Un homenaje perenne al muelle de Puerto Colombia

De Fernando Molina Molina, ‘El cronista soy yo’, para El Muelle Caribe, disfrutando del agradable ejercicio de escribir

     En los hallazgos que genera esa búsqueda incesante por el mundo virtual de internet, me llamó la atención en el Facebook la publicación del sitio web ‘elmuellecaribe.com —entonces, su dominio era .com— dirigido por el periodista soledeño de pura cepa, José Orellano Niebles.

     La curiosidad de conocer más a fondo sobre esta publicación me condujo a indagar el porqué de la razón de su nombre, saber sobre su director —invitándolo a una entrevista— y de la motivación que lo ha impulsado a dedicar ese homenaje perenne al muelle de Puerto Colombia.

     Después de ciber-tropezar con El Muelle Caribe, envié, vía Facebook, un mensaje de reconocimiento a José Orellano Niebles, de motivación por la publicación de ese espacio virtual que en la primera semana del mes de julio próximo —a la aurora del séptimo mes del año—, arribará a la actualización número ciento nueve. Él no dice edición,

prefiere actualización por todo lo que connota.

     Jose, como me acostumbré a llamarlo afectuosamente, respondió mi mensaje. Pude constatar que su sencillez, su humildad, su experiencia y trayectoria en el mundo del periodismo eran fruto de su dedicación, de una férrea voluntad, de su trajinar apasionado por tal senda. En su logro semanal, cae como anillo al dedo la frase que identifica a los más osados frente a las exigencias de la vida y que dice que “El intenso deseo mueve lo imposible”.

     Continué enviándole mensajes por Facebook y de tal forma fue cimentándose una amistad virtual, la que me motivó a

Quién iba a imaginar jamás que la portentosa obra acabaría carcomida por el olvido, debilitada por la indiferencia y corroída por la desidia de la clase dirigente…

escribir croniquillas que fueron recibidas con gran aceptación de su parte. La primera la encabecé con el siguiente titulado: ‘Del cronista soy yo, disfrutando del agradable ejercicio de escribir: “La Circunvalar, una peligrosa colcha de retazos”, para

el amigo Jose Orellano Niebles’.

     Les comento apreciados amigos, que parte de mi vida como docente la he dedicado a escribir sobre diferentes tópicos: reflexiones, apreciaciones críticas sobre la cotidianidad, croniquillas, escritos que terminaban en el cuarto de San Alejo. A Jose debo reconocerle que fue la primera persona que me animó y motivó a publicar —me puso a la orden su periódico virtual— croniquillas por las cuales he recibido comentarios positivos que me motivan a seguir disfrutando del agradable ejercicio de escribir.

     Del amigo Jose puedo dar testimonio de su constancia, de su voluntad inquebrantable, de las noches de insomnio compartidas, de los mensajes por medio de WhatsApp y Facebook tan solo para dejarme imaginar su intenso deseo de superar los obstáculos en medio de las nuevas tecnologías para, finalmente, compartir con los queridos lectores las crónicas y noticias de actualidad en —ahora en el dominio .co— elmuellecaribe.co.

     Haber llegado ya a la entrega de la publicación número ciento ocho (108) de El Muelle Caribe lo veo y lo valoro como una muestra “de amor por aquello que creamos con la fuerza del corazón”.

     “El Muelle Caribe es puro corazón”, asegura Jose.

     ‘Fluyen las palabras’, pues, en el barco que zarpa cada semana para compartir toda una variedad y riqueza literaria que ha unido a cronistas, poetas, músicos, escritores, pintores, psicólogos de proyección social por medio de toda una gama de notas que ha trascendido fronteras y que son leídas con sumo interés por viajeros del espacio

cibernético.

     Con Jose, la amistad virtual dio un paso trascendental: viajó de Bogotá, donde reside hace doce años, hasta su Soledad amada y luego a Barranquilla, y acordamos encontrarnos en vivo en la Gobernación del Atlántico.

     Un abrazo efusivo selló el encuentro. Después de una breve caminata por el centro de ‘La arenosa’ almorzamos en un restaurante vegetariano y luego nos dirigimos al Instituto La Salle para saludar a Fausto Chatela, mi exalumno de música e hijo putativo y quien,

triunfante, había participado con su agrupación en la edición de 2017 del Festival de Orquestas del Carnaval de Barranquilla: recibió dos congos de oro como mejor

Sobre la foto original, en las cálidas oficinas de contrastes.co en Soledad —y por ahí, Fernando Castañeda—, el Photoshop hizo otro ángulo del encuentro virtual entre ‘El cronista soy yo’ y el director de El Muelle Caribe. El autor de la nota lo imaginó así.

agrupación e intérprete de salsa. Un encuentro que aprovechó el amigo Jose, para entrevistarlo y, posteriormente, publicar un trabajo al respecto en El Muelle Caribe.

ENTREVISTA

     A partir de este momento, amables lectores, comparto con ustedes un breve perfil sobre el ‘estibador’ de esta publicación semanal que hoy, como ‘elmuellecaribe.co’, circula en el espacio cibernético, con variedad de comentarios y crónicas de actualidad.

     Fernando: Buen día, Jose. De antemano sé que dialogar contigo es un ejercicio muy gratificante y sé que, mediante esta entrevista, desprovista de protocolos, vamos a familiarizarnos con tu juventud, con aspectos personales tuyos sobre la base de tus vivencias y con experiencias en la vida y en el ejercicio de tu vocación periodística.

     José: "Buen día, Ferna… Cordial saludo, como entrevistado en mi propio medio,  a los seguidores de esta publicación virtual que me ha permitido estrechar vínculos de afecto y respeto con quienes son —los lectores—, la razón que me motiva a trabajar cada día para compartir entrevistas, reportajes, crónicas, opinión sobre hechos pasados o de actualidad".

     Fernando: Esos encuentros virtuales que hemos mantenido por intermedio de Facebook, del WhatsApp y de conversaciones telefónicas, más los personales, me revelan aspectos importantes de tu vida. Y presumo que a los amigos lectores de El Muelle Caribe les gustará conocer aspectos más detallados sobre tu persona.

     José: “Nací en Soledad, Atlántico, en un hogar modesto, donde cultivé valores que han sido ejemplo y baluarte en mi vida personal. Me gradué de bachiller en el año 1968, con 18 años recién cumplidos. Pudo haber sido a los 17 en aquel entonces, pero por tener 11 años de edad no me dejaron ingresar a primero de bachillerato. Me tocó repetir quinto elemental, aunque lo había aprobado con algunos honores. Meses después de mi grado de bachiller, con 18 años, comencé a trabajar: dictaba, tres o cuatro horas a la semana, Historia Universal en el Bachillerato Masculino de Soledad, actividad que alternaba con la venta de electrodomésticos, puerta a puerta, barrio por barrio de Barranquilla, tratando de convencer, a jefes de hogar o amas de casa, de que adquirieran un artículo con cualquier cantidad de facilidades de pago”.

     Fernando: Cuéntanos un poco sobre tus andanzas juveniles, esas vivencias que llevamos como cargamento valioso y que evocamos con sentida nostalgia.

     José: “Durante mi juventud, me comprometí varias veces —me creía un enamorado del amor—, pero desde hace 33 años comparto hogar, sostenido a punta de amor, dedicación y de trabajo, con una dinámica mujer santandereana, Luz Amparo Silva Lizarazo, que me regaló dos hermosas hijas: Laura Carolina, la mayor, de 27 años, que se hizo profesional en finanzas y comercio internacional en la Universidad del Rosario —conservó media beca; cursó su carrera de diez semestres en nueve—, se especializó en inglés en Australia y en Política Económica Internacional en la Universidad de Belgrano, Argentina. Reside en el país austral. Aun me queda por terminar de criar otra hija, Claudia Marcela, 19 años, mayor de edad, sí, estudiante de segundo semestre de Psicología: sueña, aspira ser Psicóloga Forense”.

     Observo a Jose contándonos esas vivencias y percibo en el trasfondo de sus palabras el amor que profesa a su compañera Luz Amparo y sus dos hijas Laura Carolina y Claudia Marcela. Que, me imagino, igual debe ser con su Jr., Orellano Ripoll, quien es dado a escribir vivencias y ha publicado un par de notas en El Muelle Caribe…”

     Fernando: Jose, ¿Cómo te describes como persona?

     José: “Difícil el mancito, Ferna, pero, eso sí, cumplidor de mis deberes como ciudadano. He tratado de ejercer un periodismo ético, enemigo frontal tanto de la payola (pagos bajo presión, soborno) como del sobre por debajo de la mesa. Y he sido duro con los corruptos. Jamás me le he arrugado al trabajo y así fue desde mis 14, cuando, todavía de pantalones cortos, carretilla en mano, me financiaba la entrada a cine-vespertina en mi pueblo recogiendo boñiga de vaca en los potreros para vendérsela a mis abuelas, tías y señoras que utilizaban como abono para los jardines en sus casas. ¡Ah!, mi pueblo. Tan distinto el de hoy, en todo-todo, al de mis años de crecimiento”.

     Fernando: Y en ¿qué momento descubres tu vocación periodística?

     José: “En agosto de 1970 me fui a prestar el servicio militar como bachiller y allí, en Socorro, Santander, Batallón de Artillería N°5 Galán, descubriría mi vocación. Sucedió cuando un oficial me pidió que le escribiera un discurso, se lo hice y le gustó sobre la base de lo que había percibido de él y la ‘reportería investigativa’ que hice en libros —yo fungía de bibliotecario— en torno al tema que le asignaron a mi superior: ni le agregó ni le quitó cuando lo leyó. A mi regreso a la vida civil, volví a vender electrodomésticos, dicté clases en otro colegio, el Hispano del Rosario, e ingresé a la Universidad Autónoma a estudiar Comunicación Social. Como estudiante de esta carrera, me relacioné con el periódico Diario del Caribe, dirigido por el excelso escritor Álvaro Cepeda Samudio, y dejé la Universidad ante 

Joao Herrera, alcalde de Soledad, dejó una vacante en 1973.

la oportunidad que descubrí de aprender en vivo y en directo, sobre la práctica diaria, empíricamente, eso que me apasionaba: el periodismo. Hernando Gómez Oñoro, Rafael Salcedo Castañeda, Aquiles Berdugo, Joao Herrera, Ricardo Rocha, Benedicto Molinares, Fabio

Poveda Márquez y los fotógrafos Alfredo Robles, ‘Copete’ Acuña y Páez, me moldeaban en tales lides.

     Asistí a un año de prácticas periodísticas sin recibir salario, aprendiendo lo mínimo —Rafa Salcedo me había mandado a cortar y seleccionar cables de la UPI—, hasta cuando surgió una vacante, en 1973: la dejó Joao Herrera, hoy alcalde de Soledad… Desde entonces para acá solo he oficiado de periodista: ¡44 años! ¡Toda una vida! 44 años de periodismo que se han repartido entre Diario del Caribe, El Heraldo de Barranquilla —muchos años, con salidas y regresos, como redactor, Coordinador de Redacción, Jefe de Producción y Jefe de Redacción—; el montaje y la fundación, en calidad de Jefe de Redacción, del diario La Libertad de Barranquilla; la Jefatura de Redacción, la Subdirección y la Dirección Noticiosa, con cargo de Editor, del periódico El Informador de Santa Marta, en tres épocas diferentes; la Jefatura de Redacción y la Dirección del Noticiero Televista y la Dirección del Noticiero Telemundo de Barranquilla, ambos por Telecaribe; la Dirección de El Informador-Galeón de Santa Marta, también por Telecaribe, y la subdirección del diario El Pilón de Valledupar, hace 14 años, mi último trabajo con empresas periodísticas de la región Caribe”.

     Fernando: Minutos antes de encontrarme contigo en la la Gobernación del Atlántico, en el bullicioso centro de ‘La arenosa’, ocasionalmente tropecé con el colega abogado de nombre Rubén Villamil, le comenté que iba de paso para recibir a Jose Orellano, periodista que había llegado de Bogotá. Para sorpresa, soltó una espontánea carcajada y me dijo: “Nojoda, Ferna, Jose fue mi compañero de estudios, de pelaos. Ese man era un loco de remate, loco en el mejor sentido de la palabra, muy inquieto, una llavería cerrada. Después de clases nos citábamos bajo un palo de tamarindo y nos dábamos unas muñequeras fuera de serie”. Jose: ¿Recuerdas ese episodio boxístico a mano limpia?

     José: “Claro que lo recuerdo. El Villa me ganaba a los puños, pero mi fuerte era una clásica patada con la izquierda, a la cual él le temía, y cuando lograba mi objetivo, terminaba el enfrentamiento. Era de esos amigos con quien compartía travesuras juveniles de mi época de estudiante. ¡Ay, si los montes circundantes del terruño y el caño que bordeaba en aquellos años a mi pueblo pudieran hablar!”.

     Fernando: Jose: Cuéntanos sobre El Muelle Caribe, esta publicación semanal de crónicas y opinión, más allá de las noticias, que ha trascendido fronteras y que los lectores esperan y siguen con interés.

     José: “Tras mi retiro definitivo de los medios tradicioales, fundé la revista El Muelle Caribe, que, en papel, circuló diez números en Barranquilla, hasta cuando me llegó la oportunidad de asesorar en comunicaciones a un médico gineco-obstetra de La Guajira que se inclinó por la política, el doctor Bladimiro Nicolás Cuello Daza… A su lado desarrollé en La Guajira un ejercicio informativo, independiente, que denominé ‘periodismo proselitista’ para diferenciarlo del periodismo ‘objetivo’, actuando siempre bajo preceptos éticos… Con el médico guajiro, excelente amigo, llegué a la Cámara de

Representante —desde entonces, 20 de julio de 2006, resido en Bogotá—, para laborar como Jefe de Prensa de su Unidad de Trabajo Legislativo durante cuatro años, actividad que continué posteriormente con otro legislador guajiro, Jimmy

Facsímiles de las portadas de tres de los diez números que circuló El Muelle Caribe en papel… Los conservó uno de sus fundadores, el presentador de radio y televisión, esporádico escritor en esta página web, Edgardo Caballero Gutiérrez. Un crédito más que merecido.

Sierra Palacio, durante igual periodo: en mi caso no había lugar para actuar como otros funcionarios congresuales que se ganan el sueldo sin ni siquiera ir al Capitolio o al Nuevo Edificio del Congreso: para mi satisfacción profesional, tenía que justificar mi salario y asistir a mi oficina de lunes a viernes…”.

     Fernando: Jose: ¿hiciste plata?

     José: La que cagó la gata… No. Aunque los cargos ocupados en 44 años de periodismo han sido como para haber amasado fortuna, no lo hice, preferí ejercer un periodismo romántico. Hoy, a mis 66 años, ciudadano de a pie, sigo haciendo lo mío: periodismo, desde una total independencia. El 9 de febrero pasado, Día del Periodista, cumplí dos años al frente de mi página web, la cual actualizo a la medianoche del domingo o de lunes festivo… ¡Ya llega a la actualización 109!”

     Fernando: Por intermedio de tu publicación semanal en la que utilizas herramientas de nuevas tecnologías informáticas, rindes un homenaje perenne al muelle de Puerto Colombia. Pudiste haber escogido otro nombre, ¿por qué El Muelle Caribe?

     José: “En mi época de niño, cuando papá nos llevaba a Puerto Colombia, me quedaba absorto, anonadado viendo esa construcción monumental, con sus pilotes que desafiaban el incesante oleaje del mar Caribe, sobre todo en época de fin de año, cuando diciembre llega con su ventolera, como dice la canción, y la brisa está que te estremecían como palmera bailarina al son de un porro sabanero. Esa imagen del gigante tendido aferrado a las playas de Puerto Colombia, la llevo grabada en mi memoria. Y muchísimo más allá, en el alma, porque el muelle fue testigo mudo, en más de una ocasión, de mis requiebros amorosos juveniles. ¡Cómo disfrutaba sentado en el extremo de su férrea estructura, contemplando aquellos atardeceres cuando el sol, en su tonalidad amarillo-rojizo, deja la sensación de que va sumergiéndose en la inmensidad oceánica! Eso había que retribuirlo al ya casi desaparecido muelle de Puerto Colombia. Cada vez que escucho la canción ‘Lamento náufrago’ del compositor soledeño Rafael Campo Miranda, me invade la nostalgia recordando aquellos amoríos juveniles.

     Sobre la arena mojada bajo el viejo muelle/ la besé con honda pasión/, porque era un amor perdido,/ perdido en la playa/, perdido en la bruma del mar/ Viejo muelle de mi puerto/, triste atracadero de pasiones náufragas del mar...

     Y surgió en febrero de 2004 el instante en que tanto Puerto Colombia como la evocación sobre el viejo muelle y El Muelle Caribe de papel tuvieron punto de encuentro: la celebración del Noveno Sirenato Departamental de la Cumbia. Un parto surgido de la total entrega de dos seres humanos, como se dan los buenos partos, la unión de dos varones: Edgardo Caballero y yo… Lo hicimos, lo parimos y lo mantuvimos, con soporte del

He aquí los principios del final… Comenzó  a carcomerse, pero nadie se dio por aludido… Se debilitaba y nadie se condolía… Corroído se partió en pedazos, entonces hubo rasgadura de vestiduras: todo parece indicar que nada nos devolverá el Viejo muelle de mi puerto/, triste atracadero/ de pasiones náufragas…

ejercicio productivo de la jefe de publicidad Luz Amparo Silva, durante diez números. Después me fui para La Guajira”.

      Fernando: Jose: observo que tras esas gafas de montura semi-redonda tu mirada es invadida por la nostalgia…

     José: “Inevitable, Ferna. Ese muelle, la playa y el rumor del oleaje incesante de su mar, el mar Caribe, se acunaron en distintos rincones de mi relicario de recuerdos, en lo más profundo de mis afectos. Allí en Puerto Colombia tuve una buena amiga que fue algo más que una simple amiga… De vez en cuando nos saludamos en redes sociales”.

     Fernando: Podrías contarnos apartes de esa historia del muelle que “no acabaron las olas. Lo carcomió el olvido, lo debilitó la indiferencia y fue corroído por la desidia de la clase dirigente. Fue esto, y no el mar, lo que destruyó sus sólidos pilotes ante la mirada impávida de todos quienes alguna vez lo admiramos y recorrimos”.

     José: “¿Quién dice eso?”.

     Fernando: Liz Held y Karol Solís.

     José: “Todo está dicho en tal pensamiento. Nada queda por aportar, solo una referencia a las rasgaduras de vestiduras cada vez que la dirigencia oficial se acuerda del muelle. Por lo demás, datos que nos trae la historia: que el nombre del municipio sede del muelle, Puerto Colombia, data del año 1893, cuando se concluyeron las obras de construcción del muelle a cargo del ingeniero cubano Francisco Javier —como olvidarlo si mi papa se llamaba igual— Cisneros. Luego vino el terminal marítimo más importante de Colombia durante las primeras cuatro décadas del siglo XX y Puerto Colombia, el ente territorial, se convirtió en una urbe en permanente desarrollo —incluida una activa industria hotelera—, sirviendo de puerto a Barranquilla. Este muelle fue en su momento el segundo más largo del mundo, con 4.000 pies de longitud”.

     Fernando: ¿Cómo fue ese proceso del olvido y desmoronamiento del muelle de puerto Colombia?

      José: “Eso, quizá, lo sabes tú más que yo…”. 

     Fernando: Te eximo de la respuesta. Y preciso lo que narra el investigador y escritor apasionado por la historia de este municipio, Rigoberto Rodríguez: “La decadencia del primer puerto marítimo que existió en el país se originó en 1936 con la apertura de los tajamares de Bocas de Ceniza, siguió con la suspensión del Ferrocarril de Bolívar en julio de 1940, y más tarde con la desinstalación de los rieles en octubre de 1943. Ante la mirada triste y las lágrimas de muchos porteños,

impotentes frente aquella dura realidad, trasladaron a Barranquilla el Terminal Marítimo en el gobierno de Alfonso López

Desde aquí se operaba, en todos los sentidos, el muelle de Puerto Colombia… Hoy se yergue en los buenos recuerdos y ante el impetuoso mar como un fantasma del pasado…

Pumarejo”. Ese fue el comienzo del final del viejo muelle, la majestuosa obra de Francisco Javier Cisneros.

     José: “Más exactitud, ¿para dónde, Ferna…?”

     Fernando: ¿Qué tan ligado emocionalmente te encuentras con esa monumental obra, a la cual rindes perenne homenaje en tu publicación, elmuellecaribe.co?

     José: “Son varias las distancias, tanto físicas como cronológicas, Ferna, y aquel Puerto Colombia que me gocé muchísimas veces, de día o de noche, y hasta en la madrugada también, lo recreo solo en los recuerdos… Más bien, debes saberlo tú… Te digo algo: como diría don Chelo de Castro, esta me parece una ‘pregunta pringamosera’”…

     Fernando: He aprendido de ti que hay inquietudes que no se pueden dejar en el aire. Y suelto lo que respondería si la pregunta me la hacen a mí: “Muy pocos testigos sobreviven de aquella época de esplendor en el municipio de Puerto Colombia. Uno de ellos es don Luis Reales Henríquez, de los últimos braceros que trabajó en el muelle de Puerto Colombia. Hoy, a sus 90 años, sentado en una banca de la plaza, con la mirada preñada de añoranzas, atina a decir que “por ese muelle que nuestros gobiernos dejaron caer a pedazo, entraba y salía todos los días mercancía. Café, cemento, piedras, metales, algodón y otras cosas”.

     A verdad plena, amigos lectores, quería saber cuán distante está ahora José Orellano del muelle al cual le rinde perenne homenaje en el cabezote de su página web El Muelle Caribe. Y sí, está muy distante: “Más de 1.000 kilómetros por tierra y más de 750 kilómetros por aire… Y si la medición de esa distancia se hiciera cronológicamente, doce años de alejamiento”, dice Jose.

     Fernando: Desde que hago parte de la familia periodística de elmuellecaribe.co, he disfrutado al máximo colaborando con mis croniquillas sobre diferentes tópicos.  A ti, Jose, gracias por el apoyo, la motivación y la confianza que me has brindado desde que envié mi primera nota. En nombre de los amables lectores de esta publicación semanal, te agradecemos por el fortalecimiento de esta telaraña amistosa que, semana a semana, tejes por intermedio de los medios informáticos”.

     José: “Gracias a ti, Fernando, por hacerme partícipe de esta inquietud tuya de entrevistarme para mi propio medio web… Pero en todo caso, me has permitido, por medio de esta coloquial entrevista, compartir con mis lectores experiencias significativas de mi vida. Aprovecho la ocasión para gradecer también los mensajes y comentarios de apoyo y motivación que recibo en Facebook. Muy agradecido con quienes, gracias a sus escritos, ya forman parte de esta familia periodística. Sigo comprometido con ustedes en mi labor, que ya la tomo como un deber, un compromiso semanal que se traduce en aportar, de una u otra forma periodística, mi granito de arena para que la paz deje de ser un sueño y se convierta en la meta factible para todos los colombianos”.

     Con un sentido abrazo de despedida, Jose se dispone a apostarse frente a su computador para organizar su próxima publicación, la correspondiente a la actualización número ciento nueve (109) de su entrañable www.elmuellecaribe.co

     Escrito por Fernando Molina

     C.C. No. 7447730 de Barraquilla Tarjeta 002-Cronista del Caribe

     PERIODISMO WEB

En toda su majestuosidad —su eternización gracias a la fotografía—, cuando era uno de los muelles más largos del mundo, allá por 1893, con 4.000 pies de longitud…