Alonso Ramírez Campo

     Cuenta la historia que en la Bagdad de los tiempos de Babilonia, mucho antes que los romanos, existió un rey llamado Hammurabi, que expidió el primer código de derecho de la historia mundial, definiendo el poder como un ejercicio de servicio.

El rey Hammurabi y su código, el primer código de derecho de la historia mundial.

     Fue conocido como el código de Hammurabi en honor a su nombre y, en uno de sus apartes, decía: “Yo he servido y hecho justicia con la viuda, con el huérfano y con el pobre. Con la viuda que no es mi mujer, sino la mujer del otro que necesita protección, con el huérfano que tampoco es mi hijo y también la necesita y con el pobre que no es el rico que tiene bueyes por montón y necesita al menos uno para suplir sus necesidades”. También el fundador del cristianismo había dicho en sus plegarias que “los grandes de la tierra dominan, pero yo les digo sirvan”, y en ‘El libro de los muertos’, en Egipto, se exigía de las personas, para que se fueran en paz a la otra vida, “dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo y darle una casa al que no la tiene”.

     Todo lo anterior apunta a concebir el poder como un ejercicio de servicio al otro. Servidor es aquel que no piensa en sí, sino en el otro y esto implica éticamente del político escuchar la voz del pueblo y servirlo. Por eso, después de tantos casos de corrupción practicados en las democracias liberales, es urgente diferenciar que ser servidores es distinto que servirse y que servir es una vocación hacia la comunidad, muy distinta a la ‘vocación’ de adjudicarse contratos millonarios para las campañas o para el compadre o multinacional de turno.

     En este sentido, la política trabajada desde la ética permite quitarles a los futuros políticos la tentación de enriquecerse a costilla del erario, implica el bello ejercicio de satisfacer las necesidades más sentidas; se trataría de una política ejercida desde la meritocracia, de la cual salen los mejores por concurso, controlado por las comunidades políticas y no de acuerdo con el dinero que tenga cualquier sujeto para financiar la campaña política.

     En otras palabras, significa desprestigiar la política tradicional donde se invierte de acuerdo con proyectos personales millones de pesos, que son recuperados prontamente, mediante adjudicación de contratos multimillonarios por los políticos.

     Cuando les quitemos a estos señores, vía constitucional, la posibilidad de adjudicar contratos y les dejemos únicamente la función de control del presupuesto, ese día veremos cómo la mosca se aleja del arequipe que contenía el roscón y la política dejara de ser un negocio lucrativo, solo superado por el narcotráfico. Entonces, el camino quedará despejado para que se presenten en franca lid los mejores servidores del arte del servicio público en función del pueblo.

Enrique Dussel

     Desde luego, esta es una visión positiva del poder que poco se practica en las democracias liberales que son representativas y poco participativas. Solo en algunos países nórdicos existen notables esfuerzos de participación política. Al respecto, para poner un ejemplo concreto y no ideal que ilustre el tema, Enrique Dussel cuenta que, estando en Suecia dictando una charla, tuvo un amigo paraguayo exilado que le dijo: “Tengo que ir al juzgado”. Al preguntarle: ¡Cómo! ¿Tienes algún problema?, le contestó: «No, es que la comunidad del barrio me nombró representante y tengo que ir todos los lunes y en el trabajo me dan tres horas, para ausentarme con el propósito de visitar al juez y saber cómo van las cosas». Resumiendo, para ser representante de un barrio de Oslo —Noruega— no se necesita ser abogado, ni tener un sueldo, ni ser miembro del juzgado, solo se  necesita ser nombrado institucionalmente como representante y su  función consiste en visitar al juez y preguntarle, qué ha pasado durante la semana y en caso de  encontrar  algo anormal, ahí sí puede llamar a los auditores, que sí son abogados y pueden hacer llamados de atención y hasta suspender al juez en caso de algún atropello. Eso es participación democrática institucional. No es que el fulanito visite al juez, a modo personal, y vaya a chismosear y nada pueda hacer. No…, esta investido por la comunidad y eso está en la Constitución de ese país y es un mecanismo de participación.

     Cosa distinta tenemos en Colombia, donde la Constitución del 91 consagró unos mecanismos de participación (art. 103) que estipulan algunas consultas eventuales que le piden información al pueblo de cuando en vez. Está visto que una constitución que proclame la participación del pueblo y no esté conectada por debajo con la participación efectiva de la comunidad, es un libro al viento.

López Obrador

     En América Latina seguimos copiando el modelo de democracias liberales representativas tipo norteamericana, que tiene una visión negativa del poder consistente en ser “un mandato legitimo ante obedientes”. Pero soplan vientos de esperanza con el mandato de López Obrador, en México, que se acerca a un tipo de democracia participativa, dando ejemplo desde arriba, rebajándose el sueldo, aumentando el salario mínimo en un 20% a los trabajadores —sin necesidad de ser michicato y mezquino como en Colombia—, vendiendo el avión presidencial, saliéndose del Palacio de Los Pinos, etc.

Pero, ante todo, recogiendo un legado de los indígenas de Chiapas, en cómo entender la democracia para su pueblo. En pocas palabras, en 1995, cuando los zapatistas estaban socializando el concepto de democracia con los indígenas en Chiapas, encontraron que estos, tratando de entender lo que escuchaban por primera vez —nunca habían oído la palabra democracia—, discutiendo entre ellos, llegaron a una conclusión simple: “El que manda, no manda mandando, sino obedeciendo”. Eso es lo que López Obrador está haciendo, oyendo al pueblo y siendo consecuente con ese mandato y no solo obedeciendo a los ricos como hace la derecha, para la cual es inconcebible gobernar a favor de los pobres.

Eso es lo que exigen las nuevas ciudadanías emergentes, que ahora son la clase media empobrecida, que se suman al baile de los que sobran de un modelo bárbaro y excluyente que nos trata como súbditos y como esclavos de los festines del poder de los grandes de la tierra.