Por Alonso Ramírez Campo

     En un tiempo nos sentíamos a gusto en las esquinas del vecindario, allí estaba nuestro sitio para escapar de las congojas, para refrescarnos cuando quitaban la luz o para jugar juntos con los compañeros del barrio. Aquel era nuestro sitio preferido para matar el tiempo, allí organizamos la pandilla que le arrebataría a un pirata el tesoro escondido al otro lado del mar —mucho más allá del morro de Santa Marta—, donde el cielo se une con el mar, el mar azul y plata del Caribe. Aquel era el lugar donde inventábamos crónicas bajo las estrellas, donde le quitábamos “los aretes a la luna” y se lo dábamos a las chicas, “allí nos estrellamos como gorriones contra crueles ventanales, en la sonrisa de una muchacha que pasaba”, también allí observábamos cómo la brisa les alzaba la falda a las muchachas. Allí estaba nuestro mundo, pero, en poco tiempo, todo cambió y sentimos miedo de ser cogidos por “la mano pelúa” que nos hizo salir al unísono, esmandaos pa’nuestras casas por el aviso intempestivo de aquel compañero bocón, que grito: “Calabaza, calabaza, todo el mundo pa’su casa”.

    De pronto, en poco tiempo, empezamos a tener miedo, presentimos que podía ocurrir algo, que ocurriría algo. La narración se hizo lenta, la voz se tornó grave, porque acechaba algo extraño. Nos escondimos en las casas, cerramos las puertas y ventanas con las llaves del miedo y, por entre las hendijas, tratábamos de ver qué era aquello que intentaba apresarnos… queríamos identificarlo o, por lo menos, clasificarlo. La distancia ante el temor de ser tocado por algo extraño nos fue separando y solo en el interior de nuestras casas nos sentimos medianamente seguros. Cuando salíamos sentimos una especie de aversión al contacto, nos movimos en la calle de manera diferente, aquella mirada amiga se volvió antipática, nos volvimos irritables por cualquier contacto físico con las personas, a menos que alguien nos cayera en gracia.

     Todo cambió de pronto, al punto que cuando nos mezclamos para coger el Transmilenio, palpita todo ese nudo de reacciones de ser tocado por algo extraño, que habita en cada uno de nosotros, algo que ya nunca nos abandona.

En un tiempo, daba gusto organizar la pandilla que le arrebataría a un pirata el tesoro escondido al otro lado del mar —mucho más allá del morro de Santa Marta—, donde el cielo se une con el mar…

     Elías Canetti, en su extensa obra ‘Masa y poder’, afirma al respecto que  “solamente inmerso en la masa puede el hombre liberarse de este temor de ser tocado. Es la única manera que ese temor se convierte en su contrario”.  Solamente así es como cada cuerpo puede estrecharse con el otro, mirarse de frente, tocarse físicamente y también en su constitución psíquica. En masa, el hombre coloca límite a ese nudo de reacciones de ser expiado por algo extraño y gana en estabilidad, en seguridad, creando su propio espacio —aquel que teníamos de jóvenes en las esquinas—, la masa brinda aquel instante en el que todos los que forman parte de ella se deshacen de sus diferencias y se sienten iguales en rango, posición social y propiedad. Canetti agrega que “únicamente en forma conjunta pueden liberarse los hombres del lastre de sus distancias, y eso es justamente lo que ocurre en la masa. En la descarga se despojan de las separaciones y todos se sienten iguales”. Pero lo más preocupante, por no decir raro o enigmático de este fenómeno social, es que esa descarga va acompañada del estallido, es decir: de acciones que humillan y aplastan cuando se desata la colectiva estupidez, sumándose a otro factor: el temor a la desintegración, que siempre está vivo en ella, hace posible orientarla hacia cualquier objetivo. Por eso, la masa siempre será proclive a la manipulación del poder y es ensillada y jineteada fácilmente por los medios de comunicación de las democracias capitalistas, que de los Estados totalitarios ni se diga.

     Ha existido desde siempre en la historia de la humanidad, en cualquier parte de la tierra, el mito de los muertos invisibles, aquellos que no se ven, pero que nos habitan —hasta votan en las elecciones como en nuestro caso—. Y es que como afirma Canetti, “no ha habido ninguna horda, tribu o pueblo —ninguna— que no se haya imaginado ciento de cosas acerca de los muertos”, el hombre de ayer y de hoy, siempre ha estado obsesionado por ellos y su influencia sobre los vivos constituyen una parte esencial sobre la vida misma. Eso, por mucho siglo de las luces, enciclopedismo, ciencia y tecnología y más que quieran ponerle, nunca ha desaparecido de la mente humana. Por eso, la modernidad resultó un fiasco completo y yo lo que creo es que la única modernidad en nuestro caso la tendremos que bucear en los mares de nuestro pasado mítico.

     Pero volviendo al tema de los muertos y su relación con la masa, Canetti nos ilustra al respecto con mitos africanos y siberianos y comenta cómo los antiguos bechuana, como los demás aborígenes de África del sur, creían que todo el espacio estaba poblado por los espíritus de sus antepasados, por tierra, aire y cielo estaban colmados de espíritus que, si les daba la gana, podían ejercer una influencia maléfica sobre los vivos. Lo mismo los boloki del Congo que, en todo momento, procuran hacerles daño, tanto en los ríos o en los arroyos todo está poblado por sus antepasados. También los montes, caminos y selva virgen están llenos de espíritus que intentan hacer daño a los viajeros que viajan de noche a pie o en canoa. Esa creencia común de los muertos que habitan en un país remoto, bajo la tierra, o en una mansión celestial, es universal en el mito. En los pigmeos, por ejemplo, “las puertas de la caverna están cerradas. Las almas de los muertos se apiñan allí en bandadas, como una nube de moscas que danzan al atardecer, cuando la noche se ha vuelto oscura, cuando el sol se ha ido, una nube”. Así mismo, en la América precolombina existen mitos semejantes y uno no sabe si hubo contagio o no. Por ser civilizaciones tan alejadas, lo cierto es que solo los chamanes que saben de conjuros podían hacer visible lo invisible, y someter los espíritus para convertirlos en servidores de la comunidad. Solo ellos pueden anunciar el advenimiento de una alborada. “En los pueblos esquimales se imaginan a sus muertos como ejércitos en combate; entre los celtas de las tierras altas escocesas, sus espíritus vuelan en grandes nubes de un lado para el otro con flechas envenenadas que matan gatos, perros, ovejas y reses de los vivos. Libran batallas en el aire como los hombres en la tierra, “y en las noches gélidas y claras podemos oírlos y ver cómo sus ejércitos avanzan unos contra otros y se repliegan, se repliegan y vuelven a avanzar”. 

     Por último —hablando de mitos—,  dos  pueblos nórdicos muy alejados y desconocidos entre sí, los lapones en Europa y los indios tlingit de Alaska, tienen la misma concepción de la aureola boreal como batalla: “los lapones kolta creen ver en la aureola boreal, a los caídos en la guerra que, como espíritus, siguen combatiendo entre sí, en el aire…  los lapones rusos ven en la aureola los espíritus de los asesinados que se reúnen en una casa para apuñalearse y el cielo se cubre de sangre de todos los colores y, son las almas de los caídos que aparecen como aureola boreal” .

Elías Canetti: “…El nombre que recibe el grito de guerra de nuestras masas modernas deriva de los ejércitos de los muertos de las tierras altas…”.

     Todas estas grandiosas visiones, están precedidas por un grito de guerra, por una orden dada y una decisión tomada. Según Onetti, “la palabra gairm significa grito, que era el grito de guerra de los muertos. Más tarde se convirtió en la palabra slogans: el nombre que recibe el grito de guerra de nuestras masas modernas deriva de los ejércitos de los muertos de las tierras altas”.

     Esto muestra cómo las masas modernas se mueven por mitos, pero con la diferencia de que sus órdenes vienen de los vivos y no de los muertos, vivos que no son bobos además y se aprovechan más bien de los muertos para lanzar a una sociedad a la destrucción de todo un continente como fue el caso de Hitler.

     Pero no todo mito es destructivo. Existen muchos mitos fundacionales que logran identificar a toda una Nación o Región, no es el caso del llamado grito de independencia o la batalla de Boyacá —que se celebra o conmemora, según el caso, por estos días en— que no representa a todo un país solo a la  Región llanera olvidada  y a la Región  cundiboyacense , cuando en realidad fue en la parte del Caribe, donde se dieron las batallas definitivas —caso Mompox o Cartagena— y mucho antes desde las islas del caribe, con José Prudencio padilla y los bucaneros patriotas que habitaban en las islas de las Antillas  menores, que permitieron la entrada de Bolívar por la costa atlántica desde Jamaica.

     Volver a nuestro mundo significa lograr la identidad individual y colectiva, pero no como masa sino como individuos sociales, unificados en propósitos comunes objetivos y subjetivos.

     Los objetivos los darán las cifras económicas, los planes y proyectos y son necesarios. Los subjetivos son fundamentales y habrá que crearlos desde los saberes míticos colectivos y los conocimientos pertinentes de la época actual. Asimismo, será importante elevar la voz moral que la elite política del Caribe no posee. Está comprobado que “son más tiesos, que una varilla de construcción” y no se moverán, si no ven plata de por medio.

     Esto implica que aspiremos a construir la nueva clase política, que aspire al Senado próximo, por ejemplo, pero tendremos que hallar un mito movilizador que suscite el voto de opinión. Está comprobado que no se necesitan muchos recursos económicos y desde la misma casa se puede hacer la campaña, como hizo el alcalde de Bucaramanga. No podemos seguir detrás del mito de Uribe Vélez, cuya agenda anacrónica de guerra y retaliación está agotada, ni detrás del carisma de Petro, que aunque tiene propuestas progresistas y de vida interesantes, parece sufrir de vanidades y tener dificultades a la hora de hacer acuerdos, ni de ningún partido político —porque al fin y al cabo, están partidos por intereses—. Se trata más bien, de abrir las comunidades políticas con la gente que elija a su gente a los cargos públicos, ellas serán los que establezcan los límites, en caso de abuso de poder, y no solo las cortes o el congreso. Ellas dejarán en claro que, en adelante, el poder político que cualquiera tenga se rija por el imperativo: “El que manda, manda obedeciendo, no mandando”.

     Es la única manera de espantar ‘la mano pelúa’ y volver a sentarnos en las esquinas por lo que  somos: un pueblo pacífico, alegre, bullanguero y soñador.