Por Jaime Romero Escobar

     Al llamarlo a Bogotá desde Miami para confirmar si ya había recibido y revisado mi escrito para ser publicado en su revista semanal online El Muelle Caribe —depurado de palabras cambiadas, como frecuentemente me lo hace mi corrector bilingüe de mi e-mail de Google—, le comenté a José Orellano, mi maestro, todo un mago en esto del arte de escribir, que viajaría a Barranquilla por una semana, la tercera, del pasado mes de noviembre.

     Coincidencialmente, él también lo haría. Y decidimos, de acuerdo con nuestras agendas, re-encontrarnos, luego de 35 años de no vernos físicamente, para desayunar juntos, el martes 19 de noviembre del 2019 a las 8:00 a.m., en el restaurante del hotel Dann Carlton-Buenavista.

     A las 7:30 del día elegido, ya me encontraba en el lobby del hotel esperándolo. Al rato me llamó al celular diciéndome que ya venía en camino desde Soledad, su tierra natal, desde la casa de su sobrina, y que le excusara cualquier atraso por culpa de los ‘trancones del tráfico’ en esa ‘hora pico’, propio de las grandes ciudades y tal como se ha convertido hoy día, la cada vez físicamente más bella Barranquilla.

     La verdad es que temí que no se daría nuestro encuentro. Pero ¡qué va!, llegó a los 10 minutos, puntual. Tiempo en el que me transporté 35 años atrás y me vi sentado frente a él en mi escritorio de la gerencia distrital de Gecolsa-Caterpillar, ubicada a la entrada de su amada ciudad, Soledad, contestándole las preguntas que me hacía para redactar mi perfil personal y profesional que posteriormente publicó en la sección ‘Quién es quién’, en la revista ‘Miércoles!’ de El Heraldo de Barranquilla.

Jaime Romero y José Orellano, listos para un batido y estrecho apretón de manos y un abrazo de hermandad, en el lobby del hotel Dann Carlton de Barranquilla.

     Éramos, ambos, apenas unos jóvenes de 32 años y ni idea teníamos de que nuestro inimaginable futuro nos depararía en los siguientes 36 años de nuestra agitada y fascinante vida.

     Estaba en esas, cuando, sorprendido, vi entrar a José Orellano por la puerta del hotel. No había dejado de contestar al conserje del hotel en qué podía ayudarle cuándo yo tercié diciendo que tranquilo, que era un amigo mío que estaba esperando e invitado a desayunar en el restaurante interno.  Como el conserje era muy joven no pensé que dijera “Usted es el periodista Orellano, ¿cierto? Pues, ¡bienvenido, señor!”.  

     Luego de un batido y estrecho apretón de manos y un abrazo de hermandad, nos miramos y coincidimos que nos veíamos más jóvenes que en fotos. Luego nos hicimos tomar unas fotografías con nuestros celulares. Pasamos al restaurante y la gente lo saludaba e incluso lo confundieron con el cantante Piero por el pelo y las gafas. Hasta Mauricio Ropain, el curtido y amable gerente de operaciones del hotel, lo reconoció y saludó muy efusivamente. Luego, tomándonos un desayuno típico costeño, comenzamos a hablar de lo divino y lo humano. Y fue entonces cuando me sentí, de pronto, como si yo fuera un famoso periodista, entrevistador de televisión, y le dije a José que él era un personaje público, carismático y muy conocido, y la gente sabía de su vida más que él mismo, sea por medio de ‘radio bemba’ o porque él  mismo ha contado parte de ella, a través de su semanario online cada día más leído, El Muelle Caribe,  y otros medios de comunicación escritos, radiales y televisivos colombianos, en los cuales ha colaborado como periodista, jefe de redacción e incluso dirigido, durante los últimos cuarenta años. Pero que, como yo vivo en el exterior, en los Estados Unidos, hace veinte, me permitiera, y si no le molestaba, que le hiciera unas cuantas preguntas a manera de una “‘serie de fotografías’ que retraten tu temperamento, desconocido para mí”. Y como él me dijo que no había problema alguno, entonces comencé a dispararle rápidamente, y ‘a quema ropa’, desde mi ‘cámara fotográfica mental’, una pregunta tras otra. Y así también fueron sus repuestas.

     Imposible no compartirlas con ustedes que me leen. Sería un egoísmo de mi parte. Y aquí se las dejo. Y aquí vamos…

     —¿Quién es, en un mínimo de palabras, José Orellano hoy?

     Un bacán de 69 años. Y sé exactamente lo que con ello quiero significar, conozco las acepciones correspondientes.

     —¿Su actividad favorita cuando niño fue?

     Jugar bola’e trapo sin zapatos y sin ser muy ducho… Y leer El Espectador, en especial por el comic ‘Cisco Kid’… Y por aquellas notas que involucraban a Delio ‘Maravilla’ Gamboa, de ‘Santafecito lindo’, sus goles de cabeza. Mi gusto por El Espectador lo heredé de uno de mis abuelos.

     —¿Cuáles han sido los momentos más felices de su vida?

     La felicidad son instantes y en el día, cada milésima de segundo es un instante que cuenta para disfrutar un momento de felicidad. Y en 69 años, han sido tantos esos momentos que me resulta imposible enumerarlos.

    —¿A qué le teme?

     A la calvicie y a mascar el agua.

     —¿Los tres emoticones —en general o los de Facebook— que más le describen son?

     Ninguno, ni en general ni en Facebook. No creo retratarme en alguno, a lo mejor porque algunas veces no me identifico con la emoción estandarizada que pretenden expresar. Muy de vez en cuando utilizo un par, en especial el de ojos de corazón…

     —¿La primera cosa que haría, luego de ganarse la lotería sería…?

     No volver a comprarla.

     —¿El vegetal que más le desagrada comer es…?

     No soy vegetariano, ni vegano, pero como todo tipo de vegetal. La espinaca, en crema… Y la acelga, en guiso… ¡Esas son mis preferidas!

     —Si pudiera hacer una regla o norma que todos tienen que cumplir, ¿cuál sería?…

     Prohibiría la envidia…  Que ni siquiera se sienta encubierta con el adjetivo ‘buena’ (“siento envidia de la buena”). Cadena perpetua a quien la practique.

     —Si pudiera escoger entre ser un maravilloso pintor y un brillante matemático ¿elegiría ser…?

     Periodista… Bueno: Obregón. Sus tramojazos de colores… Uf.

Orellano es periodista… Y siempre ha de esgrimir sus armas en momentos del ejercicio de su oficio: lápiz y papel para tomar datos…

   —¿Qué agradece y a quién?

     Haber nacido, gracias a papá y mamá.

     —¿Sus más grandes pasiones en la vida son…?

     Amar el amor y oficiar de periodista.

     —¿Una comida que nunca podría comer es…?

     Nunca digas de esa agua no beberé… Comí golero guisao y me supo a bueno…

     —Los días lunes le hacen sentirse…

     Pleno… De joven, le jalé a los lunes del zapatero en los ‘lunes de Teofilo’: galones de carne salada y botellas de Ron Blanco buscando en Soledad una casa o una finca donde armar la parranda… A los 69, pero desde hace cinco años, el lunes es un momento de felicidad plena, en medio de agotamiento físico y mental: Ese día, a excepción de los festivos que las manda para el martes, una nueva actualización de El Muelle Caribe navega por Internet…

     —Si pudiera descubrir un nuevo planeta o encontrar la cura del cáncer, de los dos ¿cuál preferiría?

     Descubrir el planeta e irme a vivir allá, porque lo asumiría como una posibilidad muy onírica… No le gastaría neuronas a una cura contra el cáncer porque, aunque papá lo quería, no estudié medicina por el terror que me produce ver correr sangre humana, así sea por una herida nimia.

     ¿Lo más impresionante que usted sabe hacer es?

     Beberme entre seis y ocho jarrones de tinto al día y, a la hora de dormir, dormir como un lirón.

El estadounidense Clint Eastwood y la italiana Sophia Loren, actor y actriz favoritos de siempre de José Orellano.

   —¿Su tiempo o momento favorito del día es…?

     La hora del almuerzo: ¡opíparo!

     —¿Su canción favorita se llama…?

     ‘El niño y el canario’, en versión de Leonardo Favio… Retrata un pasaje de mi vida. Cuando la oigo, lloro… A moco tendido, lloro…

     —¿Su mayor logro profesional es…?

     Ser periodista empírico, autodidacta…

     —¿De qué se arrepiente?

     De no haberle aceptado a mi padre la propuesta de que volviera a la universidad y me graduara, que él me pagaba los estudios, a pesar de que yo ya fungía como Coordinador de Redacción de El Heraldo, en aquellos momentos…

     —¿La persona más alegre o agradable que usted conoce es…?

     Era… Ya murió… Mi cuñado David Barceló Thomas… Tengo un compromiso sin juramento de por medio: recrear su vida en un cuento largo o en una novela corta… Pero para eso no soy disciplinado.

     —¿La meta que durante toda su vida ha querido alcanzar es…?

     Corresponder a una sugerencia que, a mis 24 años, me hizo el colega ya extinto Alberto Duque López en la sala de redacción de El Heraldo: “Consérvate químicamente puro”, me dijo. Me esfuerzo a diario, por perdurar en ese estado.

     ¿El deporte o juego de mesa que jugaría por horas es…?

     El billar, aunque nunca he tacado tres carambolas seguidas…

     —¿La clase más inútil en la escuela…?

     Trabajos manuales… ¿Cuáles manualidades?

     —¿Su modelo de persona a seguir cuando era niño fue…?

     Papá… Aun hoy, papá… ¡Cuánto diera por haber sido como él!

     —¿Lo vuelven loco cuando…?

     Golpean el techo de mi apartamento… El sentido común me indica que, si yo vivo en un tercer piso, el piso que piso es el techo del segundo piso…

     —¿Algo que ama de sus hermanos, de sus hijos?

     La inteligencia… Mis cuatro hermanas, sobradas… Mis hijos, igual…

     ¿La cosa o persona que más extraña de su infancia es…?

     En mi caso, una persona: mi tía-abuela Lorenza. Me enseñó a comer picante a los cinco años, lo preparaba ella, porción de un día, y me regaló una camisa a cuadros verdiblancos, pero una igual o parecida nunca he podido encontrarla para enfundarme en ella.

     —Para usted, ¿el más grande invento de la historia humana es…?

     Sin duda alguna, la Internet… Cristalización de la visión más allá de McLuhan… Marshall McLuhan: ¡la aldea global!

     —¿Lo que lo saca de la cama por la mañana?

Tras el apretón de manos y el abrazo de dos amigos en juventud acumulada, Jaime y José, Romero Escobar y Orellano, posan para la foto del recuerdo tomada por el conserje del hotel…

   El aroma del tinto.

    —¿Su actor y actriz favoritos de todos los tiempos?

     Clint Eastwood y Sophia Loren. 

     —¿Un concierto al que usted amaría asistir?

     Uno de Alfredo Gutiérrez —y debe ser pronto, antes de que se muera—, pero interpretando solo temas de ‘Los corraleros de Majagual’.

     —¿Si pudiera olvidar sus miedos o enfrentarlos, preferiría…?

     Los miedos me mantienen vivo. En especial resulta imposible olvidarlos, aunque aparentemente se superen. El miedo a una rata en mi hamaca, durmiendo a campo abierto, siempre estará en el recuerdo.

     ¿Entre el verano y el invierno prefiere…?

     El verano en Bogotá, sin dejar jamás de ser Caribe, genuinamente Caribe, de aquí de esta tierra donde tú estás haciéndome lo que debería estar haciendo yo: ¡entrevistándote por segunda vez en nuestras vidas!

     —Si pudiera darle un premio a su madre, ¿sería por…?

     Poseer el don de multiplicar el tiempo… El día le alcanzaba para todo lo que se propusiera, en especial cuando criaba a cuatro hijas, un hijo y un sobrino… Y le daba amor eterno a su esposo.

     —Si pudiera aprender alguna habilidad, ¿sería…?

     La prestidigitación del mago Borletti.

     —¿Lo primero que nota sobre otras personas es…?

     Su mirada.

     —¿Los álbumes musicales que siempre le ponen de buen humor son …?

     Todos, todos, todos los de baladas.

     —Si pudiera devolverle la vida a alguien, ¿volvería a traer a…?

     A papá Ramón, mi abuelo materno… Se lo tragó el río Magdalena —yo tenía cuatro años— la noche del día de su cumpleaños, un 31 de octubre, cuando llevaba hacia el mercado de Barranquilla, procedente de la isla de Cabica, una carga de caña de azúcar para el Día de los angelitos. Su cuerpo nunca apareció, pero él tenía sentido poético: su canoa se llama —sí, se llama: aun cruza caños y brazuelos—, ‘La flor del río’. Lindo nombre, poético. Siempre me contaron que era un lector empedernido de periódicos, de El Heraldo y El Espectador… Por eso me incliné, durante los años de niño, por el diario bogotano y su partner ‘El Vespertino’.

     —¿Cómo se ve usted dentro de diez años?

     Si le temo a la calvicie y a mascar el agua, ¡veo en veremos los 79…!

     —¿Cómo quiere ser recordado?

     Como un bacán.

     —Su epitafio en seis palabras máximo…

     Mejor en siete. Número que, según la Biblia, transmite perfección y abundancia. Y si hablamos de 77 veces 7, nos meteríamos en asuntos de perdón. Mi epitafio debe decir: “Vivió para vivir… Murió como quiso… ¡Dios!”.

     —¿Es José Orellano feliz?

     He vivido… Reído… Llorado… Triunfado… He perdido… He hecho lo que quise… He amado… He odiado… Hoy mi vida es un empate feliz… Y estoy en paz conmigo mismo… Y esto —lo creo firmemente— es lo que vale… Todo esto se lo dije, recientemente y vía messenger, a mi hijo Leonardo José, quien precisamente vive en Miami… Sí, en ese empate de mi vida, ¡soy feliz!

‘Antología’-Álvaro Cepeda Samudio, y ‘Llévate esos payasos’-Daniel Samper Pizano, los dos libros que Orellano vuelve a leer y que hacían parte de su equipaje cuando, a mediados de noviembre, fue a Barranquilla a encontrarse con Romero Escobar.

     Y ahora, Jaime, déjame hacer una auto-pregunta: ¿Sabes qué fue lo que más me gustó de esta entrevista?

     Que no me preguntaste sobre el libro que estoy leyendo en este momento… Esto me ha fascinado, porque no me obligaste a inventarme cuentos sobre lectura de los ‘best-sellers’ del momento… Si la hubieras hecho, te hubiera respondido —en honor a la verdad— que dos: la ‘Antología’ de la obra de Álvaro Cepeda, selección y prólogo de Daniel Samper Pizano, editado por el Instituto Colombiano de Cultura en 1977, y ‘Llévate esos payasos’, gran parte de la producción periodística del “más simpático” de los hijos de doña Helena Pizano de Samper: Daniel, producción hecha libro, editado por Editorial Pluma en 1983. Tanto ‘Antología’ como ‘Llévate esos payasos’ los cargo en el maletín de este viaje a Barranquilla para encontrarme contigo.

Epílogo:

     José Orellano Niebles, uno de los grandes periodistas de Colombia, mi patria de nacimiento, no necesita presentación ni será más conocido como consecuencia de mi sorpresiva entrevista. Ni yo, quien escribe ya en su juventud acumulada, como ejercicio gimnástico para sus neuronas y así evitar el Alzheimer, aspiro, con esta entrevista, ganar el premio Pulitzer del periodismo escrito en su versión hispana. Simplemente se trata de compartir la deliciosa conversación sostenida entre dos amigos que, al través del tiempo y la distancia, se tienen aprecio, respeto, admiración y gratitud mutuos.  Y como jocosamente comentamos en esta entrevista, por primera vez y últimamente en estos tiempos, la estrella no es el entrevistador si no el entrevistado, a diferencia de lo que sí ocurre en los ‘ficticios’ programas televisivos de entrevistas ‘Yo, Benito Canela’, ‘Entrevista con Mary Juana’ o ‘Bernie Burundanga’s Show’. 

     Gracias, maestro y amigo por siempre, José Francisco  Orellano Niebles… Gracias por este maravilloso regalo personal de Navidad.