Un sordo estampido retumbó en la madrugada. Era el amanecer del 13 de diciembre de 1971. Los recién casados estaban disfrutando de su luna de miel en un modesto hotel de Cartagena de Indias y reposaban tras la noche de amor y pasión que habían soñado, cuando el silencio de la habitación fue roto. Había sonado como uno de esos cañonazos que años, muchos años atrás, retumbaban sobre las murallas de piedra de la vieja ciudad.

     Horas antes se habían registrado en la posada aquella del barrio Bocagrande, cercana a la playa, que ostentaba en la puerta el nombre de Hotel Residencias Lido. Nada de cinco estrellas, tal vez llegaría a tres y eso, incluyendo a los dos loros que la propietaria mantenía en una jaula del gran patio, llena de árboles.

     Eso poco importaba a los recién desposados, llegados de Barranquilla, luego de la ceremonia del casorio en la Iglesia de San Francisco. Vía Brasilia, habían arribado a La Heroica, en una de las busetas españolas marca AVIA, recién estrenadas por la empresa de

transportes y luego de haber vivido la odisea de una huelga de taxis en La Arenosa.

     Sobre las doce y treinta de la tarde del 12 de diciembre habían tomado la ‘lujosa nave’ en el Paseo Bolívar, cuyos pasajes, a precios de hoy, resultarían un insulto para el transportador: diecisiete pesos. Los tórtolos ni cuenta se dieron del tiempo en carretera, ocupados en seguirse jurando el amor, dado en la capilla del Barrio Olaya. A duras penas, y por la parada obligatoria en Luruaco, se bajaron del autobús para saborear unos fritos y dar un vistazo a la 

hermosa laguna, desde el mirador turístico.

     El reguero de miel que iban dejando a su paso los novios, volvió un tapete azucarado los escalones y el pasillo del automotor, al punto que los demás pasajeros debían pisar con cuidado para no resbalar. Para rematar, el novio le pidió el favor al conductor de que pusiera en el pasa-cintas un champú de boleros de antología que, desde Julio Iglesias, hasta Lucho Gatica, Pedro Infante y demás habitantes del romanticismo, poblaron con sus voces el resto del viaje hasta Cartagena.

     En medio de sus amorosos requiebros, recordaban algunos acontecimientos de la boda. Los afanes de la gringuita de los Cuerpos de Paz para cuadrar a los invitados para la foto colectiva, los olores deliciosos de

las picadas y de la cena que se calentaban en la cocina familiar, la perdida de los anillos por el pajecito, que era sobrino del novio, y de la damita de honor, que lo fue una hija de Isbelia, una amiga de trabajo de la desposada, por estar ambos niños coqueteándose.

     Los recién casados soltaban la risa cuando recordaban la tumbada de una cerca de madera de la casa vecina que José Trillos, ya perdido de la borrachera, había confundido con el orinal y al apoyarse en los débiles palos, la había echado al suelo, las lágrimas de Ana Cecilia, no se sabe, si por la pérdida de una hija o la llegada de un nuevo miembro a la familia.

     Llamaba la atención, sobre todo, la cara de felicidad del viejo Carlos, el suegro, que no cabía de contento y que se había gastado todos sus ahorros, en tres docenas de wiski ‘Passport Scotch’ de la mejor calidad y debidamente estampillado por Robertico Esper.

     Ni hablar de los padres del novio, que ya habían dejado de trabajar en la panadería y vivían con Joaco y su hermano menor Pedro Antonio en la casita en donde se celebraba la fiesta y que sería su hogar de ahí en adelante, merced al trabajo en la radio de “su patojito” como aún lo llamaban sus consentidores taitas y, al empleo de Maritza 

en Supermercados Robertico.

     Hasta la discreción de Teresa, la timidez de Martha Cecilia y la carita de susto de Flor de María, las tres hermanas que parecían en una despedida definitiva y no la llegada a otro hogar, fue comentada por la viajera pareja hasta su llegada al llamado “Corralito de piedra”.

     El taxista que los recogió en el Paseo de los Mártires les recomendó el hotelito en donde pasarían los tres siguientes días, gastos cubiertos con los presentes que en dinero habían dejado los

 invitados y algunos ahorros del trabajo de los dos contrayentes. Nada del otro mundo, pero que marcaría sus vidas de ahí en adelante.

     Con una amabilidad adquirida en largos años del oficio, la gerente del hostal, conocedora de la ansiedad y de las necesidades de los tortolos, les asignó la mejor habitación del segundo piso, un poco aislada del bullicio de los cuartos que daban hacia la calle y de los ruidos del ambiente cartagenero en las noches de Bocagrande. Era domingo y el lugar estaba atestado de turistas y, por las calles cercanas, se escuchaba el sonar de la música y de los ocasionales conjuntos de guitarras y acordeones a la caza de parranderos y gozones de fin de semana.

     Los enamorados atendieron las recomendaciones de la anfitriona, pasearon un rato por los alrededores del barrio y luego de consumir una elegante comida, servida por el maître de Residencias Lido, discretamente se dirigieron a la habitación asignada.

     En el equipo de sonido de la suite, el romántico esposo puso a medio volumen una larga duración de Los Violines Mágicos de Villa Fontana y se dispuso a abrir la botella de Champagne Veuve Clicquot Ponsardin, obsequio de Jorge 

Gerlein Echeverría y de su novia Ana María, hija del propietario de la Emisora en donde trabajaba el recién casado, quienes se la habían entregado días atrás, para que le diera valor a la noviecita un poco antes de consumar el matrimonio.

     Los ojos del impaciente novio no se apartaban de la puerta del tocador, mientras la costosa botella del espumoso francés iba tomando temperatura en el baldecito de hielo y las dos copas dispuestas para la ocasión, lucían

coquetones adornos de cintas blancas y rosadas.

     Cuando los violines esparcían por la amplia habitación las notas de ‘Marta, capullito de rosa’, la imagen de la adorada apareció semi-cubierta en hermosa creación que su madre Ana Cecilia había tejido con infinito cariño. No había nada que hablar y entre murmullos y caricias tibias, brindaron por el amor que en adelante sería suyo. Consumieron algo más de la mitad de la champaña francesa y el ya apasionado marido tapó como pudo el envase verde y con afiebrada ansiedad, los recién casados rodaron por el lecho que les esperaba.

     La luna cartagenera se colaba por la ventana, mientras, como en sordina, se escuchaban a lo lejos unas guitarras que, enamoradas, soltaban la canción que ellos habían imaginado para ese momento:

     “Una noche en Cartagena/ pero contigo/ los luceros y la luna/ irán conmigo/ un cochero chambacunero/ nos llevará, entre balcones, calles rincones/ de su vida colonial…”

     El sueño deseado se hizo realidad y los ahora amantes esposos se conocieron como lo habían pensado, ya sin tela alguna que les escondiera. La madrugada les trajo calma y, con una sonrisa en los rostros, se durmieron lentamente, mientras la luna, ruborosa, entre nubes se ocultaba. Pasaron unas horas y, entonces, fue cuando el estampido les despertó alarmados.

     Se escuchaban ruidos de puertas abiertas y con procelosa actitud, Joaco prendió la luz y trato de encontrar la razón del cañonazo cercano. Miró atemorizado. Todo estaba bien en el dormitorio. Salió a la salita contigua y sobre la alfombra encontró el motivo del escándalo: el corcho de la champaña, mal ajustado por los clamores del amor, había ido cediendo al calor de la noche y los abrazos y explotó en ese silencio de perros de las cuatro de la madrugada, rebotando de pared en pared. Las risas dijeron “¡fuera temores!” y de nuevo comenzaron a refundir sus pasiones.

     En el programa de la luna de miel estaba la visita al Castillo de San Felipe de Barajas, luego de una buena chapuceada en la playa cercana y de un suculento almuerzo en el restaurante del Justico de Ávila. A las tres, un bus de turismo recogió a Maritza y a su esposo en el Lido, nombrecito rimbombante de la posada, ubicada en Bocagrande.

     Hicieron el consabido recorrido y llegaron hasta el monumental fortín de la antigua ciudad. Un despistado guía les fue parloteando de la construcción del bastión, de la defensa de la ciudad, de Blas de Leso, de Morgan y hasta de Drake, un corsario inglés que, muchísimos años atrás, había sometido a la amurallada ciudad.

     Aseveró que el pirata había sido elevado por estas hazañas a la dignidad de Sir por la Reina Isabel y que había dejado hasta una cría de perros rabiosos que aún resguardaban algunas partes del castillo. Los desesperados desposados escaparon a la hilera de bobos que seguían el camino del guía macondiano, en busca de algún lugar desolado de la añeja fortaleza.

     En un recodo de la muralla vieron unos escalones que conducían hacia un túnel oscuro, pero protegido con una reja en la entrada. Maritza, vestida con una coquetona túnica azul

de puntos blancos, calzada con unos zapatos blancos, de tacón alto, descendió por las escaleras con alguna prevención y hasta con cierta elegancia, mientras el esposo vigilaba que nadie viniera.

     De pronto, unos ladridos escalofriantes rompieron el silencio del lugar y tres perros negros y grandes se precipitaban contra la reja como intentando devorar a la intrusa.

     José Joaquín asegura que ni Catherine Ibarguen en sus buenos tiempos había dado los tres brincos que pegó Maritza aquella tarde, mientras yendo por los aires gritaba:

     “¡Mierdaaa! ¡Los perros de Sir Francis Drake!”-

JOSÉ JOAQUÍN RINCÓN CHAVES