Existe una forma de relatar sucesos de la humanidad que no están dados por la verosimilitud de los hechos físicos, propios de la historia, sino en la forma del relato de las pasiones y los más profundos sentimientos que anidan en el alma de hombres y mujeres de cada época, tal es el caso del mito. Podría decirse que la verdad del mito está en el alma, y no en los hechos. En la tragedia ‘Antígona’, sucede un episodio dramático, cuando Antígona se enfrenta a Creonte —el jefe de la ciudad— que dio de baja a su hermano por haberse levantado en armas y violado las leyes de su propia ciudad. Ella admite que eso haya pasado, pero no admite dejarlo tirado a los perros y aves de rapiña para que lo devoren, como quería Creonte, de acuerdo con todo aquel que viola las leyes y le da cristiana sepultura… En ese instante, Antígona enfrenta a Creonte y reconoce que ella también ha violado la ley por haberlo enterrado, pero que fue impulsada por otras leyes, que no son de ayer ni de hoy, sino que han estado siempre talladas

en el alma de los hombres de todos los tiempos, en los corazones de todas las épocas —que no son como las que se proclama, que apenas aparecieron ayer—, que son las leyes del amor. De su amor por el hermano.

     También en el mito Ulises encontramos, verdades talladas en los hombres de todos los tiempos: Las de la tentación del instante y la de la regularidad de un proyecto construido. Ulises es tentado por las sirenas encantadas y por la diosa Circe a quedarse en sus palacios, rumbeando, haciendo el amor, bebiendo… etc.  Eso es típico de la tentación, pero también Ulises tiene claro que lo esperan en Ítaca sus familiares: Telémaco, su hijo, y Penélope, su mujer, porque sabe que ese es su proyecto construido, tener su patria y su familia. Aquella bíblica que dice “por sus hechos los conoceréis” podría ser reemplazada por “su sentido lo comprenderéis”, y el mito, en medio de su relato 

fantasioso, es maravilloso por su sentido.

     Muchas veces en nuestros proyectos cotidianos decimos que un mito es algo que no existe, pero en realidad su existencia no está en el hecho sino en lo que significa, independiente de él, al carecer de objetividad y no estar conectado a la realidad cotidiana de acuerdo con la verosimilitud de los hechos propios de la ciencia… Su fuerza reside, no obstante, en su sabiduría, en las verdades que encierra, que no son más que el derecho a la subjetividad de los seres humanos en su fuero interno, tan distintos muchas veces a los cánones externos de la sociedad donde convivimos.   Si las leyes que tenemos para convivir en sociedad,

dicen ser objetivas —lo cual muchas veces no es creíble—, las propias del mito, si lo son en su subjetividad, y aunque en la época moderna fueran reemplazadas por la cosmovisión del progreso y la técnica, no han desaparecido, están en el arte, en la novela, en la poesía y en los terrenos de la ciencia social, el psicoanálisis irrumpió adoptando sus nombres: Narciso, Electra, Edipo…etc. Por eso, cuando uno lee a Freud parece estar leyendo mitos antiguos, pero en realidad son comportamientos de los hombres modernos.

     En el bello ensayo: ‘Parar en seco’ (2018), William Ospina habla del mito más poderoso de la cultura occidental: el mito de Jesús. Dice que por primera vez en la historia, el mito no nació solo de la revelación, sino de la filosofía y que “en su gestación en el seno oscuro de muchedumbres convergieron a su vez los sueños solares de Akamenon, las revelaciones de moisés y las profecías hebreas, la doctrina platónica y sus variaciones por las aguas mediterráneas y también la sombra de los tres imperios: el faraónico, el alejandrino y el romano, que le prepararon un futuro imperial”.

     Pero más allá de estos legados indiscutibles  expuestos por los estudiosos de Jesús, que moldearon la arcilla del mito cristiano, muchas veces me he preguntado cómo Jesús y sus seguidores pudieron cambiar el mundo viviendo en una región como la de Judea de aquellos tiempos, un pueblo de pescadores y artesanos toscos y pobres. ¿Cuál fue el secreto para que se construyera un mito tan poderoso?

     Tal vez el secreto originario de la predica cristiana está en la fuerza y la fe  que tuvieron aquellos seguidores de Jesús para convencerse de su divinidad,  para seguirlo  por los desiertos y orillas de los ríos  a  aquel hombre sabio y sencillo, tan distinto a todos, que hizo confesar a un soldado romano que custodiaba su tumba “todo en él era distinto” y al procurador Pilatos reconocer que tenía que  ejecutar a un hombre que a nadie le hizo mal, solo por parecer de otro mundo.  Aquel hombre que seducía con el don de la palabra, que multiplicaba el pan y los peces para dárselos a su pueblo necesitado, forjó en esos seguidores que eran una pequeña porción de la sociedad judía, que lo acompañaron en el juicio del Sanedrín, en la manera cómo lo entregaron a los romanos y acompañaron  en el camino al Gólgota, esos hombres fueron los garantes para expandir la predica cristiana. Ellos fueron los primeros creyentes que durante veinte siglos se enfrentaron a los imperios y escépticos que agotaron la fuerza y la razón para negar, cuando no la divinidad, la existencia histórica de la criatura nacida

en el año cero de nuestra era. Ellos fueron los que no permitieron que la memoria borrosa del predicador de Belén se borrara en las arenas del desierto y desapareciera en la bruma de los tiempos. Y esto sucedió, porque los mitos, cuando cogen fuerza, es decir, credibilidad, ya no son refutables y el mito del dios-hombre empezó a caminar con aquellos hombres que, a pesar de ser perseguidos y vivir escondiéndose en las catacumbas de Damasco, de allí se fueron para El Líbano, Jordania, la península de anatolia, Egipto, donde ya existía la ruta de la sagrada familia —se dice que María y José huyeron hasta allá para esconder al niño elegido para ser el mecías—. Hasta que  aquella religión nacida en oriente toca tierra de occidente en el momento en que llega a oídos del romano Saulo de Tarso, que dice haber oído la voz de Jesús diciéndole al oído: “¿Saulo porque me persigues?”. En ese momento, nace la convicción de que Jesús no murió por el pueblo judío, sino por todos los hombres, y se universaliza el mito con los romanos que, a pesar de perseguir a aquellos cristianos primitivos durante un tiempo de manera bárbara, terminaron acogiendo sus postulados en el momento en que sus dioses del Olimpo no pudieron aliviarles el alma.

     Si bien la predica cristiana tradicional de occidente —la de la iglesia apostólica–romana—  menciona que el hecho central de Cristo fue el de haber redimido a los hombres muriendo por nosotros, sacrificado en el Gólgota, existen otras versiones. Una de ellas es la voz de Horderlin y con él, las de los poetas modernos para quienes, el de cristo no es el mito de la redención, sino el mito de la ausencia que, como sugiere William Ospina  “su mito no es el camino al Gólgota, sino la ascensión al cielo en cuerpo y alma, que lo que la historia nos revela es que la misión de Cristo no se realizó en la cruz sino en la ausencia “.

     En otras palabras: Que Cristo es el dios que se nos fue y nos dejó solos en la historia, pero que en esa ausencia no hay abandono, sino una promesa. Pero haber prometido eso, es demasiada promesa y volver siempre ha sido una promesa que se hacen los enamorados, ante el vacío y dolor de la ausencia, solo que en este caso, a diferencia de Romeo y Julieta, o de Efraín y María, “todavía los poetas no han cantado la forma de ese retorno. Porque el retorno de Cristo todavía no tiene su poema”.