el Taller Palestina en Barranquilla, que a lo largo de estos años se ha encargado de trasplantar, preservar y divulgar el antiguo legado de la talla del nácar, el cual ha sido patrimonio artístico insigne del pueblo palestino.

La iniciativa  surge de Enrique Yidi Daccarett, descendiente de familias palestinas que emigran al Caribe colombiano en 1911, procedentes de Belén. La familia Yidi llevaba casi dos siglos continuos trabajando el nácar en los talleres familiares y en el de los Lama y de los Zougby, cuando se dispersaron y asentaron en varios países de América Latina.

     En la actualidad, el Taller lo integra un grupo interdisciplinario de seis artistas y artesanos colombianos que continúan siendo entrenados en labores de talla figurativa, de atauriques y de cinta 

afiligranada, como también en taracea, grabado, mosaico, ebanistería y restauración. Entre ese personal calificado se encuentra el maestro Ricardo Támara y su asistente Agustín Gutiérrez, el tallador y mosaiquista Alfredo Márquez, además del maestro en ebanistería José Buelvas. El taller cuenta con el apoyo de Fabián Jiménez en la ejecución de planos arquitectónicos a escala. Todos ellos son coordinados por Enrique Yidi, quien dirige y diseña las obras a ejecutar. Por supuesto, para lograr este objetivo se realizó un profundo aprendizaje in situ de las técnicas ancestrales aplicadas a este arte.

     Para una excelente realización del especial trabajo se recorrieron talleres familiares de Belén, sobre todo, Beit Yala y Beit Sahur en Palestina, en pos de recopilar archivos, fotografías, planos, piezas originales, saberes y conocimientos prácticos de la mencionada tradición, 

que data del siglo XVI. Es importante resaltar que en 1994 se adquieren archivos, fotografías, planos y documentos del taller de los Zougby, que estaban en manos del artista del nácar Gregory Zougby, hijo de uno de los grandes maestros en este arte, de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, Bichara Zougby.

     Entre las más de cuatrocientas obras elaboradas por el Taller Palestina, se cuentan escudos de Colombia,

Venezuela, Brasil, Argentina, Siria, Chile, Palestina y del Patriarcado Latino de Jerusalén; obras para varios museos

del mundo (monasterio de la Encarnación y de la Peregrinación, el primero en Madrid y el segundo en Santiago de Compostela; Museo de la Madreperla en Australia, Museo Malacológico Piceno en Italia, Museo Oceonográfico de Mónaco, entre otros), también piezas para el ajuar litúrgico de catedrales e iglesias, además de encargos a presidentes, ministros y embajadores de algunos países latinoamericanos. Igualmente se han restaurado obras importantes en nácar en Europa, América del Norte y América del Sur, y realizado curadurías en los Museos Vaticanos, en el Museo Franciscano de Washington, entre otros.

      Adicionalmente a las conchas de nácar, se han introducido quince nuevas variedades de madreperla y abulones originarias de once países diferentes. Esto ha ampliado las posibilidades de diseño y manejo de la luz en las composiciones. Por otra parte, se han incluido materiales preciosos como el ébano, el marfil de mamut fosilizado y una serie de piedras semipreciosas en donde se destacan la malaquita, la turquesa y el lapislázul.

     Sobre la clase de trabajo de estas obras de arte sacro fuera de lo común habría mucho de qué escribir, sobre todo, los orígenes de la talla del nácar 

o madreperla, desde sus épocas de peregrinación a Tierra Santa. El papel es poco, el tiempo también para extender y explicar la maravilla en solo letras. Pero hay que darle vivas al tesonero empeño de un empresario, de un hombre que por encima de todo ha querido dejar grabado en el tiempo y en la cultura del mundo el arte de sus antepasados.

Nury Ruiz Bárcenas

Escritora y Periodista cultural

Orden José Consuegra Higgins

funescritoresdelmar@gmail.com