Por José Joaquín Rincón Chaves

Virgilio Barco Vargas

     El presidente Betancur, dedicó los últimos meses de su mandato en 1986, a tratar de curar sus propias heridas y las de un país descuadernado por la toma del Palacio de Justicia, la avalancha de Armero, el incremento del narcotráfico con un Pablo Escobar desmadrado en Medellín y un Rodríguez Gacha sembrando el terror en la Sabana de Bogotá y en las minas de esmeraldas de Boyacá. En Barranquilla, las fuerzas políticas se habían trasladado al Concejo, en donde los ediles estaban sosteniendo sus propias estructuras de simpatizantes para demostrarle a los senadores, que la base empezaba en ellos y no en los congresistas. Además, ya había empezado la campaña presidencial para el periodo 1986-1990.

     Alfonso López Michelsen derrotado por Belisario Betancur en las presidenciales del 82, y célebre por su frase “¿y los votos de la Costa en dónde están?”, al referirse a la baja votación que obtuvo en la campaña contra el hijo de Amagá, doblego su afán de repetir mandato y se inclinó por Virgilio Barco Vargas, un cucuteño potentado petrolero, exembajador de Colombia en Washington a quien sus detractores le tildaban “que no estaba hecho para esa responsabilidad tan grande”. Bajo el lema de ‘dale rojo dale’, hizo su recorrido por todas las ciudades del país y, en una de esas manifestaciones de plazas, llegó a Barranquilla.

Alfonso López Michelsen                                                   Belisario Betancur

     De esa concurrencia roja a la cita del liberalismo local con Barco, guardo la historia que sigue:

     Virgilio Barco no convocaba grandes multitudes. Se sabía que su capacidad de oratoria era muy limitada, al punto de que sus más íntimos hacían burla pues habían propagado que, hasta para dar los buenos días o para presentar un pésame, requería de un papel escrito.

     Por eso, los promotores de la campaña liberal del año 1986 decidieron realizar la manifestación al frente del edificio de la Cámara de Comercio en la calle 40 con las escalinatas de la placita de Telecom y el cóndor metálico de Obregón como marco glorioso y no en el Paseo de Bolívar como se acostumbraba. Las pancartas rojas, las camisetas rojas y las bombas de caucho rojas Sempertex lucían el rostro lacio y el penacho rebelde y cano del líder.

     El entusiasmo era cada vez mayor y desde el tercer piso del edificio señalado, el desfile de oradores era interminable. Solo se esperaba que el reloj marcara las cinco de la tarde, para que Virgilio en medio de ese mar incontenible y con su voz vacilante abriera el discurso al son de: ¡Dale rojo Dale! ¡Dale rojo Dale! Con el trapo colorado del partido en sus temblorosas manos.

     No era muy original la frasecita, que el propio Barco, confesó que se la había apropiado de los gritos de los hinchas del América de Cali, que en el paroxismo del fanatismo y en medio de la barahúnda del Pascual Guerrero, aturdían a sus rivales de cancha con este grito, acompañado de los saltos de espectaculares diablas caleñas que lograban acobardar al onceno visitante.

     Uno de los organizadores de la manifestación, había contratado una papayera de doce músicos, que, en medio de la algarabía, sacudía con estruendosos porros al populacho que, atiborrado de ron blanco, lanzaba sus vivas al gran partido y bailaba al son de los sabanales.

     Pero, lo más sorprendente estaba por llegar. El padrino de la banda, el que pagaría el toque de los saxos, trompetas y tambores y que generosamente regaba con trago cada interpretación, se acercó al director de los chupacobre y con voz susurrante al oído le dijo: “Cuando asome el Doctor Virgilio en el balcón, toca una pieza en donde se mencione un barco. Tú sabes que eso tendrá un efecto arrollador y yo me ganaré un voto de confianza del jefe mayor”.

     —¡No me diga más! —respondió el maestro—. Le tengo montada la canción precisa y el animador de la tarima ya nos tiene anunciados.

Telecóndor, escultura de Alejandro Obregón en la plazoleta del antiguo edificio de Telecom en Barranquilla. Foto de https://www.wikiwand.com

     Cuando el flamante candidato salió al balcón, cuando la muchedumbre delirante gritaba: Barco, Barco, Barco; la papayera entró en escena y el curtido cantante empezó a interpretar con recia voz, la canción de moda: “¡Se hunde el barco, mi querido capitán/ Se hunde el barco, mi querido capitán!”.

     Fue tan grande la confusión, que hasta el cóndor de Telecom hizo ¡plop!, cual vulgar condorito. Y el director de la banda fue acusado de haber sido contratado por Robertico Gerlein.

     Pasado el sofoco, y a las volandas, el director de la papayera, monto en los atriles, la partitura de otra melodía a la cual le cambio la letra y lo que hizo que salvara el escollo y se ganara la paga, cuyo reconocimiento estaba en vainas.

     Por los altoparlantes de la Plaza de Telecom, entonces se escuchó en la voz cargada de ron del cantante popular aquello de: “Mira ese Barco que cruza la bahía,/ ahí es que viene, ahí es que viene/ esta victoria míaaaa…”

     La multitud estalló de júbilo y empezó el peli-blanco candidato a gritar: “¡Dale rojo, dale! / que esta batalla si vamos a ganar.”!

     Luego empezó la catarata de discursos, cada cual más lleno de promesas que se incumplirían.

Álvaro Gómez Hurtado                                    Jaime Pardo Leal

     A pesar de todo, Virgilio Barco, no se hundió y el partido se impuso a su rival Álvaro Gómez Hurtado con una diferencia de más un millón y medio de votos. El tercero, fue Jaime Pardo Leal por la Unión Patriótica con algo más de trescientos mil votos.

     Pero esa tarde-noche, en la Plazoleta de Telecom, la fiesta roja se cerró en paz y al compás de la pelayera que como pudo, capeó el temporal que tuvo a punto de desatar, con ese barco naufragando en plenas Bocas de Ceniza.

     Al día siguiente, domingo, el Junior jugaba en el estadio municipal uno de sus últimos partidos en ese coliseo. La construcción del Metropolitano estaba en sus últimas etapas, a pesar de algunos contratiempos que habían obligado a bajar la capacidad del escenario deportivo y se habían hecho cambios de importancia en los diseños. El Ministerio de Educación y Coldeportes, habían encontrado fallas en el diseño y obras de la tribuna oriental y se llegó a hablar de sabotaje. Pero las cosas se solucionaron y finalmente se redujo de 70 mil a 65 mil espectadores, el aforo del coloso, que la gente ya había bautizado, por iniciativa de don Chelo de Castro C, como el “Roberto Meléndez” una vieja luminaria del futbol costeño, que además aún estaba vivo y trabajaba como entrenador en varios colegios de la ciudad.

Los trabajos de construcción del estadio Metropolitano de Barranquilla avanzaban, entonces, de acuerdo con lo presupuestado.

     Para ese año, ya el país, había renunciado a celebrar el Mundial de Futbol, que tan duramente había trabajado don Alfonso Senior, barranquillero, radicado en Bogotá y directivo del club Millonarios. Desde el mandato de Turbay Ayala, se venía hablando del incumplimiento del gobierno para tener las obras necesarias solicitadas por la FIFA y en verdad que el único estadio nuevo y que cumplía con todas las exigencias de la rectora mundial del futbol era el de Barranquilla. Y eso por cuanto había tenido un gobernador como José Tcherassi Guzmán que, desde el primer momento, puso todo su empeño en que la obra se terminara, como lo demostró también con la fundación y construcción de la Universidad del Norte. No había carreteras, ni aeropuertos ni nuevos hoteles para recibir a los fanáticos de todas partes del mundo. Por lo anterior, el presidente Betancur Cuartas renunció a ser la sede, la cual México recibió con gusto pues contaba aún con la infraestructura del Mundial de 1970.

     El Metropolitano, se inauguró el 11 de mayo de 1986 con la asistencia de Joao Havelange, presidente de la FIFA, “altos dignatarios del gobierno nacional y local”, entre estos, el Gobernador Fuad Char Abdala y este humilde servidor. Se realizó una muestra folclórica con paloma de la paz de fondo que sería la única que vería ese gobierno y, de sobremesa, un partido entre el Junior y la Selección de Uruguay, que termino dos a uno a favor del elenco charrúa. Por los uruguayos, anotaron ‘El príncipe’ Enzo Francescoli y ‘El polilla’ Da Silva. Por el Junior, un morochito de nombre José Angulo. Tres días más tarde se celebró un encuentro entre los tiburones con ‘El olímpico’ Marcos Coll y la Selección Argentina con un pibe llamado Armando Maradona en este elenco. Estaban en preparación para el Mundial de 1986, en el cual salieron campeones.

     El partido terminaría 0-0. Tuve el privilegio de que mi madre, mi esposa, la comadre Aida Vides y mis hijos, estuvieran presentes en estos actos, rozándose con la ‘crema y nata’ de la ciudad. Había algunos testimonios gráficos, que lamentablemente, se han extraviado.

     Desde entonces, mi equipo de Colombia y el Junior me traen por la calle de la amargura, que espero, como ya se está viendo, que se convierta pronto en ‘El portal de los dulces’.

JOSÉ JOAQUÍN RINCÓN CHAVES