Alirio Buenahora salió desde Valledupar, a las doce de la noche, para llegar a tiempo a la población de La Junta. Alirio conducía un camión ford adecuado con una carrocería reforzada y un tren de dirección delantero llamado artillero. Los caminos de esa época eran considerados un riesgo y aumentaban las probabilidades de no llegar al destino final: trocha inclemente, fango, lodo, escalerillas, hacían crecer el tiempo del desplazamiento y desajustaban hasta un balín.

     Era común encontrar en el camino, aprisionadas en el barro, cantidades de herraduras que no resistieron las inclemencias del terreno. Desde esa época se les comenzó a llamar ‘caminos de herradura’.

     Después de recorrer seis horas y cuando el sol se alistaba a calentar sus motores para subir la mecha de iluminación, Alirio Buenahora divisó el ventorrillo de Isabel, la popular ‘Chave churro’, que así la llamaban por expender ron fabricado por ella en su casa, fermentando panelas y destilando el fluido con mecheros de cobre. Vendiendo cervezas, ‘Chave churro’ era noctambula y le costaba trabajo conciliar el sueño hasta más allá de las diez de la mañana, cuando era remplazada en su negocio por un pariente cercano.
Alirio, con la vista enrojecida por el esfuerzo de conducir por los estrechos caminos oscuros, pensó: «Voy a reposar un rato donde ‘Chave churro’ y como a las diez voy a buscar el ganado que ahora lo deben estar recogiendo».

     Parqueó el camión en un playón frente al ventorillo de Isabel. 

     En su acento del interior del país dijo: “Buenos días, su mercé. Deme una cerveza para refrescar por favor”.

     ‘Chave churro’, sin mirarlo, pensó: «Este no es de por aquí, marrano nuevo para Chave».

     Alirio empinó su cerveza, no estaba muy fría, se la bebió de un solo sorbo, sin parar… Cuando terminó, se le escapó un eructo suave cuyo vaho él no supo identificar, confundiéndolo entre el de la carne asada con picante  o del mondongo con picante que había comido a las diez de la noch,e antes de salir de Valledupar. Se recostó en una mecedora de palito y se quedó profundamente dormido. ‘Chave churro’ se lo quedó mirando y, entre dientes, dejó escapar su monólogo: «Se durmió… Perdió… ¡Me diste papaya, cachaco!».
Alirio Buenahora durmió un poco más de una hora y quince minutos, tiempo suficiente para retomar fuerzas y renovar su tarea de conducir. Miró hacia dentro del ventorrillo y dijo: “Señora, ¿cuánto le debo?

     ‘Chave churro’, con un poncho sobre sus hombros, secándose la cara después de haberse enguagado los ojos, le contestó: “Son veintidós mil quinientos pesos”. 

     —Eh ave María! ¿Cuál veintidós mil? ¿Y eso por qué pues? —espetó Alirio, alarmado.

     “Esa es la cuenta… Mire todo lo que se tomó y hasta se quedó dormido”, respondió ‘Chave churro’.

     Alirio volteó a mirar y encontró dos canastas de cerveza llenas de polvo y una de las canastas con una extensa red tejida de telarañas.

     —Vea pues, ni que hubiese bebido un mes. Hasta telarañas tienen las cajas… Deje de meter clavija, señora, ¿no le da vergüenza? Yo venía borracho, sí, ¡pero de sueño!.

     Sacó un billete de mil, nuevecito, lo puso con firmeza en en el mostrador; que temblo bajo la presión impuesta por su mano fuerte del camionero, y dijo: “La cerveza vale trescientos, quédese con las vueltas, por la dormida”. Y se fue. 

     Sorprendida y amargada quedó Isabel. Al día siguiente, compró al camión de cerveza de los Gutiérrez cuatro cajas e instantes después de pagar, el chofer que cobraba le devolvió el billete de mil diciéndole: “Ve, ‘Chave churro’ dejáte de vivezas conmigo, este billete es falso, ¡no me joñe!

     Procedió de inmediato a romperlo, como era costumbre en esa época. 

     ‘Chave churro’ ‘espepitó’ sus ojos, fue al cuarto donde guardaba el dinero y repuso los mil pesos con monedas, mientras se rascaba la cabeza y atenazaba al piojo que la picaba y al cual había de triturar con la botella de ron preparado con contra para las picadas del bicho. 

     Volvió a monologar y, entre dientes, se dijo: «Nojoda, ese cachaco me salió general. Yo que pensaba que hasta propina me había dejado y resulté tumbada… Se bebió la cerveza y durmió, ¡de gratis»

     —Leche de perro: ¡ya no se puede confiar en nadie!, exclamó ‘Chave churro’, pensando en el borracho que habrá de llegar y le dará papaya.