Por Jaime Romero Escobar

     A propósito de la celebración de la Navidad, por esta época del año la vida nos presenta la oportunidad, en ocasiones, de encontrarnos o reencontrarnos con la familia y seres queridos, compañeros y amigos, y hasta con los integrantes del equipo deportivo del que eres fiel seguidor desde tu infancia.

     Y para mí, esa oportunidad, ha sido en este año 2019, el mejor y sorpresivo regalo de Navidad que he recibido durante mis primeros 68 almanaques de mi juventud acumulada. En esta época navideña me reencontré después de tres, veinte y hasta 50 años de no vernos físicamente, con mis hermanos y algunos sobrinos, compañeros de colegio, amigos sobrevivientes de mi infancia y adolescencia, compañeros de universidad y de trabajos.

     Estos encuentros son maravillosos, cuando han pasado los años y, de pronto, los tenemos frente a nuestras narices.

     Parece entonces, que el tiempo se detuviera y nos transportara a una dimensión especial, ya pasada pero real, y que se viene de inmediato a nuestra memoria, con tan frescos recuerdos como si hubiesen acontecido apenas ayer.

     Entonces pueden pasar horas, que de lo agradables pasan como minutos, y se vuelven una evocación de las travesuras, juegos, pilatunas, anécdotas que quizás ya no recordábamos. Momentos de añoranzas, hasta para descubrir y saber lo que en su momento estuvo oculto a nuestro entendimiento. Da, incluso, hasta para enterarnos de alguien que estuvo con sentimientos amorosos hacia nosotros y que nunca lo supimos. 

     Lo más maravilloso es poder constatar que, aunque haya pasado mucho tiempo, parece intacta la cercanía, la confianza y la amistad. 

     Un abrazo para todos esos amigos de siempre, familiares con quienes compartí —en esta época navideña en Barranquilla, Colombia, mi ciudad de nacimiento, y a donde viajé desde Miami a celebrar los 50 años de graduado de High School en el Colegio San José Promoción 1969—, grandes y emocionantes momentos, los cuales, por siempre, permanecerán en mi corazón.

     Y llega en el momento oportuno, un espacio para recordar también con cariño, tristeza y hasta con lágrimas, a aquellos que partieron con prontitud de este mundo.

     Finalmente, y ¡Antes de que se me olvide!, también va un abrazo de gratitud al técnico Julio Comesaña, “pelo’e burra”, como lo llaman cariñosamente y de lo cual me consta… Él se ríe… A él, y a todos los jugadores del equipo de fútbol profesional Junior de Barranquilla, les reitero mi gratitud por el tremendo regalazo de Navidad que, por mi intermedio, le hicieron llegar a mi nieto Martín Villareal, de ocho añitos, todo un crack jugando fútbol y fanático infantil número uno del equipo en los Estados Unidos: un balón autografiado por todos y ‘ una carta de invitación’ del técnico a que juegue en el equipo en el año 2029 y los ayude, en especial a Comesaña, a alcanzar ¡la vigésima novena estrella! Déjame contarte cómo fue eso. 

     El domingo 17 de noviembre, por la tarde, mi nieto Martin y su equipo infantil de fútbol se coronaron campeones en un campeonato Interligas jugado en Orlando, Florida, representando a la ciudad de Miami. También Martin fue el champion goleador, como todo un delantero estrella que es. Desde Orlando me envío, vía WhatsApp, a mi celular en Barranquilla, las fotos de la premiación y celebración del título obtenido. Yo me encontraba hospedado en el Dann Carlton-Buenavista, el mismo hotel donde se concentra antes de cada juego el Junior de Barranquilla. Ese mismo día Junior empató, cuando pudo haber ganado, jugando frente al Nacional en Medellín. El lunes 18, a las 8:00 a.m., después de desayunar en el primer piso del hotel, me dirigía a tomar el elevador para subir a mi habitación, cuando —para tremenda sorpresa mía— entraba al desolado lobby a esa hora, todo el Junior que regresaba de Medellín. No lo podía creer. Allí estaba el bicampeón de Colombia con todas sus estrellas frente a mí solo.

     Y casi instintivamente, superada la sorpresa, le entregue mi celular al amable conserje del hotel y le pedí, como si fuera su jefe, que se fajara a tomarme las fotos que le indicara. La primera que me tomó fue con el profesor Comesaña, quien encabezaba el grupo y aceptó posar junto a mí, luego de decirle que estaba hospedado en el hotel, que vivía en Miami, que tenía un nieto de ocho años que moría como todos los de su familia por el Junior y que se pondría muy feliz de llevarle, al regresar a casa, fotos junto con él y con los jugadores. Y también le pregunté que si yo compraba un balón Adidas en el mall Buenavista, al frente del hotel, y se lo hacía llegar a su habitación, podrían autografiarlo él y todo el equipo. También aceptó y, como todo el grupo a sus espaldas, me oyó el discurso que dije con mi ‘cara de perro’. Aceptaron también tomarse las fotos conmigo, Teo, Viera, Cantillo y los demás. Logrado el objetivo de las fotos, más tarde me fui a Adidas y compré el balón. También fui a un almacén fotográfico y con las palabras que yo les dicté y las fotografías recibidas de Martin, les pagué para que me elaboraran una carta que supuestamente había elaborado el técnico juniorista. A la hora del almuerzo le entregue el balón y la carta a Comesaña. Se toteó de la risa. Al día siguiente, estando en la recepción, me tocó la espalda y me entregó el balón ya autografiado y la carta firmada por él.  Wow, no podía creerlo ni yo mismo. Y me dijo: “Los nietos no tienen precio. Y un abuelo, como usted, hace todo por ellos. Siga así, animando a Martín y que ojalá continúe siendo una estrella del fútbol. Quien lo sueña y lucha por conseguirlo lo verá hecho realidad un día”. Y así, durante el rato que logré conversar con él mientras esperaba a los jugadores para salir a entrenar, descubrí que yo estaba conversando amenamente con una persona sencilla, amable, familiar y muy educada. Una cosa es cuando se actúa bajo la presión de la prensa y el calor del deporte, y entonces le toca poner cara de puño para no dejarse manipular e imponer su autoridad, y otra cosa es la calidad humana y sociable de la persona.  

     Dos días después, y al regresar a mi casa en Miami, Martín, mi nieto, al recibir el sorpresivo y valioso regalo enviado por el ‘Junior tu papá’, exclamó lleno de emoción y con su inocencia de niño-niño: “Gracias, abuelo. ¡Este es mi mejor regalo de Navidad!”.

     Y viéndole tan feliz, pensaba que él nunca lo olvidaría jamás, que, como yo, tampoco lo haría con los momentos tan maravillosos pasados con tantos familiares, amigos y compañeros: gente linda y bella, en un ambiente navideño en Barranquilla. Gracias vida, gracias, Dios, por darme… ¡Mi mejor regalo de Navidad!

     Desde lo profundo de mi corazón, Feliz Navidad y próspero 2020, para todos. Y en especial para mis compañeros colaboradores, escritores, de esta maravillosa familia de El Muelle Caribe y, claro que sí, para todos ustedes los leales y sus queridos lectores.