De un dilema

     Los antiguos griegos nos enseñaron que cuando existen dos principios válidos y no logran hacer síntesis se producen perturbaciones sociales que denominaban tragedia.

     La tragedia de ‘Antígona’, de Sófocles, fue una de ellas, allí nos encontramos con dos principios válidos que no logran ponerse de acuerdo.  Es una especie de puja entre los derechos sociales de la ciudad que han sido violados por el hermano que se sublevó contra sus leyes y los derechos del amor fraternal que siente por su hermano dado de baja por los guardias en las inmediaciones de Tebas. Frente al hecho de no dejar que el cadáver del hermano sea abandonado a las aves de rapiña y a los perros como parte de su castigo, Antígona se resiste a dejarlo tirado y le rinde clandestinamente los rituales fúnebres, pero es delatada y apresada por los guardias que la llevan frente a Creonte —el jefe de la ciudad—. En ese momento admite que ella también ha violado la ley, pero le dice que sigue otras leyes que no son de hoy ni de ayer, sino que han estado siempre allí, escritas desde siempre en el corazón humano, que no son como las que él proclama, que apenas aparecieron ayer, como son las leyes del amor.

     Esas palabras inolvidables le cuestan a la postre la vida a Antígona, pero nos dejan una gran enseñanza: La validez de las leyes de la subjetividad, que no nos deja actuar contra la propia conciencia, como sucede a menudo con ciertos funcionarios que se ven obligados a hacerlo y terminan siendo esclavos de su propia conciencia.

Antígona, una lección de dignidad y rebeldía ante los abusos del poder. Imagen de https://www.zendalibros.com/

     En nuestro caso nos vemos abocados a una situación parecida a la de Antígona, cuando se proclaman dos principios igualmente válidos como son el derecho a la educación y el derecho a la vida.

     Las preguntas que podemos hacernos aquí son: ¿Cuál de esos dos principios deben primar en esta contingencia de la pandemia ¿Será posible equilibrar en la práctica los dos principios en los establecimientos educativos? ¿Qué piensan a propósito nuestros gobernantes a conciencia? Es sin duda un dilema difícil de discernir, porque estamos viviendo una especie de paranoia social ejercida desde la radio, la tv y la prensa escrita por columnistas, políticos, empresarios y uno que otro catedrático por el derecho de los niños y adolescentes a la educación, pero el derecho sin posibilidades de realización es lo característico de nuestras leyes. Bien decía Estanislao Zuleta que a las constituciones les pasa lo de los bobos, que se creen geniales y no dejan de hacer tonterías, proclaman que la educación es un derecho de todos y media población no lo puede ejercer. Hoy, si bien la ley lo permite —a nadie cogen preso  por estudiar—, la vida lo niega.

     Pensar con el deseo solamente conduce a que el punto de partida de lo que se discute no se entienda en lo que es, sino en lo que se desea que fuera y eso conduce a meternos en un berenjenal sin salida, y quedar en manos de las ilusiones o peor aún, de las alucinaciones.

El deseo debe estar acompañado de un horizonte de realización o puede que suceda lo del potro salvaje: no se deja ensillar y menos cabalgar, andando de tumbo en tumbo.

     En este sentido, ¡deseamos abrir las escuelas ya!, pero volver a las clases presenciales implica que la escuela que queremos pasa por la que tenemos y, lo que tenemos en la actualidad, es un sistema escolar público francamente inadecuado para atender la contingencia que demanda esta pandemia tanto en lo virtual como en lo presencial.

   Por lo mismo me parece impertinente la presión indebida que están haciendo por el retorno a las clases presenciales, cuando sabemos que en el fondo estas solo serán posibles gota a gota, porque de fondo prima el derecho a la vida, es decir, el temor latente al contagio del virus y su desenlace fatal en agentes de la comunidad educativa.

     Tal vez, en un mediano plazo, el retorno sea factible y no solo deseable. Sabemos que el calor del encuentro presencial no puede ser reemplazado por el frio de la virtualidad, pero también deberíamos saber que vida no tenemos sino una y, en estos momentos, reunirnos entre muchas personas es muy arriesgado, sería como montarnos en un bus donde el chofer es un paramilitar, el ayudante un guerrillero y los pasajeros son todos delincuentes comunes.

     Muchas veces los deseos se estrellan contra la realidad y se crean situaciones idealizadas que se desconectan del mundo real. Desear desde luego es válido para la condición humana, porque sin duda pensamos y actuamos con él, pero debe estar acompañado de un horizonte de realización o le sucede lo del potro salvaje que no se deja ensillar y menos cabalgar, andando de tumbo en tumbo.

     Para terminar, el afán por volver a las clases presenciales tiene más de paranoia social que de cálculo real, cosa nada rara en nuestro país que se inventa unas películas dignas para los premios Oscar.

     Es recomendable volver a la mesura, a la cordura, y ponernos a trabajar entre todos para el regreso tranquilo y seguro a clases presenciales, sin las concebidas presiones indebidas de los funcionarios del Ministerio y las secretarias de educación, afanados por el cumplimiento de la ley, poniéndole fechas y plazos a los maestros para el retorno. En el fondo se ven obligados a hacerlo, y son esclavos de su propia conciencia. ¡Les recomiendo que lean el caso de ‘Antígona’.