Un paro armado y yo

     La presente crónica viajera la publico hoy pues me induce a querer compartirla con mis lectores de El Muelle Caribe, a las puertas de Cuaresma, para que nos demos cuenta de la magnitud de Dios, de sus bendiciones y del cuidado que tiene hacia sus hijos.

     El miércoles 12 de febrero del pasado 2020 madrugué con maleta y morral en mano, llevaba dentro de ella y de mí— muchos interrogantes, pero también sueños. Debía viajar a Valledupar en plan de trabajo, entrevistar a personajes que esperaban por mí. Iniciaría la narrativa de vida y obra del famoso cantautor vallenato, cuyo libro acabo de titular “Iván Ovalle, el último romántico”. Mi permanencia en el Valle de Upar sería por cuatro días en esta ocasión para después volver.

El puente Pumarejo, considerado como la obra de infraestructura vial más importante de Colombia.

     Las noticias desde esa semana pregonaban desmanes que el grupo armado ELN estaba haciendo por los alrededores de la Guajira, el Cesar y otros sitios de la costa Caribe, para después irse a territorios cercanos. Se anunciaba  tener cuidado, no viajar, no salir de casa, no estar por fuera en las noches para evitar muertes y otras calamidades. Sin embargo, pese a las malas noticias persistí en mi intento viajero.

     Tenía viaje agendado para Valledupar desde días antes, pero debido a compromisos solo hasta esa fecha de miércoles 12 muy temprano decidí realizarlo; no podía aplazar más. Las noticias anunciaban temor colectivo. Parte de familiares me aconsejaban no viajar, otra parte decía que no pasaría nada. Y como jamás he sido amiga de palabras negativas e indecisiones, me resolví por viajar con mi eterno acompañante: el de la corona de espinas que murió por nosotros en el Calvario o Gólgota, en Jerusalén, al que decimos “Dios siempre sabe lo que hace”. Quizá pudo más mí fe, compromiso, promesa, palabra y tiempo al saber que me esperaban, antes que un inseguro viaje hacia lo desconocido. Siempre hay dos únicas respuestas en la vida: es sí o es no.

     Y para mí fue sí. Llegué a la estación de Brasilia en la calle 30 donde abordé el solitario autobús de cualquier número. Me senté en confortable silla, no la número 19 asignada, pero podía escoger alguna de las que quisiera sin que fuese la destinada por tiquete; me decidí por la siete, el dígito mágico, el que menciona mucho la Biblia, Pitágoras y Dante Alighieri, el de las siete maravillas y de los siete pecados capitales. Así también solo viajábamos siete pasajeros; por tanto, había espacio para cuerpo y pies completos poder colocar sobre las sillas aunque nunca lo hago así. No me agrada.

Palafitos de la Ciénaga Grande del Magdalena, paisaje multicolor.

     El paso por el nuevo puente Alberto Pumarejo sobre el río Magdalena fue de mi admiración total, igual que todo el transcurso del viaje. El autobús raudo devoraba la moderna carretera, diciéndole adiós a campos y dejándose besar por el viento verde de montañas, árboles de trupillo, cañaguate con sus hermosas flores amarillas y también viejos y cansados troncos caídos. Así igual de vertiginosos como las ruedas del autobús giraban también los pensamientos aunados a mis recuerdos imposibles de dejar atrás. Algunos de los pocos pasajeros iban orando, como así lo hizo una señora en voz alta todo el tiempo. Yo lo hago siempre al inicio y final de mis viajes nada más, con mi devocional. Sabía que ese de arriba nunca me fallaría. Y así fue. Un viaje magnífico, entretenido con lectura de poesía, el celular y la admiración por nuestra biodiversidad, hasta llegar a la pavimentada ciudad vallenata de donde brotan de su suelo puras notas de acordeón. Así me recibió el Valle de Upar, con abrazos, cariño amistoso, flores, música, wisky y café.

     Cuando llegué a la estación de buses de Valledupar lo primero que hice fue agradecerle a Dios la vida que me dejó vivir. Jamás duermo en viajes, siempre me extasío en contemplación del panorama admirando por la ventanilla la Naturaleza Divina de Dios, sus verdes campos esperando la caricia del sol y sus calientes besos, o los amarillentos montes que claman por ese tardío amor de invierno que se va y nunca dice cuándo volverá. De inmediato llamé al conductor del carro que alquilo cuando estoy por esos lares, Juan Therán y esperé a que llegara por mí.

El dorado refulgente emanado de los árboles de cañaguate florecidos en la vía a Valledupar.

     Durante los días que estuve mi dedicación de tiempo fue a entrevistas y reuniones con los personajes del folclor vallenato entrevistados; poco tiempo pude dedicar a familiares y amigos que allá residen. Los noticieros todavía informaban sobre el peligro del paro armado; zozobra fue la constante durante amenazas cumplidas del ELN: ataques contra buses e incineraciones de ellos con sus pasajeros, especialmente en zonas del Cesar, asesinato de un militar, de policías, ataque a vehículos particulares, entre otros desmanes. Por tanto, la movilidad de buses interdepartamentales fue casi nula, solo la empresa Brasilia se arriesgó a dejar transitar sus vehículos.

     El regreso hacia Barranquilla también fue cuestionado en Valledupar por familiares porque iba a hacerlo todavía con el peligro inminente en puerta, me pedían que no regresara sino hasta el martes cuando estuviese el camino despejado de maldad y escarnio, finalizadas las acciones terroristas. Sin embargo, persistí en mi inicial decisión positiva: nada va a suceder, Dios no lo permitirá así. Agradecí momentos regalados durante los cuatro días que estuve en el Valle, capital de la música de acordeón, dueña de su iglesia Inmaculada Concepción y de sus hermosas flores. Así retorné en otro vehículo de la misma línea de buses Brasilia (única que también transitó de regreso desde esa terminal).

Dos monumentos vallenatos en Valledupar: Pedazo de acordeón y homenaje a la Pilonera Mayor.

     El recorrido fue muy bueno, esta vez lo hice en el vehículo 7499 puesto 8, sin alteraciones ni nervios aparentes, aunque con miedo flotando al interior del sentimiento; si no fue de ida podría ser de regreso pues a veces las obstinaciones se pagan. Pero igual el viaje fue perfecto. Esta vez no leí poesía ni otro libro, solo entretenida con el celular y extasiada en despedirme de praderas y montañas; así dije hasta luego al río Badillo, el que inmortalizó Claudia de Colombia con su música, al Guatapurí y al Ariguaní, padre de los otros ríos del Cesar. Le dije hasta pronto a sus monumentos musicales, a la pilonera mayor, a la sirena, a mi pedazo de acordeón, a los poporos y también a las almojábanas de la paz. En el transcurrir del camino paso por la tierra del Magdalena donde sentí dolor y vergüenza ajena por la gente pobre que en Ciénaga, Tasajera y alrededores vive en palafitos; horrible espectáculo de viviendas previo a entrada o salida del hermoso puente. Por su parte, el Atlántico me recibió obligándome a seguir soñando como siempre mis usuales sueños y con mi computador inundado con hermosas historias de la vida y obra de uno de sus famosos hijos cantautores, Iván Ovalle, el romántico por siempre.

     Llegué con feliz retorno hasta la calle 30 en Barranquilla. Allí no fue el susto por los alzados en armas, tampoco por incineración de buses con sus pasajeros adentro. No, simplemente tocó el turno a la intolerancia del conductor de nuestro autobus. Sucedió que en esa tropelía de carros, camiones, buses y peatones que se cruzan por esa vía congestionada, un muchacho con escobilla en mano se dispuso a limpiar el vidrio del bus y al conductor no le gustó, por lo que de manera alterada lo conminó a no hacerlo. El muchacho persistió sin importar que no le pagaran por su servicio, mientras que al conductor del autobús nuestro se le trasformó carácter y rostro de manera furibunda lo insultó a tal grado que buscó una varilla y lo persiguió para golpearlo. En ese momento sí escuché las oraciones de dos pasajeras que detrás de mi puesto estaban llorando del susto; yo también estaba asustada pero disimulaba y trataba de calmarlas. Al final no lo consiguió y subió de nuevo al volante, pero continuó vociferando por ese incidente.

Hacia la investigación complementaria para el libro ‘Iván Ovalle, el último romántico’, viajó la autora a Valledupar.

     Fue en ese momento cuando los nervios se estremecieron en mi interior al ver a esas señoras llorando; cierto desagrado y rabia se apoderó de mi carácter que dejó de ser apacible. Cuando llegué al final de mi viaje (Éxito de Murillo), al bajarme detuve por el brazo al conductor que también se había bajado para entregar maletas. Allí, pedí a los otros chóferes que se encontraban con sus taxis a la espera de pasajeros que por favor escucharan lo que yo iba a decir, mostrando coraje y sacando rabia que ya me inundaba; así le pregunté: “¿Por qué cree que ahora es fundamental agradecerle a Dios? No supo responder. Y proseguí: “Porque acabamos de ser favorecidos por Dios al dejarnos regresar sin peligro. Pudimos tal vez morir todos, usted, nosotros y además quemar el bus si se hubiesen presentado los alzados en armas. ¿No cree?” “Así es”, respondió. Y proseguí diciéndole con más rabia: “Entonces, si acabó de salvar su vida y la nuestra por circunstancia social peligrosa, ahora por una simpleza de que un muchacho le echara agua al vidrio de su vehículo va usted a matarlo”. “Eso se llama intolerancia por algo insignificante en comparación con la vida salvada”. “Ah, bueno, no me importa, pero a ese venezolano le hubiera dado varillazosa”. Y por último le dije: “Demuestra ser un chófer chabacano, no conductor de autobús de una empresa responsable y cumplida como es Brasilia”. Y si él es un venezolano… entonces usted es un pobre chófer cachaco”. Las personas allí presentes que se amontonaron para escucharme solo aplaudieron ‘mi discurso’ improvisado.

     Me retiré del bus para subir a un taxi e irme a casa con mi morral y maleta. La rabia sentida fue por ver que ese hombre  en vez de agradecer a Dios por dejarnos la vida intacta, por no habernos sucedido nada malo, lo ofende con una simple intolerancia sin motivo y sin fin… No sé si hice mal o bien, pero desahogué rabia y tensión acumulada.

     Ya era el domingo 16 de febrero del 2020 a las 6:30 de la tarde Atrás quedaba el paro armado, otros buses quemados, atrás el mal momento sentido, la angustia por perder la vida, pero delante de mí el agradecimiento al Señor Todopoderoso.

Nury Ruiz Bárcenas
Escritora y poeta colombiana
Periodista cultural
funescritoresdelmar@gmail.com