Alonso Ramírez Campo

     No existe nada más subversivo que el tiempo. En cuanto tratamos de aprehenderlo, se nos escurre por entre las hendijas de nuestras cárceles mentales y pronto activamos, en su búsqueda, escuadrones de sabuesos para detenerlo, pero es tan listo que no se deja apresar y, siempre, nos merodea clandestinamente entre los intríngulis de la vida cotidiana.

San Agustín de Hipona

     Tal vez, la razón de la dificultad para detener al enigmático personaje se deba a nuestra torpeza o incapacidad metodológica, a la pretensión de fijar un objeto o sujeto de estudio —según el caso— para chismosearlo y manipularlo, pero el tiempo no es un ciudadano común, es muy gitano para encasillarlo, es más seductor que el mismo Casanova y tiene la rara cualidad de brindarnos un diminuto instante, inmenso en el vivir. Tal vez, por eso sean los poetas los que mejor contrainteligencia puedan hacerle y, por lo mismo, es en el arte y en la literatura donde se puede evocar con más nitidez.

     Lo curioso del cuento es que nadie logrará hablar de sí mismo, de su vida, de sus fantasmas y demonios, de lo que quiere o teme, sin referirse inmediatamente al tiempo, lo que hace suponer que es tan familiar y conocido como los celulares que utilizamos y no podemos ya vivir sin ellos, pero si nos preguntan qué son y cómo funcionan, nos encogemos de hombro, solo que a diferencia de nuestra ignorancia  tecnológica, la del tiempo es tan remota que, valga la redundancia, data de los comienzos de los tiempos.

     En Confesiones, XI, 14, San Agustín de Hipona confesó con toda sinceridad al respecto: “¿Qué es, pues, el tiempo? Sé bien lo que es, si no se me pregunta. Pero cuando quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé. Pero me atrevo a decir que sé con certeza que si nada pasara no habría tiempo pasado. Y si nada existiera, no habría tiempo presente”. En efecto, creemos por intuición que es el tiempo, pero cuando nos preguntamos por él, es decir, cuando reflexionamos y nos vemos obligados a pensarlo, la cosa se hace compleja y enigmática.

     En occidente, estamos acostumbrados a fraccionar las cosas para ordenarlas de acuerdo con categorías. En el caso del tiempo, hacemos lo mismo y lo partimos en tres torrejas, como un queso, que llamamos pasado, presente y futuro, pero eso es una ilusión, un espejismo en medio del desierto, cuando comprobamos que el ahora, ya no es. Está ahora pasado, hace un rato, y en ese lapso han pasado muchas cosas —suicidios, caricias, promesas, muertes, nacimientos …etc.—. Lo que llamamos “el ahora” es tan fugaz como la sonrisa de una muchacha que pasa en Transmilenio: fue, pero ya no es, pasó y nos sucede lo del Fausto de Goethe, que quiso ordenar un día a cierto instante idílico al decir: “¡Detente!, eres tan hermoso”.

Savater.

     Cuando pretendemos fijar el tiempo en un ahora, lo único que nos queda es una foto a manera de conmemoración, un instante congelado en la cámara. Por eso, lo que llamamos presente solo lo vemos venir y lo vemos alejarse como un potro salvaje, haciendo corveta y perdiéndose inmediatamente.

     Paradójicamente, la única temporalidad que tenemos en la vida real es el presente, aunque se nos diluya entre los dedos como el agua, porque las otras dos convenciones temporales —pasado y futuro— son virtuales y, como bien afirma Savater, “la vida siempre ocurre en el presente y fuera del presente nada es del todo real, nada tiene efectos directos”. Si eso es así, la pregunta que nos podemos hacer, siguiendo el planteamiento de este autor, es: ¿Por qué el pasado y el futuro, abruman tanto al presente? ¿Por qué no nos desentendemos del pasado y del futuro y nos concentramos en vivir solo el presente? ¿Hacemos mal en llenar nuestro presente con las sombras del pasado y de las promesas del futuro?

Pascal.

     En esta dirección, Pascal opina que “el pasado no debe preocuparnos, porque de él no podemos más que lamentar nuestras faltas. Pero el porvenir nos debe afectar aún menos, porque nada tiene que ver con nosotros y quizá no lleguemos nunca hasta él. El presente es el único tiempo verdaderamente nuestro y que debemos utilizar según manda Dios … Sin embargo, el mundo es tan inquieto que no se piensa casi nunca en el presente y en el instante que vivimos. De modo que siempre estamos empeñados en vivir en lo venidero y nunca en vivir ahora” (Carta a Kooanes, 1656).

     Lo cierto de todo esto es que, si el pasado y el futuro abruman al presente, es porque no son tan pasado ni tan futuro, como cree Pascal.  Es porque, de alguna o muchas maneras, están presentes en el presente. De nuevo es pertinente citar aquí a San Agustín quien cita de forma más competente un tema tan complejo como es el tiempo: “Tampoco se puede decir con exactitud que sean tres los tiempos: Pasado, presente y futuro. Habría que decir con más propiedad que hay tres tiempos, un presente de las cosas pasadas, un presente de las cosas presentes y un presente de las cosas futuras. Estas tres cosas existen de algún modo en el alma, pero no veo que existan fuera de ella. El presente de las cosas idas es la memoria. El de las cosas presentes es la percepción o la visión. Y el presente de las cosas futuras es la espera”.

García Márquez.

     El sabio de Hipona identifica tres categorías que colindan con la no razón, que son territorios de la subjetividad —lo que denomina alma—, como lo son la memoria, la percepción y la espera, lo que supone que, más allá de las convenciones objetivas que ha inventado la humanidad, para medir el tiempo, las más reales, son las del alma como dice San Agustín. Por eso, García Márquez dijo al final de su vida que “la realidad es la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”. Así mismo encontramos referencias a la espera en las canciones: “Ya no te espero, porque de esperarte hay odio en una noche de novios y en los hábitos del cielo”. En ambos casos, recuerdo y espera, hacen parte de la realidad, es decir, del presente vivido como percepción de las cosas, solo que de manera nostálgica en muchos casos por el pasado y en algunos casos como añoranza futura.

Borges.

     Vemos así, que las tres torrejas temporales, supuestamente independientes entre sí no lo son, están mezcladas en las realidades de los sujetos de la vida cotidiana, y me atrevería a decir que habitan no solo en el alma, también están presentes en las acciones humanas. Finalmente, para acabar y no para terminar, diría que el tiempo, para los humanos, es valiosísimo por una sencilla razón:  Si fuésemos inmortales, no nos importaría tanto, pero como no los somos, nos importa demasiado, porque sabemos que ¡algún día se nos acabara! Por eso la pregunta ¿qué es el tiempo?, pasa por la pregunta ¿quién es el tiempo? o, más aun, ¿soy yo mi tiempo?

     Mi tiempo… es la finitud de mi cuerpo en este mundo, es el reloj biológico que marca mi duración en esta vida, detener mi tiempo solo es posible preservando mi cuerpo eternamente, pero no somos dioses y, pronto, los años pasan factura, aparece la señora prost, de pronto, avisando que tenemos que estar atentos, porque estar hechos de tiempo, significa estar abocados a la muerte. Frente a este hecho desgarrador, se han sublevado algunos escritores, como Borges quien escribiera un sugestivo ensayo titulado ‘Nueva refutación del tiempo’, que concluye lacónicamente: “El tiempo es un rio que me arrebata, pero yo soy el rio; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un juego que me consume, pero yo soy el juego. El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges”.