La parte académica funcionaba de manera perfecta. Muy pocos tropiezos con el aprendizaje de todo ese panorama de leyes y códigos que gobiernan el derecho en Colombia. Algunas escaramuzas con los vecinos de la Policía Nacional, que se encontraban a media cuadra del Alma Mater, ubicados allí, quién sabe por qué previsivo gobernante a sabiendas de que la carrera 20 de Julio, era una de las principales vías de la ciudad, que, por ningún motivo, podía atascarse, menos por unos estudiantes revoltosos, ante esa costumbre barranquillera de tomarse dos horas al mediodía para ir a casa a almorzar y tomar una siesta de media hora.

     Para complementar la formación, al rector González Rubio le dio la ventolera de crear un grupo de teatro que ocupara las horas de descanso, a los estudiantes interesados en las artes escénicas. Algunos en derecho, lo tomamos como una oportunidad para aprender actitudes histriónicas, para desempeñarnos en las audiencias públicas penales, al más puro estilo de Miguel Bolívar y Diego León.

     Entre los interesados estábamos este émulo de Enrique Buenaventura; Rafael Uribe Name, Rafael Osorio Peña y Miriam Lobello Escorcia de la facultad 

de ciencias jurídicas. De Educación, Elsa Carrillo, Eva Montaño y Teobaldo Enrique Guillen Barrios. Algunos estudiantes de Ingeniería Química, entre ellos Saúl de la Hoz, y que recuerde, ninguno de Bellas Artes.

     El profesor de teatro, un español de nombre Gabriel Brassó, quien practicaba la materia en varios colegios de la ciudad y vivía en un apartamento de un segundo piso, al lado del Teatro Delicias, en donde, en ocasiones, teníamos veladas ‘bohemias’ con poesía y la música de fondo a cargo de la voz gangosa de Edith Piaf con su ‘Vie en rose’ y

 ‘Sur les ciels de París’. A veces nos acompañaban las lánguidas melodías de Charles Aznavour (fallecido este primero de octubre de 2018).

     Otras veces, la bohemia era perdernos por las estrechas calles cercanas al mercado para acompañar a un amigo enamorado de una mesera de un bar de mala muerte que se llamaba ‘El porteño’ y que estaba ubicado por la Calle de Las Notarías. Cuando había redadas de la policía por esos lados, a nosotros no nos pedían papeles. Se limitaban a decirle al comandante:

     “Tranquilo mi capitán, que estos son unos vecinos nuestros del cuartel, que, de loquitos existencialistas, se meten por estos antros”.

     Entonces estaba de moda la canción ‘Frente a una copa de vino’ de Luisito Rey, y Rafael Osorio, trastabillando, se iba al traga níquel para dedicársela a la amada bar tender, mientras éramos envueltos en la nube de humo de la pipa que le había regalado Jean Paul Sartre.

     En cuanto a la actividad teatral, queda este registro de la aventura:

     Al recio celador del Teatro Colón de Bogotá poco le faltó para sacar a aquel muchacho a bastonazos del palco presidencial. El joven actor se había sentado en la silla que usualmente debería ocupar Carlos Lleras Restrepo, cuando sus preocupaciones de mandar en el país le permitían escaparse para ver alguna obra perdida de Enrique Buenaventura. El mozuelo, contagiado de ese desorden propio de los costeños, había gritado a sus amigos del grupo de la Universidad, que no se escuchaba un carajo de los diálogos del drama que ensayaban.

     Habían concurrido a la entonces fría capital, para participar en el primer festival universitario de teatro con una obra inédita de Rafael Osorio Peña que, a él, se le había ocurrido intitular ‘Solo de trompeta para un líder’. ‘solo’, porque tal vez fue la única obra de teatro que escribió y ‘líder’, porque el tema de él, en clases de derecho y en la cafetería del Alma Mater, era hablar de Mao y del Che Guevara.

     La música de fondo la constituía el instrumental de ‘Un hombre y una mujer’, película de moda para esa época y que relataba la cosificante vida de Jean Louis Trigtignan y Anouk Aimee, un corredor de autos y una viuda, que nada tenían que ver con los protagonistas del ‘solo’, pero que al director le sonó como modo de atraer la atención del público.

     Como integrantes de circo pobre, la troupe, se había alojado en una pensión de mala muerte de la séptima con veinticuatro de Bogotá y la cual escogieron porque sobre la puerta del edificio de tres

pisos, lucía el atractivo nombre de Hotel Atlántico. En la puerta vendían butifarras con bollo y otras viandas del gusto nutritivo de la gente Caribe, a más de encontrar en el propietario una fácil compresión por tratarse de un man nacido en Baranoa. Las habitaciones, lujo de hotel cero estrellas y un baño comunal por cada piso, en donde el agua caliente brillaba menos que el sol en la ciudad.

     Fuera de tan atrayente paisaje, los integrantes no se distinguían por sus atributos personales. El líder, el propio Rafael Osorio, tenía un defecto visual que pretendía disfrazar con unas gafas oscuras, estilo camaján de Rebolo y que no se quitaba ni para dormir y, mucho menos, para actuar. La primera actriz sufría de dislexia y, a sabiendas de su situación, el escritor de la obra procuraba eludir las erres y otras letras del alfabeto que pudieran generar alguna dificultad a la estrella femenina.

     El segundo a bordo de la pretendida revolución teatral cojeaba de la pierna izquierda, pero pensaba firmemente que, si existía un jorobado de nuestra señora de París, nadie censuraría a un personaje con un defecto diferente y menos vistoso. El papel de Katiuska era desempeñado por una madona italiana, un poco más pasada de kilos que las 

mujeres de Modiglianni, pero con una cara de ángel que hacía olvidar pronto sus pecados de gula. Se llamaba Ivanna Salgado.

     El antagonista era Saúl de la Hoz. Peinaba al estilo Gardel y era primera voz del coro de la Universidad. Entonces, sus diálogos a veces eran más cantados que hablados y uno no sabía, cuando él hablaba, si se trataba de una ópera o del parlamento de una zarzuela. El trompetista era un antioqueño que nunca pudo imitar el hablar quedo de los negros del Bronx y a quien era difícil de transfigurar por su extremada blancura.

     Ni hablar del director, que descanse en paz. No se sabe si murió por los infartos que le produjeron los esfuerzos por dirigir aquella manada de artistas en ciernes o por tratar de entender lo que hablaban sus dirigidos. Era español, un diletante en toda la palabra, y con una paciencia mayor que la de Alonso Quijano en sus momentos de delirio. Fue sucedido, por un tal Teobaldo Enrique Guillén Barrios y la primera estrella tuvo que renunciar, porque no podía pronunciar bien el segundo nombre y el segundo apellido del excelso directeur.

     No nos fue mal en la presentación de la obra. La función de la noche de estreno era compartida con el grupo de la Universidad Nacional, con elenco dirigido por Jairo Anibal Niño, con un hermoso drama de su autoría denominado ‘Monte calvo’, que se llevó el máximo premio del Festival. El segundo lugar lo ocupó un grupo dirigido por Enrique Buenaventura. Nuestra universidad, según recuerdo, no obtuvo ninguna figuración, solo que, al salir del teatro, el celoso guardián sonrió y me dijo: “El Presidente no vino porque no se puede ver con los de la Nacional, que hacen más bulla que usted en el palco presidencial”.

     A nuestro regreso y con la experiencia obtenida, organizamos un festival local en el Teatro de Bellas

Artes. Figuró como agrupación invitada un grupo de Uruguay: ‘El galpón’, que se llevó las palmas del público con ‘Las brujas de Salem’, de Arthur Miller y Avaro de Moliere. De las tablas de Bellas Artes salté al teatro del aire, con el elenco nunca bien ponderado como el de Emisoras Riomar. Mi amiga, la disléxica, no pudo ingresar. Para ella, pronunciar Riomar, parecíale muy difícil.

JOSÉ JOAQUÍN RINCÓN CHAVES.