Por José Joaquín Rincón Chaves

Virgilio Barco Vargas, Fuad Char y Pedro Martín Leyes.

     La partida de la Contraloría Municipal fue triste. Sin embargo, habían quedado muchas satisfacciones y, sobre todo, amigos para toda la vida, de esos que no se olvidan. Habían sido nueve años de lucha solidaria, como aquellos guerreros espartanos que se enfrentaron a ejércitos más grandes. Muchos empleados leales, desde el comienzo de esta huella, empezaron a ser despedidos por saberse de su integridad y porque quienes habían propiciado la caída, querían aprovechar a como diera lugar el “cuarto de hora” que, con ansias, habían buscado.

     El presidente Barco, cuyo periodo constitucional se inició el 7 de agosto de 1986, fiel a su postulado de realizar un gobierno netamente liberal, empezó a nombrar en los ministerios, las alcaldías y gobernaciones a miembros de este partido. En el departamento del Atlántico, Fuad Char Abdala continúo ejerciendo el cargo de gobernador, mientras que, por la alcaldía de Barranquilla empezó un desfile de mandatarios locales matriculados en las toldas del senador Pedro Martín Leyes.

Maritza García Martínez

     Mientras había un acuerdo entre los grupos liberales para la designación de primera autoridad en la capital del departamento, siguió ejerciendo funciones el ingeniero Ramiro Besada Lombana, procedente del Ministerio de Obras por haber trabajado en la Dirección de Bocas de Ceniza, entidad encargada de la supervisión y mantenimiento del canal navegable del puerto local. Con él, se realizó la última rendición de cuentas del municipio en la que participé con resultados altamente positivos para la entidad territorial.

Álvaro Gómez Hurtado y José Name Terán.

    Como decimos en la Costa, “pase al asfalto” a partir del 1° enero de 1987. Entre los planes inmediatos, estaba el de dedicarme al ejercicio de la profesión de abogado y para estos efectos busqué refugio en la oficina que mi esposa Maritza García Martínez tenía en el edificio Banco de los Trabajadores y en la cual se dedicaba a la venta de seguros de vida, en especial del ramo de la salud. Por haber desempeñado el cargo de Contralor, estaba impedido para tomar negocios jurídicos que implicaran demandas en contra del municipio de Barranquilla, de tal manera que tenía el ejercicio restringido. Continué con mis clases en la ESAP, Escuela Superior de Administración Pública, como profesor de grados y postgrados y algunos pleitos que iban cayendo. En la oficina, también tenía cupo la comadre Aida Vides Pava, socia de Maritza y abogada litigante, por lo cual, el vacío generado por el reciente cambio no era tan abrumador, aun cuando hacía falta una entrada más sólida para la economía del hogar.

     En la parte política, continúe afiliado al Movimiento de Integración Liberal, Misol, y, naturalmente, participaba de reuniones de esta organización partidista al frente a la cual se encontraba su fundador José Name Terán, quien desarrollaba una gran labor como senador. En ese momento, tras la decisión de Álvaro Gómez Hurtado de no aceptar que el conservatismo se conformara con una escasa participación en el gabinete ministerial, a José le fue ofrecido el ser titular del Ministerio del Trabajo y Seguridad Social. Fue una gran distinción que se agregaba a la de haber sido presidente del Senado entre 1984 y 1985, periodo en el cual estuve varias veces en Bogotá en su oficina del Congreso y luego en la sede ministerial de la Calle 19 con 7°. Era muy jovial y, en algunas ocasiones, requirió de mi concepto profesional, por cuanto contaba con su aprecio y respeto por mi opinión.

     En el ejercicio de ministro del Trabajo, José, por instrucciones del presidente Barco, designó como Director General del Servicio Nacional de Aprendizaje, Sena, al doctor Enrique Low Murtra, quien había sido magistrado del Consejo de Estado. Bajo este panorama, se produjo mi nombramiento como Gerente Regional del organismo de capacitación laboral en el Atlántico. No había manera de evadir semejante distinción y acerca de este episodio de mi carrera como funcionario del Estado, he dejado mis primeras impresiones, en el escrito que a continuación me permito poner en su conocimiento:

Este Sena no quedaba en París…
Pero era un caudal de amistad

Planta baja del edificio del Sena en Chapinero-Bogotá. El Sena de la historia de José Joaquín Rincón Chaves no quedaba en Francia. Esa historia se ubica en Barranquilla.

INTRODUCCIÓN

     Como en algunas historias de la Biblia, aquel hombre primero fue panadero porque, donde nació no había mar ni rio caudaloso, sino hubiese sido pescador o carpintero. Con el tiempo, se hizo aprendiz de leyes, sin llegar en principio a ejercerlas. Trabajó como simulador de personajes extraídos del aire, es decir de la radio, y transmisor de novedades buenas y malas a la ciudad, vale decir periodista.

     Como esos profetas antiguos, llevando nuevas de diluvios y de seres tragados por las aguas furiosas o por ballenas inmensas. De la mano de una samaritana porteña, logró culminar su conocimiento de normas civiles, penales y de romana estirpe. Y desde allí, una segunda parte de su trasegar por la existencial ruta sartriana, como bien decía uno de sus amigos Rafaeles, Osorio, el filósofo. Hijos y trabajo, como ese pan debajo del brazo, anunciado por los taitas creadores.

     Primero, recaudador de impuestos, como algunos amigos de Jesús. Más adelante, celoso cuidador de arcas municipales y luego, gestor de obras que, en su imaginación, fueron monumentales. Un acueducto para la población sedienta, un granero inmenso para pobladores hambrientos, un coliseo gigante para el combate de 22 guerreros y un lugar para que modernos soldados romanos vigilaran la urbe. Otras cosas se formaron, pero la mayoría, cuestiones materiales. Calles, arroyos con pavimento revestidas.

     Todo tras el reconocimiento y la memoria concreta. Lejos de buscar el sentido de ayudar a formar al hombre, a niños y a niñas, en busca de madurez y de las habilidades de un trabajo para mejor vivir. Una institución creada para la instrucción de jóvenes obreros y de pulir los conocimientos de los viejos. Hasta cuando dos le llevaron a ese nuevo mundo.

El comienzo de este
acercamiento al hombre

Enrique Low Murtra.

     Se inició un poco antes del 16 de febrero de 1987. En meses anteriores, ejercía como Ministro de Trabajo del Gobierno de Virgilio Barco Vargas, José Antonio Name Terán, quien había llevado a la Dirección General del Sena —Servicio Nacional de Aprendizaje— al eminente jurista Enrique Low Murtra, exmagistrado del Consejo de Estado, reconocido tratadista de derecho fiscal, brillante catedrático de universidades prestigiosas del país, ex -contralor de Bogotá y otros puestos de relevancia nacional. Una hoja de vida intachable la de quien fue designado en ese organismo de capacitación laboral, para impulsar su desarrollo.

     El doctor Low Murtra reemplazaba a Edgardo Báez Noguera, quien, habiendo ejercido como gerente regional del Sena en el Atlántico, fue llevado interinamente por Name Terán a la cabeza máxima del organismo de formación profesional en el país, con el propósito de nombrarlo en propiedad.

     Este objetivo no fructificó y el doctor Barco Vargas se decidió por el sabio bumangués. Báez Noguera no quiso regresar a su cargo en el Atlántico y se inició la búsqueda de un reemplazo. Varias hojas de vida de la región llegaron al despacho del doctor Low Murtra, entre ellas la de un tal José Joaquín Rincón Chaves.

     Siempre he pensado que, en alguna forma, el doctor Enrique no se había olvidado de cierto personajillo que había sido alumno suyo en la ESAP —principal de Bogotá— como estudiante de Recursos Tributarios y, más tarde, como funcionario del Ministerio de Hacienda, con quien se había tropezado después, en un congreso nacional de Contralores, ejerciendo como Contralor Municipal de Barranquilla, el susodicho Rincón Chaves. Ellos, departieron en tales calidades en la cima del cerro de Monserrate en el año 1979 en donde él oficiaba como Contralor de Bogotá y al año siguiente, en Barranquilla, en el Hotel del Prado, siendo anfitrión el mismísimo Rincón.

     De tal modo, que solo bastó una entrevista personal en Bogotá, para que un 16 de febrero de 1986, dos viejos conocidos, se encontraran por nonagésima vez, el Dr. Enrique Low Murtra y este humilde servidor, el primero como Director General del Sena y el segundo como Gerente Regional del Sena- Atlántico. En estas veces, están incluidos los largos cien días de frio que pasé en la nevera, en el curso-concurso para optar como abogado de Recursos Tributarios del Ministerio de Hacienda y Hacienda y Crédito Público. Supongo que, desde aquí, se empezará a sentir la reverencia y respeto que se mantiene hacia ese ser excepcional, sacrificado años más tarde en la capital, como exministro de Justicia, de Barco Vargas.

Logotipo del Servicio Nacional de Aprendizaje, Sena.

     No fue tarea fácil competir con la trayectoria y trabajo que Edgardo Báez Noguera, había dejado en la Regional Atlántico. En principio por cuanto habiendo sido su reemplazante extraído de las canteras de la política local, se pensaba y con razón, que la entidad, sería inundada de inútiles fichas y corbatas para satisfacción del ministro del Trabajo. Los pronósticos resultaron desacertados, pues nadie se había tomado el tiempo para considerar la forma de desarrollar su gestión del nuevo y, en principio, resistido gerente.

     La junta directiva del Sena-Atlántico, con escasas excepciones, escondía su desagrado a pesar de las señales enviadas por el doctor Low Murtra, quien, de común acuerdo con el ministro Name Terán y el nuevo gerente, había determinado congelar la nómina existente. Aún aquellos cargos de libre nombramiento y remoción. De lo único que se dispuso fue de los puestos de chofer y de la secretaria del gerente. A ellos llegaron dos personas de mis entrañas. Pilar de Jesús Grueso Mina, un negrito admirado por su fidelidad y constancia, quien había oficiado como mi conductor en la Contraloría de Barranquilla, consentidor de mis hijos, y doña Ruby Correa de Molino, hermosa porteña que había fungido en este empleo como mi secretaria al través de varios años. Algo apenas justo y equitativo, como se reza en la misa. Ignorando malquerencias iniciales, seguí mi rumbo bajo los postulados del aprender a aprender, aprender a ser y el aprender a hacer, bajo el tutelaje del padre Luis Alberto Gómez y los expertos mandos de Cicerón Robles Alarcón, Alberto Meisel y Miguel Abadía. Cicerón, un hombre metódico que hacía honor a su nombre de sabio romano. Pulcro y de una transparencia absoluta, cuyas decisiones eran catedra de obligatorio cumplimiento. Muy pocas veces confrontamos, tan solo una, que significó el despido de un arquitecto Jefe de Construcciones, que mostro algunos abusos en el ejercicio del cargo y a lo cual el sindicato de trabajadores de la entidad respaldó, aportando prueba de los desatinos atribuidos.

     Alberto Meisel, de sincera amistad y de una inocencia tal, que soportaba la carga inmensa de ser el gerente del Centro Industrial y de su esposa, a quien cariñosa y maliciosamente llamaba discretamente ‘La Tata’. Solo supimos el nombre de la cónyuge, cuando, sin pensarlo, en una visita a su casa, de salida le dije: “Encantado de conocerla doña Tata”.

     Nunca, lo juro, nunca como esa vez, había visto a una dama echar candela por los ojos.

     Es que, en realidad, Alberto le decía ‘Tata’, por lo de tatacoa, una serpiente de mordedura mortal cuando se encrispaba, pues su nombre verdadero era Carmenza. Razón suficiente para provocar sus ojos de furia.

     Alberto era manso de corazón y duro de pata. Cuando la regional empezó a recibir parque de vehículos nuevos, se le entregó un flamante automóvil que, a las pocas nadas, hubo de ser reparado del motor. Por lo demás, se daba sus mañas para entenderse con los sindicatos de la entidad, cuyo radio de acción fuerte estaba en el Centro Colombo-alemán. Recuerdo que para combatir esta rudeza en el conducir, una vez le llevamos un carrito de carga, de esos que se usan en el terminal marítimo. Desde el cielo, aún debe estar riendo por esta broma.

     Miguelito, era delgado, de un blanco casi pálido. Un poco complaciente en el mando del Centro Comercial. Pero a veces, se le saltaba el carácter. Es que no era fácil lidiar en ocasiones con Moisés Pineda y en otras con Maritza Giraldo. Y si a lo anterior, se añade el Padre Gómez, la mezcla era explosiva. El Abadía Méndez, de su árbol genealógico, era de temer.

     ‘Los mosqueteros’, como en secreto les llamaba, se complementaban con D’artagnan Dagoberto Castro, Jefe de Centro Industrial. Viejo conocido y amigo mío desde el Bachillerato de Soledad. Era el polo a tierra con los instructores del Sena de la Calle 30. No se inmutaba por nada. Ni cuando lo envié en misión especial a Italia, perseguido por las pataletas de una funcionaria de la dirección general que coordinaba estos viajes y que considerábase la dueña de estos privilegios en la entidad, y a quien le parecía que el vuelo del matemático a Roma era una herejía.

Rodolfo Martínez Tono y el ‘Tuerto’ López.

     De antología, la solidaridad y defensa de Luis Simanca, Robinson Padilla y El Checa, frente a algunos ataques del Sindicato de Trabajadores del Sena, que les llevaron a comparar a Cicerón, el ‘Bueno’; a Alberto, el ‘Distraído’, y a Miguel, el ‘Manso’, a este gerente —afiche de por medio— con el cartel de Pablo Escobar. Uno de los pocos episodios de ingrata recordación, pero que fueron enmendados por un sentido de la amistad que aún prevalece en el tiempo y que Manuel Escobar Camargo, un poeta y revolucionario de temprana desaparición, lamentaba a cada rato.

     Días felices en su mayor recorrido que culminó un 31 de octubre de 1990. La historia de los novillos es otra, que se confunde con el aprecio y cariño a mujeres y hombres del Sena-Atlántico y de otras regionales, que aún superviven con ese amor que infundió el cartagenero Rodolfo Martínez Tono, imitando al ‘Tuerto’ López parecido a “ese amor que uno le tiene a sus zapatos viejos”…

     A mis amigos que no menciono, no se disgusten, tranquilos, que la historia, solo empieza. Y a quienes partieron, reciban una oración y la promesa de que sus nombres y hazañas, traeré en otras esquelas, como esas estrellas que a su lado vuelan….

Epílogo

     El anterior es, apenas, el preámbulo de la historia completa en el Sena que merece darle continuidad a estas “huellas tras el pie izquierdo”. De modo que, mis queridos hijos, nietos, esposa y amigos, que este es el final de la primera parte de mi existencia, que les quede como una enseñanza de las dificultades que nos ofrece el camino, pero también lo que se logra cuando el esfuerzo es sincero, humilde y liberado de perseguir riquezas materiales.

JOSÉ JOAQUÍN RINCÓN CHAVES