La historia excluida de la escuela

Les presento un comentario liviano con un tono recreativo que no logra herir la susceptibilidad de maestros por no plantar semillas de rebeldía donde germine un pensamiento crítico que logre descifrar las posibles causas de la ruina social de tu ciudad.

     En una de esas conversaciones aburridas para evitar ocuparse de la moral del prójimo, aseguraba el siempre ilustre maestro ‘Líder’ José Manuel Rodríguez Pimienta —tal vez hoy se lo cobre la memoria— que la mayor preocupación de la oligarquía colombiana se centraba en la inminente llegada de los ninguneados a la ciudadanía. Era comprensible, afirmaba, porque la conversión en adultos les ponía la bitácora de derechos y libertades a su disposición. Para evitarlo —le completé— había que reducirles aun más las posibilidades de subsistencia y aumentarles las horas diarias de oración, así las esperanzas e ideales no cumplidos eran por voluntad de dios y no por culpa de los gobernantes.

El clásico espejo del megalómano.

     A veces la ingenuidad nos lleva a pensar que las armas, la fuerza y la devastación del otro constituyen el protocolo histórico que crea las condiciones sicológicas y prepara el escenario para que se instale en el imaginario colectivo la creencia de que hay una clase que gobierna y dirige los destinos de la patria porque se lo merece, “porque eso es así” y ellos han sido destinados por los dioses del Olimpo y elegidos por el oráculo —al mejor pastiche griego—. El sofisma de servir al pueblo toma su giro repentino para servirse del pueblo; de esa manera la conciencia de ser gobernado se afianza y la gente empieza a resignarse ante la megalomanía de los gobernantes. Ya se habla de política como ejercicio inspirador de orden, de respeto, de leyes, de planes y programas que los grupos sociales tienen la obligación de cumplir. Pero la política marca un ideal de sociedad que debe ser perseguido por sectores de personas con ideología semejante y fuertes lazos con la tradición judeo-cristiana. Esos grupos se consolidan como partidos y se enquistan en la cúspide de la pirámide social gracias al manoseo cotidiano de la opinión pública y al fanatismo heredado por muchos años.

     Partido liberal y partido conservador se han asumido como franjas etarias compartiendo los mismos intereses, codiciando el mismo botín; grupos y dirigentes que se diferenciaban por el color de sus banderas, puesto que sus ideologías no tenían basamentos políticos, a menudo las disfrazaban con vocablos prestados para siempre de la Revolución Francesa. Términos del orden de democracia, solidaridad, igualdad, respeto y otro puñado daban la sensación de que aquellos oradores sabían de qué carajo estaban hablando.

Proyecto de riqueza

     Nuestro pueblo como la mayoría de las regiones de Colombia era 70 por ciento rural. El departamento del Magdalena se entendía como enclave del otrora Magdalena Grande, atravesado y bendecido por mares y ríos que rodeaban enormes extensiones de tierra parturienta donde podían florecer hasta las yaretas del desierto de Atacama.

     No había oro, ni plata, ni esmeralda. Lo único que despertaba la voracidad de los gobernantes era la tierra: inmensos baldíos que perdieron su virginidad y luego fueron colonizados y más tarde bautizados por los gobernadores y alcaldes del momento. Los campesinos, propietarios orales, terminaron de sembradores de guineo en las plantaciones ya legalizadas por escrituras redactadas a mano por un notario nombrado por el gobernante, tal como ocurrió con las extensas tierras y propiedades abandonadas por la United Fruit Company, cuyas manos depredadoras llegaron hasta el ‘Campo de los gringos’ del que apenas resiste el barrio El Prado.

     Como era lógico, las tierras multíparas se esfumaron, lo que obligó a reducir la avaricia. De la explotación agronómica se pasó a la expansión del casco urbano de Santa Marta a partir de la legalización familiar de lotes públicos que poco a poco se convirtieron en urbanizaciones, hoteles y edificios. La historiología samaria nos lleva a la configuraron de una dinastía inescrutable, no solo por la acumulación acelerada de riqueza como por los cruces matrimoniales, más por amor a la salvaguarda de la fortuna que por el cultivo de sentimientos, en una clásica homogamia que muchas veces degeneraba en endogamia.

Único cerro sobreviviente a la colonización despiadada en Santa Marta: el Morro, aguas marinas adentro, distante de la playa. Imagen de https://co.pinterest.com/

     La civilización de los predios urbanos terminó con los cerros, cuyo único sobreviviente a la colonización despiadada es el Morro, anclado a unos 2.500 metros de la Bahía de Santa Marta.

     Los proyectos de riqueza de las familias enroscadas en el poder político se mantenían lejos de los labios de la opinión pública local. El manejo del perfil bajo de los jefes contrastaba con la opulencia que ya se exhibía en la publicidad de lecherías, cafetales, compañías exportadoras de banano, sociedades anónimas, oficinas de bienes raíces, mataderos de reses y porcinos, centros avícolas, entre otras tantas fuentes de explotación económica.

     El Magdalena y en especial la ciudad de Santa Marta han estado secuestrados por la codicia desmedida de las familias que siempre han mantenido la segregación social. Era tan severa la impiedad que construyeron su propio barrio, edificaron su propio club, delimitaron importantes porciones de playa; todo legalmente titulado ante los ojos de Dios y la mano anómica del notario. Pero la población de noble corazón entendía el fenómeno dentro de una lógica lejos de su propia comprensión. La gente creía que los ricos habían brotado de la tierra bajo la misma inspiración divina de las que emergieron Adán y Eva, la serpiente, los árboles, los océanos, las estrellas y la lluvia. Podría parecer charlatanería; es cierto, aunque basta con reseñar la longevidad de los troncos genealógicos, como si esas familias siempre hubieran estado ahí, escarbando las entrañas de los suelos, de las montañas y de la Sierra Nevada para constatar que todavía sus proyectos de riqueza no habían terminado, al contrario, se iniciaba una nueva era de producción de dinero fácil y rápido, como una alegoría al poema La Ilíada que canta el inicio de la ruina de una ciudad, no su nacimiento. Nos referimos al máximo exponente del poder sobre el planeta, el narcotráfico, del cual daremos cuenta más adelante, pero no desde la perspectiva delictiva y del impacto en la economía y de la transformación axiológica en la sociedad, sino como fenómeno que naturalizó la impunidad y dio nacimiento a la corrupción en todas las expresiones sociales.

     No hay duda den que la escuela le ha huido a la responsabilidad histórica de contarles a las últimas cinco generaciones los eventos, circunstancias y señalar los actores que han estragado nuestra enteca geografía local. A los niños y jóvenes les han conculcado sus derechos a una información veraz, la cual marcaría el modo de pensar, de sentir y de actuar de los estudiantes. Esta realidad negada, excluida del imaginario escolar, tiene que ser narrada para que, más allá de la fascinación, permita descifrar los algoritmos sociopolíticos que han producido las profundidades en los abismos sociales que impiden el ascenso a pesar de la formación académica. Se trata de entresijos tejidos para que la riqueza de un puñado se traduzca en opulencia, mientras la pobreza de los otros cientos de miles que habitan la ciudad se mueva hacia la miseria. Pero si la escuela transversaliza la historia del hoy y del ahora asumidas como la cepa de los hechos del pasado, y no la deja como una cátedra aislada, tal vez los afortunados por el conocimiento llegarían a todos los rincones del contexto socio económico y cultural de los alumnos.

     La inclusión de la historia local es un imperativo que involucra a toda la comunidad de aprendizaje. Los padres, adultos y maestros tienen la obligación moral de transmisión de la cultura, los valores y las tradiciones que se sostienen por los acontecimientos y personajes que han dado y auun dan brillo a la sociedad. De este modo, nos debe inspirar Mark Twain cuando nos dice que “La historia no se repite, pero a veces rima”.