Por Jaime Romero Escobar

     Agradezco a mi nieto Martin —ocho años, cuyo visto bueno, como lector de mis escritos, le es suficiente a mi ego para sentir satisfacción y felicidad— que al ver mi foto y escrito publicado en el último número de El Muelle Caribe en su tableta digital, me preguntara: “Abuelo, por qué tu escribes?”. 

     Y de una —y casi sin pensarlo y como para salir del paso—, le respondí: “Hijito, escribo porque hacerlo me hace sentir muy contento”.

     Gracias a él, y su precoz pregunta, nació este escrito. Y había que escribirlo para ponerle punto final a ese ‘runrún’ que vagó en mi cabeza, durante un estimado tiempo, la pregunta que se les hace a los que escriben y que también, Martín y yo, en un momento de nuestra vida, nos formulamos: ¿Por qué se escribe?

     Definiciones de diccionarios de la palabra escritor:

     “Un escritor es una persona que utiliza palabras escritas en varios estilos y técnicas para comunicar ideas”.

     “Escritor: persona que se dedica a escribir obras literarias. Los escritores producen diversas formas de arte literario y escritura creativa, tales como novelas, cuentos, poesía, obras de teatro, artículos periodísticos, guiones, ensayos y crónicas”.

¿Todos ellos escritores? Una tarea: atinar todos los nombres, tanto al través el tiempo como durante la traslación y rotación del mundo, solo dos de sus diversos movimientos.

     En las anteriores definiciones, la palabra escritor, en su uso más amplio, se emplea para dar cuenta de aquella persona que escribe o es la autora de cualquier tipo de documento u obra escrita.

     Así como quien narra es narrador y quien corre es corredor, entonces quien escribe es escritor. Por otra parte en el sentido estricto también se emplea la palabra escritor para designar a aquellos individuos que practican la escritura a un nivel profesional, es decir, que dedican su vida a la escritura de obras escritas o impresas, que luego son editadas por ellos mismos o por compañías editoriales que las comercializan en el mercado correspondiente. 

     Y así como existen escritores tanto profesionales como aficionados, también hay quienes se aíslan por horas, días o meses, para dejar volar la imaginación o para dar rienda suelta al análisis en unas cuantas líneas de publicación inmediata en una columna, un escrito, artículo, crónica o ensayo que quizás solo leerán unos pocos, familiares y amigos, que se cuentan con los dedos de una mano. A pesar de esto, ¿qué les hace escribir a quienes se aventuran en tal hábito? De las miles de repuestas a esta pregunta —que no falta en toda entrevista que se les haga a un escritor— encontradas en Google, se concluye que los escritores en mayor o menor grado, como todos los humanos, desean parecer inteligentes, quieren ser reconocidos en esta vida y que se les recuerde, hablando de ellos después de su muerte. De allí que manifiestan que escriben para no morir del todo, dejar un testimonio de su paso por la vida, manifestar su locura, pues se necesita ser un poco loco para escribir, para decirles a los familiares y amigos, después de su muerte, que permanecen vivo, en fin: buscar la fama y lograr la inmortalidad.

El escritor y filósofo barranquillero Jaime Romero Sampayo junto a sus padres Jaime —autor de este escrito— y Yadira, y con su esposa Adelaida. Romero Sampayo es columnista del Huffintong Post España huffingtsonpost.es y aplaudido escritor literario de tiempo completo con residencia en Barcelona, España. Antes de publicar en El Heraldo de Barranquilla, lo había hecho en El Muelle Caribe.

     Respetando sus respuestas, no puedo dejar de pensar —ya en mi juventud acumulada—, en lo efímera de la fama o notoriedad al recordar los miles de años que han existido antes y existirán después de haber nacido en este mundo historial y, como dice la canción, “al final, la vida sigue igual’.  Y sobre la inmortalidad, me recuerda la ‘inmortalidad del cangrejo’ con la que me tomaban el pelo mis seis hermanos mayores. Y lo paradójico de la inmortalidad es que quienes más la han perseguido han sido abanderados del materialismo puro, burlones enemigos de la fe y orgullosamente ateos. “Lo que me quieran decir, díganmelo ahora que vivo, porque después de muerta no se puede gozar. El que se murió se jorobó”, decía mi abuelita ‘Papilla’, matrona sabía, porque uno no se va a enterar, al morir, si te leen o alaban porque nuestra propia consciencia se apagó para siempre, cuando nuestras neuronas cerebrales murieron o dejaron de comunicarse.

Un deseo de Romero Escobar para cuando ya no esté al lado de su nieto Martín: que aprenda un solo valor: que su abuelo escribió en El Muelle.

     Finalmente, y Antes de que se me olvide, ahora Martín tendrá una repuesta más craneana a su pregunta del por qué yo escribe, si no busco a estas alturas de mi vida fama o importancia ni inmortalidad: escribo, sencillamente, por el placer que me produce hacerlo. Cuando sale publicado un escrito mío  en El Muelle y me leo, me doy cuenta que  adquirí un nuevo conocimiento durante la investigación del tema sobre lo escrito —muy diferentes a los de tantos ensayos y manuales de finanzas y economía, cartas, informes, estudios financieros, que escribí en mis primeros cincuenta años como profesor y ejecutivo empresarial—; aprendí algo más de mí mismo: si nadie los lee o si lo hacen, me desaprueban o aprueban, y le ponen like o comparten, si se ríen o les fastidian las fotos que tomo y los links que encuentro en la internet, YouTube, Google, New York Time, etc, con las que acompaño mis notas, no importa. Lo que importa es el proceso mismo de escribirlo. El goce mismo de la acción de escribir sobre tantas cosas bellas que tiene la vida y compartir mis experiencias vividas.

     Con que me lea Martín, cuando ya no esté a su lado y aprenda un solo valor: que su abuelo escribió en El Muelle del maestro José, me basta.

     Si nada esperas de lo bueno que haces a tu prójimo, ¡jamás te sentirás frustrado!