Por José Joaquín Rincón Chaves

     La ciudad se había quedado estancada en materia de comunicaciones telefónicas. Se requería de otras líneas que no solo prestaran un mejor servicio, sino que determinaran la conclusión de un ciclo de vieja tecnología que, con los aguaceros del invierno en Barranquilla, dieran final al uso de cables de cobre y plomo que facilitaban el corte del servicio, por la inundación de los conductos subterráneos que se regaban por toda la urbe.

     En consecuencia, se determinó, por parte de la Junta Directiva, de común acuerdo con el ministerio de Comunicaciones y el respaldo financiero del Estado, la apertura de una licitación para la adquisición y puesta en funcionamiento de 125 mil líneas telefónicas nuevas. El contrato señalaba el respaldo de un crédito externo por parte de las entidades privadas que entraran a participar en el concurso. Surtidos los tramites de rigor, la adjudicación de la contratación favoreció a la empresa Phillips de Holanda, respaldada con un crédito de las autoridades de ese país, cuya oferta contemplaba la entrega en menos de dos años y con la tecnología de fibra óptica, que eliminaba el uso de cableado de plomo y, sobre todo, de mayor rapidez y calidad de las llamadas, no solo a nivel local, sino nacional e internacional.

Elementos y marcas o razón social de empresas para una historia de intervención arbitraria.

     Sin embargo, surgió un grave obstáculo por parte de un funcionario del Ministerio de Comunicaciones, de nombre Esteban Chaves, quien consideraba que la tecnología se apartaba del pliego de condiciones de la licitación. Mientras se obviaba el impase, la compañía holandesa, procedió a instalar tres centralillas distribuidas así: una en la sede central, una en la Estación Estadio y otra en el Barrio San José. Finalmente, se impuso el criterio del ministerio y se contrató nuevamente con la Erickson de Suecia, bajo la imposición de esa cartera y con el inconveniente que las líneas que se traerían serían de la misma vieja tecnología existente, retrasando el progreso de la ciudad, en materia de telecomunicaciones. A los pocos días, la Phillips dio por terminado el contrato, sin mayores obstáculos, reclamó por el valor de las centralillas instaladas y firmó un convenio de asociación con la AT&T de Estados Unidos, por lo que el perjuicio para Barranquilla se multiplico inmensamente, en virtud del pulso económico que la multinacional americana le dio a la firma holandesa.

     En materia de otros servicios, la urbe acusaba deficiencias y la permanente intervención de los sindicatos que causaban el deterioro económico de los logros alcanzados por la administración de Jaime Devis Pereira, en la Empresas Públicas Municipales. A pesar de ello, con el apoyo del gobierno nacional, se terminó la construcción y puesta en marcha de la Planta N°4 y se empezaron a trazar los proyectos para adquisición de nuevas compactadoras de aseo, de barrido de calles y el traspaso del mercado público hacia la Central de Abastos del Caribe.

Viejo edificio del mercado público de Barranquilla… Fue demolido parcialmente, pero despupes, entre ruinas, tuvo que ser remodelado y dedicado al comercio al detal de productos alimenticios.

     Este último plan se vino al suelo, pues las gentes desdeñaron la idea, en razón de la larga distancia a que había sido construida y que significaba mayor costo en transporte. Total, que el viejo edificio de la plaza comercial, a pesar de haber sido demolido parcialmente por la gerencia de Eduardo Verano de la Rosa, tuvo que ser, entre ruinas, remodelado y dedicado al comercio al detal de productos alimenticios. Se causó daño irreparable al patrimonio público de Barranquilla y provocó la inundación de las calles adyacentes, con ventas ambulantes que aún hoy en día subsisten.

     La edificación aparece entre las construcciones cuya conservación reclama el plan de la Misión Japonesa con la recuperación de los caños y vías adyacentes a este monumento antiguo de la ciudad. Los caños llevan mucha inversión y no se ha obtenido finalmente el propósito de mantenerlos canalizados y limpios y la construcción sigue con ligeras refacciones que no le devuelven su imagen histórica.

     Las EPM adquirieron el parque automotor requerido para el aseo y el barrido de calles y avenidas, mediante crédito con el Banco Mundial, préstamo que en principio tuvo dificultades por el no pago de algunas acreencias a cargo de la Electrificadora del Atlántico, y que presionaba para la cancelación de estos compromisos. La Junta Directiva, presidida por el Alcalde Acosta Bendeck, adjudicó los contratos y al poco tiempo iniciaron servicio en la ciudad, con la crítica ciudadana de que se trataba de equipos de segunda. De todas formas, los técnicos de las EPM desecharon la idea y recibieron los equipos a conformidad, bajo salvedades de la Contraloría Municipal.

     En casa, se habían presentado algunos cambios. Con la muerte de mi papá Teódulo, se tuvo que vender el apartamento de El Silencio para cubrir otras deudas y mamá se pasó a vivir con nosotros, junto con la madre de mi esposa Maritza. Mi hermano Pedro Antonio, a quien le suministré el pago de la cuota inicial para una casita en el Barrio La Arboleda, se mudó para allá y continuó trabajando en la Empresa de Teléfonos, ya como Jefe de Escuadra y levantando a sus dos primeros hijos, pedro Antonio y Pedro Mario. Le visitábamos en los fines de semana y mostraba un poco su incomodidad, pues el trabajo le quedaba alejado. A los pocos años, adquirió un apartamento en el Edificio El Silencio, en el mismo sitio en donde había vivido con mis padres, y vendió la propiedad de La Arboleda para pagar la nueva adquisición. Me alegró bastante por tenerlos más cerca con su esposa Noris y los sobrinos. Con ellos, pronto seríamos más unidos, al retornar mi hermano mayor de Bogotá y comprar una casa en el mismo barrio.

     Los hijos míos, creciendo a mucho y ya tomando clases en diferentes planteles educativos de la ciudad. Lety, de cinco años, apenas se preparaba para el pre-jardín; Joaco, de ocho, en segundo de primaria, y José Rafael, el mayor, en La Medalla Milagrosa, en su once, en el mismo colegio de las hermanas Echeverría en cuarto de primaria, tratando de sobrevivir en medio de tantas condiscípulas. Por fortuna, contábamos con los servicios de José Pilar del Grueso Mina, un chocoano que manejaba el carro oficial y que antes de llevarme al trabajo, llevaba a los niños al colegio, con un amor tan grande que ni ellos, ni este contador de historias, hemos podido olvidar.

     Había llegado a casa, recomendado por un amigo que se dedicaba a la cocina y, en los asados, llevaba a Pilarico para que le ayudara. Estaba sin empleo en Barranquilla y en uno de esos asados a los que asistíamos, nos lo presentó para que le ayudáramos en un trabajo. El hombre sabía conducir carros y tenía sus papeles al día, de tal manera que por esa intuición que uno tiene de las personas buenas y fuera de serie, le dije que necesitaba un chofer para el coche de la Contraloría y el lunes siguiente estaba en la puerta del sexto piso de la Alcaldía con un folder con su hoja de vida. Le vinculé después de la entrevista y de algunas lágrimas que se le escaparon mientras me relataba de su vida en el Chocó y de sus penurias en Barranquilla. Por fortuna la plaza de chofer estaba vacante, pues en mi afán de ahorrar dineros al fisco, solicitaba que este servicio lo prestaran conductores de otras entidades, pero para tener algo de privacidad y de mandato directo, le asigné en un coche recién adquirido para la dependencia municipal donde trabajaba. Fue un gran acierto y un modo de brindar trabajo a una persona que me recordaba nuestra llegada a la ciudad y como un reconocimiento a una raza esforzada a la que no se le han reconocido sus derechos.

Acosta Bendeck

     Le tomó un gran amor a los hijos nuestros y a toda la familia, de quienes a veces decía que prácticamente éramos la suya, pues no tenía a nadie en la ciudad y en su tierra, no sabía adónde llegar. A los empleos que posteriormente ocupé, le llevé como garantía de seguridad y de confianza.

     El alcalde Acosta Bendeck se mantuvo en el cargo hasta principios de 1985. Mantuvimos una relación muy cordial y nos distinguió con su visita a la fiesta de fin de año que la Contraloría ofrecía a sus empleados en la gran terraza de la Caja de Compensación Familiar, en el año de 1984, gesto que ninguno de los burgomaestres anteriores había tenido y que se observó como una demostración plena de aceptación a la fiscalización que se ejercía sobre su gestión por parte de los funcionarios de nuestra entidad.

     En el Concejo, a pesar de algunas diferencias, se abrió paso la elección para el siguiente periodo, con la diferencia de que, en aplicación a una norma que habían venido desobedeciendo, la designación se produjo por dos años, 1985 y 1986. De acuerdo con esta decisión, pasaría a la historia municipal como el funcionario que ocupó más años continuos la dignísima posición de fiscal de los dineros públicos. Todo un honor para la familia, mis amigos y para mí.

JOSÉ JOAQUÍN RINCÓN CHAVES