El trabajo de Maquiavelo, escritor florentino del renacentista siglo XVI, ha gozado de mala fama, que yo me atrevería a decir que es, en gran parte, injustificada: Muchos de quienes lo denigran, no lo han leído. Si acaso, citan la famosa expresión “el fin justifica los medios”, que, de hecho, no aparece textualmente en El Príncipe, para señalarlo de ser el adalid de las conductas amorales en política, equivalente al “todo vale” con tal de alcanzar un objetivo.

     Lo que dijo, en el Capítulo XVIII fue: “En las acciones de los hombres, y particularmente de los príncipes, donde no hay apelación posible, se atiende a los resultados. Trate, pues, un príncipe de vencer y conservar el Estado, que los medios siempre serán honorables y loados por todos; […]”. Aunque podría defenderse que la frase “el fin justifica los medios” se sigue de lo aquí citado, lo cierto es que mucha gente la interpreta fuera del contexto, que es una de las prácticas argumentativas con las que se suele atacar falazmente una idea o una teoría.

     El trabajo de Maquiavelo, escritor florentino del renacentista siglo XVI,

ha gozado de mala fama, que yo me atrevería a decir que es, en gran parte, injustificada: Muchos de quienes lo denigran, no lo han leído. Si acaso, citan la famosa expresión “el fin justifica los medios”, que, de hecho, no aparece textualmente en El Príncipe, para señalarlo de ser el adalid de las conductas amorales en política, equivalente al “todo vale” con tal de alcanzar un objetivo.

     Lo que dijo, en el Capítulo XVIII fue: “En las acciones de los hombres, y particularmente de los príncipes, donde no hay apelación posible, se atiende a los resultados. Trate, pues, un príncipe de vencer y conservar el Estado, que los medios siempre serán honorables y loados por todos; […]”. Aunque podría defenderse que la frase “el fin justifica los medios” se sigue de lo aquí citado, lo cierto es que mucha gente la interpreta fuera del contexto, que es una de las prácticas argumentativas con las que se suele atacar falazmente una idea o una teoría.

     Pues bien, Maquiavelo diseña un modelo de estado republicano en el que cada ciudadano, en tanto que libre, forma parte de la comunidad política. Y puesto que la ley es un resultado de la deliberación común, en cuya elaboración el participó, la suma de los individuos, el pueblo, considerará lo público, es decir, la ley, como propio, y lo respetará como expresión de la voluntad colectiva, por encima de los intereses individuales, de manera que la acción individual sólo tiene sentido si se pone al servicio del interés común. 

     Ahora bien, aunque considera que en ese momento no están dadas las condiciones para que exista la república, por lo que propone la dictadura de un déspota ingenioso que cree las condiciones para que esta exista, sí avanza en la consideración de los deberes políticos de los ciudadanos y de los gobernantes para con el estado. Los primeros tienen, en primer lugar, la obligación de defender a la patria y formar parte de su ejército. Aquí hay que anotar que, en ese momento, lo usual en los distintos estados era defenderse con mercenarios y que los pensadores del renacimiento, como Maquiavelo, están proponiendo la creación de ejércitos nacionales constituidos por ciudadanos que no luchan por dinero, sino 

por defender la patria a la que pertenecen en cuanto tales ciudadanos. La pertenencia a la república genera la obligación de sus miembros, de defenderla. La circunstancia de que una república esté rodeada de estados no republicanos hace a Maquiavelo proponer la necesidad, no sólo de defender las fronteras externas, sino de expandirlas. Hoy, esta idea es impresentable, pero, insisto, piénsese que estamos hablando de los años mil quinientos y las ciudades - estado se encontraban rodeados de grandes enemigos, como el Papa, Francia (y otras ciudades–estado), que harían e hicieron todo lo que pudieron para acabarlas.

     El mayor deber del gobernante es garantizar la supervivencia del Estado, incluso mediante el uso de la fuerza, para garantizar la libertad colectiva. El uso de la fuerza cuando sea necesario -y esto ocurre cuando la existencia de ese estado está en peligro- es la expresión del poder público, pues gobernar es impedir que los súbitos lo perjudiquen. No es el resultado de pasiones o de la voluntad de unos sino de la necesidad misma de que el estado sobreviva, y, en consecuencia, no es arbitraria. La tesis de que los intereses del Estado están por encima de los intereses individuales, y de que este tiene que garantizar su supervivencia, como sea, aun por la fuerza, es lo que se conoce como razones de estado.

     Para Maquiavelo, la moral de un gobernante es distinta a la de un individuo común. Para este, por ejemplo, es una virtud ser compasivo y decir siempre la verdad. El gobernante, en cambio, para preservar el estado, a veces tiene que ser cruel y mentir. Concuerda con Sun Tzu (554 – 496 antes de Cristo), anoto yo, quien señala que el arte de

la guerra (que es la política por otros medios) es el engaño.

     Si trasladásemos lo que dijo Maquiavelo a la preservación de un estado democrático de derecho, que defiende las libertades individuales y la integridad del territorio, muchas de sus teorías serían actuales. Que quede claro. No me refiero a tiranías como las de Venezuela (que también lo usan) en las que defender la supervivencia del estado es un crimen, sino a democracias, como la colombiana, que ha resistido el asedio del terrorismo nacional e internacional. Nuestro gobernante tiene la obligación de defender nuestro estado de derecho para que sobreviva y para hacerlo no puede actuar como una hermanita de la caridad en un convento de clausura, sino como un estadista que hace uso de la fuerza cuando

es necesario; que, en aras a las razones de estado, se alía hasta con el diablo (más allá de sus deseos, sentimientos y creencias personales) -en los términos de la ley- para garantizar la gobernabilidad interna, las necesarias reformas como la de la justicia, y la seguridad externa.

     Ojalá la sabiduría y el pragmatismo políticos del gobernante sean su guía, por el bien de Colombia.   De lo contrario, nos esperan tiempos más malos que los que estamos intentando ahora superar.