Cuando en el programa ‘El precio es correcto’ de History Channey llamaban a Rebecca Romney para que examinara un libro, ella, con sus manos de seda, ojeaba sus páginas, examinaba las tapas, costuras, palpaba las páginas y casi que transpiraba ese olor a viejo que suelen tener las primeras ediciones de incunables o de vademécum que han permanecido en estantes por años.

     Lo cierto es que sólo apareció en unos 60 capítulos de ‘El Precio es correcto’, pero se quedó en el corazón de los amantes de las obras impresas de hace 100 y hasta 400 años o, que sencillamente, son curiosas.

     “Compro, busco, catalogo y vendo libros raros para ganarme la vida”, ha dicho Rebecca. En la actualidad trabaja en ‘Honey & Wax Booksellers’, una librería que ofrece obras de literatura, primeras ediciones raras y obras únicas.

     De esta forma ha encontrado primeras ediciones de autores como Cervantes, Shakespeare, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Charles Dickens, Óscar Wilde, James Joyce, Fiódor Dostoievski, Neruda, Édgar Alan Poe, Charles Bukowski,

entre otros y obras extrañas de La Biblia, El quijote de la Mancha, Cien años de soledad y mil títulos más.

     A veces, una simple costura, la falta de una carátula, el descuido en la impresión ocasiona una rebaja considerable en obras que puede llegar a venderse en miles de dólares.

     Hace unos años en Colombia, por dos tomos de Don quijote de la Macha, de una edición de Editors S.A. de Barcelona, con papel pergamino y grabados de Ricardo Balaca y José Luis Pellicer y que conmemoraba el V Centenario del descubrimiento de América se pagaron 4.322.000 pesos.

     En 1994 Bill Gates compró el ‘Códex Leicester’, un documento científico de 72 páginas sobre astronomía, hidráulica, meteorología, cosmología, geología y paleontología de Leonardo da Vinci, por US $ 22.4 millones.

LA HISTORIA DEL PRECIO ES CORRECTO

     Además de su participación en el programa, Rebecca fue gerente de la librería Bauman Rare Book y coatura del libro ‘Printer’s Error: Historias irreverentes de la historia del libro’. Es miembro del Club Grilier de Nueva York, pertenece al Comité de becas de la Escuela de libros raros y de otras asocaciones.

     Es una apasionada por los libros raros. En el 2007 aceptó el reto de trabajar en una galería de Bauman Rare Book en Las Vegas, en el 2010 fue ascendida a gerente y un día del 2011, Rick Harrison, uno de los propietarios de la popular Compra Venta ‘Oro y Plata’, donde se graban los programas de ‘El Precio de la historia’, la invitó a participar y se convirtió también en la única mujer que asesora en las compras o ventas de los libros.

     En el 2014 se trasladó a Filadelfia para trabajar con Natalie Bauman, cofundadora de Bauman Rare Book. “Me encargaba de la supervisión de las operaciones centrales de la firma, que incluyen compras, mercadeo, precios y catalogación, y administraba la librería con 35 personas”.

     En 2016 dejó a Bauman para dedicarse a otros proyectos, incluido un podcast sobre libros llamados Biblioclast, que produce con el JP Rommey.

     En el verano de 2016 se fue a Brooklyn a trabajar en Honey & Wax Booksellers, fundada por una amiga suya, Heather O'Donnell. 

     Además de sus apariciones en ‘El precio de la historia’, es conferencista en temas relacionados con libros, recopilación, conservación de la historia y fomento de la alfabetización. 

     De pronto, amigo lector, en su biblioteca tiene el libro que le ayudaría a sobrellevar la economía naranja que propone el presidente Iván Duque. Contáctese con Rebecca que, de seguro, le dirá la verdad y, de pronto, le compre el vetusto arrume de páginas viejas y raras. Uno no sabe.

     Al 31 de octubre se le conoce como el ‘Día de las brujas’ y miles de personas se disfrazan del personaje que siempre han querido relucir en sus vidas. En las calles se ven caracterizaciones de enfermeras, mujeres de 3 en conducta, peluqueros, médicos, bomberos, estilistas y hasta de políticos.

     Las más famosas brujas son las de Salem, un pueblo de Massachussets, en Estados Unidos. Fueron unas pobres mujeres difamadas porque sabían leer, tenían un comportamiento más avanzado y, después de un extraño juicio, las llevaron a la hoguera. Posteriormente el jurado pidió perdón por ese hecho.

Cerca de allí, la médica Margaret Jones fue ejecutada porque tuvo una desgracia: se le morían sus enfermos y esto bastó para que la consideraran como bruja.

     En Colombia dicen “que no hay brujas, pero que las hay, las hay”.

     Quizá el primer brujo más popular en el país fue un barranquillero llamado José Arana Torrol, que curaba con yerbas, espantaba espíritus y otras cosas, según cuenta el historiador Jaime Medina. Por sus andanzas en la costa, el inmortal maestro Guillermo Buitrago compuso el tema ‘El brujo de Arjona’.

     “Hace mucho tiempo visitó a esta población/ un profeta loco que le llamaban enviado/ predicando el Evangelio a solteros y casados/ que duerma la suya que duerma la mía/ está dispuesto por el enviado”, eso decía la canción.

     Quizá la hechicera más famosa del país sea Amanda Londoño, quien inspiró el libro del periodista y escritor zipaquireño Germán Castro Caycedo que “narra la vida de una bruja poderosa que atendió a presidentes de la República, hijas de expresidentes, gobernadores, senadores, diputados, líderes políticos y, por paisanaje, vivió cerca de uno de los narcos más estridentes de la década de los ochenta en Colombia”.

     Pero la más popular de la televisión es doña Clotilde, conocida como ‘La bruja del 71’, de la serie cómica mexicana ‘El Chavo del 8’.

     Aunque doña Angelines Fernández fumaba más que abogada detenida, nunca se le vio en ese programa aspirar, ni mucho menos leer un tabaco.

     En los 23 años de trabajo en la popular serie mexicana de don Roberto Gómez Bolaños, sólo existe una escena en la cual emplea el espiritismo y fue para averiguar sobre el sonambulismo de su eterno amor: don Ramón.

     Había algo claro en la vida de doña Clotilde: su perro se llamaba ‘Satanás’.

     ‘El chavo’ y en cierta forma ‘Kiko’, le tenían miedo, ‘La chilindrina’, más bien, se aprovechaba del posible romance con su padre. Los televidentes se preguntaban: ¿De qué vive doña Clotilde? ¿Será pensionada? ¿Le enviarán algún giro? Era un misterio, lo cierto es que Angelines Fernández huyó de España en 1947 porque formaba parte de la militancia guerrillera que buscaba destituir al generalísimo Francisco Franco. Le dio miedo seguir en su Madrid y viajó a México donde vivió hasta su muerte en 1994, víctima de un cáncer pulmonar a los 71 años.

     Doña Angelina Fernández era una mujer espectacular. A más de uno se le caían espumarajos al verla. Tenía un cutis perfecto, una mirada penetrante y era una sílfide que hechizaba con su andar.

     Participó en la filmación de más de 25 películas, en plena época dorada del cine mexicano e incluso compartió set con el mismísimo Mario Moreno, ‘Cantinflas’, y gracias a su lindeza era solicitada para roles de primer orden. En los sets solía encontrarse con don Ramón Valdez y sus hermanos.

     Entre descanso y descanso, don Ramón y doña Clotilde compartían su vicio: fumar. Y cuando Roberto Gómez Bolaños le habló al actor de su proyecto de comedias, este le sugirió a doña Angelines Fernández para hacer parte de ese equipo y le aseguró que nunca tendría problemas con ella, como en efecto sucedió.

     Doña Clotilde, además, le ahorró mucho en vestuario. Siempre aparecía con un sombrero y un vestido azul, zapatos sin tacón y nada más.

     Ella era una actriz dramática, estuvo siempre alejada de las comedias, pero aquel papel lo tomó con tal profesionalismo, aunque por él, le daba tristeza salir a la calle.  

     “Los niños en la vida real siempre la imaginaron como una bruja de verdad, y cuando íbamos al supermercado o a pasear al perrito, los chiquitines gritaban: “Ahí­ viene la Bruja” y mi madre se empezaba a mortificar. Me comentaba que se sentí­a triste porque nadie se le querí­a acercar. ¡Le tenían miedo! Me daba risa cuando en la vida real se enojaba con los niños igual que con ‘El chavo’ y ‘La chilindrina’. Después se acostumbró y no le molestaba que le dijera ‘Bruja’”, contó Paloma Fernández, su hija.

     De todas formas, ella le dio personalidad a su papel, sobre todo con las expresiones a don Ramón, a quien le tenía suficiente confianza para prepararle tortas, invitarlo a cenar, defenderlo de la mamá de ‘Kiko’ o, simplemente, para acercársele al oído y decirle: “ro ro”.

     Lo cierto es que doña Angelines Fernández ‘embrujó’ a más de uno en el cine dorado, encantó con su belleza y cautivó con su papel querido como ‘La bruja del 71’.

     En México es una fiesta nacional en la cual hay música, tequila, colorido por doquier, pero, sobre todo, mucha comida. En el 2008 la Unesco declaró la festividad como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

     En un sector de Indonesia desentierran a sus muertos cada año para celebrarles sus ‘cumpleaños’ y, además de limpiar los cadáveres, les cambian la ropa, les cantan y luego los vuelven a meter entre sus sarcófagos.

     La muerte ha tenido su misterio. Hay quienes piden que ese día se emborrachen sus amigos y otros que les lleven mariachis al cementerio. En Cartago, Valle, hace unos años un personaje desenterró a un amigo y lo llevó de juerga por varios días.

     De todo se ve en este mundo. Un amigo decía, al ver un cementerio, que “la gente se muere por ir allí”.

     En la costa Atlántica se conocía de una serie de versos que interpretaban en recitales, en funerarias y en despedidas de difuntos. Una vez, Lisandro Meza, compositor y rey sin corona del vallenato, pero emperador del acordeón sabanero, escuchó la poesía ‘La Gran Miseria humana’, le pareció que sería un hit y la grabó en 1976 en Discos Fuentes.

     “Una noche de misterio/ estando el mundo dormido/ buscando un amor perdido/ pasé por el cementerio… /Desde el azul hemisferio/ la luna su luz ponía/ sobre la muralla fría/ de la necrópolis santa/ en donde a los muertos canta/ el búho su triste elegía/ La luna sus limpideces/ a las tumbas ofrecía”, empezaba la canción tropical más larga que se ha grabado hasta el momento. 
     A los operadores radiales les daba tiempo para almorzar, cenar, hacer llamadas u otros menesteres mientras los escuchas seguían la historia de La Gran Miseria Humana y de cómo se decían unas cuántas

verdades en esa canción que lleva un solo ritmo y una voz casi entre sollozos de Lisandro.

     Es una gran poesía que se transmitía en forma oral. A quien había escrito semejante obra literaria le quemaron todas sus bellas redacciones, sus poemas, sus versos, sus décimas y cuanto pensamiento le floreció el día en que se fue de este mundo.

     Lisandro tuvo la genial idea de recopilar la mayor cantidad de versos, porque luego se han descubierto otros que redactara el máximo poeta de Soledad, Atlántico, a quien ahora le han dado cierto realce y su tumba siempre permanece con flores.

     Gabriel recibió la inspiración desde muy niño. Nació en 1892 y deambulaba por sus calles, era libre como el viento, pero cuando le descubrieron su enfermedad fue sometido a la persecución. A quienes se les encontraba en esa época la bacteria mycobacterium leprae o el bacilo de Hansen, simplemente eran rechazados en la sociedad y se llevaban a dos leprocomios que existían en el país: en Agua de Dios, Cundinamarca, o en Caño Lora, Tierrabomba, 

en la costa Atlántica.

     Según el presidente Rafael Reyes esta enfermedad comprometía el desarrollo del país y lo afectaría internacionalmente. Por eso creó los dos lugares para recluir a quienes padecían el mal y tenían allí, incluso, hasta moneda propia.

     Sin embargo, a Gabriel su familia determinó construirle un cuarto especial donde lo mantenían encerrado. Él la llamó como ‘Mi celda cristiana’ y se dedicó a escribir y gracias a un amigo suyo, José Miguel Orozco, leía diversas narraciones de otros bates.

     Dice la leyenda que él salía de noche al cementerio a escribir elegías.

     El 28 de diciembre de 1920 —cuando se anunció su muerte y muchos hubieran podido creer que se trataba de una inocentada— partió de este mundo luego de inspirarse en el amor, el desamor, la vida y la muerte. Sus familiares ordenaron quemar sus pertenencias, incluidos sus cuadernos y redacciones. Luis Felipe, un hermano suyo salvó del fuego algunos versos.

     Años después de la grabación de Lisandro, las autoridades culturales han luchado por darle el puesto que se merece este noble escritor que hizo de la muerte, una poesía.

     Acompañado del cierzo/ los difuntos visité/ y en cada tumba dejé/ una lágrima y un verso…

     Estaba allí de perverso/ entre seres no ofensivos/ fui a perturbar los cautivos/ en sus sepulcros desiertos/ Me fui a buscar a los muertos/ por tener miedo a los vivos. (…).