Por José Joaquín Rincón Chaves

     En casa, ya José Rafael había ingresado al colegio Alemán, en donde contemplaba serias dificultades por cuestiones del aprendizaje del idioma, lo que malogró su permanencia en esa institución. Además, tuvo algunos pequeños actos de indisciplina que culminaron con un incidente con el hijo del entonces jugador del Junior Julio Comesaña, al quebrarle la lonchera poniéndose de pie sobre ella. Todo provocado por el orgulloso vástago del uruguayo, quien se ufanaba del estrellato de su padre, situación que no gustó al hijo mío que, de otro lado, sentía admiración por su padre como funcionario público, que era más que un famoso pateador de balones, como se llegó a saber de dónde provenía el desacuerdo.

     Cosas de niños que suelen ocurrir. José Joaco, apenas de cinco años, se aprestaba para ingresar al pre-jardín. Letty, de tres años, concitaba la atención de Maritza, quien había renunciado a su trabajo en los juzgados para dedicarse a atender a los muchachitos y al hogar en general. Para este ajetreo, contaba con el apoyo de una nana que se había contratado por días y de una auxiliar del hogar, vinculada en iguales condiciones, pues mis ingresos alcanzaban para estos gastos.

José Rafael, José Joaco Jr., Juan Carlos y Leticia, los hijos; y el padre de los cuatro: Jota Jota, rodean a Maritza, quien había de renunciar a su trabajo en los juzgados para dedicarse a atender a los muchachitos y al hogar en general.

     Mis padres se habían mudado para el barrio El Silencio, con mi hermano Pedro y con su esposa Noris, a un edificio de apartamentos que se había construido por el Instituto de Crédito Territorial, estando allí en mejores condiciones que en la casa del Barrio Las Nieves. Los sábados y domingos era riguroso visitarlos o que nos acompañaran a los paseos que organizábamos para ir a las playas cercanas a Barranquilla. Era un alivio tenerlos cerca y saber que, llegados a la edad de adultos mayores, tenían un techo en donde guarecerse y, sobre todo, descansando de tanto trabajo que habían tenido en la vida. Eso sí, mi viejo Teódulo no había renunciado a ser fanático del Junior y de vez en cuando nos acompañaba al Estadio Municipal a ver jugar a quienes le daban tantas satisfacciones y uno que otro dolor de cabeza.

     Por fortuna, el equipo en esos años de 1980 a 1982, obtuvo un campeonato nacional, que era su segunda estrella, bajo la dirección de José Varacka, y, en esos años, se mantuvo en las primeras posiciones de la tabla y participó en la Copa Libertadores de América, lo que le llenaba de orgullo, que demostraba con gritos de alegría desde el quinto piso del edificio del Silencio, con el beneplácito de Lucho Cure, Tesorero Municipal, quien, con su esposa Arinda y sus hijos, habitaba la primera planta de la edificación y había construido una amplia terraza en donde se sentaba a escuchar esos clásicos del balompié colombiano, en unión de sus pelaos. Eso ayudó a consolidar nuestra amistad, pues mis hijos se volvieron llaves de los de Lucho y mi padre, a menudo, conversaba con él. Fueron excelente vecinos.

Don Carlos García Quezada, quien sufrió un grave accidente al caer de un bus en movimiento. Había de fallecer el 30 de octubre de 1981.

     En agosto de 1981 se produjo una de dos situaciones que afectarían profundamente a la familia en los meses siguientes. En uno de esos momentos de esparcimiento que solíamos tener, nos encontrábamos en una sala de cine de la ciudad en compañía de algunos amigos, entre ellos Miriam y Rafael Uribe Name, Amalia Hamburger y su esposo el magistrado Enrique Llinás Salazar, cuando, en la pantalla, colocaron un aviso convocándonos a la puerta del teatro. Allí nos enteramos de que el padre de Maritza, don Carlos García Quezada, había sufrido un grave accidente al caer de un bus en movimiento. Nos trasladamos a la Clínica General del Norte y esperamos a que el médico que lo estaba atendiendo, nos informara de la gravedad de las heridas.

     El informe clínico reportó que don Carlos, algo entrado en años, había sufrido fracturas de mucha gravedad en la pierna izquierda y en la cadera. Eran heridas abiertas, que requerían de sumo cuidado y de espera para poder intentar un tratamiento adecuado para que volvieran a soldar. La desazón en la familia fue grande y hubo necesidad de dedicarse a su atención permanente. Las visitas eran restringidas y la señora Ana Cecilia y Maritza las más conmocionadas por los hechos. La empresa de buses no entraba a responder, alegando que el pasajero se había lanzado antes de tiempo y había sido arrollado bajo el tren delantero de la pesada masa del automotor.

     Se trataba de disminuir los fuertes dolores que se reflejaban en cara y por los permanentes quejidos del paciente, que llenaban de tristeza e impotencia a todos. No había otra posibilidad que esperar para ver si sanaba algo. La mejoría no se logró y el día 30 de octubre de 1981 casi a la medianoche, don Carlos, mi suegro, descansó en santa paz, rodeado de sus hijos. Una amiga de Maritza, Sarita Manotas de Ruiz, a quien habíamos conocido en un cursillo de cristiandad en el Centro San Pablo de Salgar, nos ofreció un lote doble que había comprado en Jardines del Recuerdo, que luego le devolveríamos con otro lote que se adquirió en el mismo sitio, por parte de nuestra familia.

     El 31 de octubre se celebraron las honras fúnebres de Carlos García Quezada en la capilla de la catedral y se condujo su féretro al campo santo, ubicado sobre la vieja carretera a Puerto Colombia. La tumba era de las más lejanas de ese cementerio, cerca del muro que lo divide con la Universidad del Norte. No sería esta ceremonia la última que nos acompañaría en los meses siguientes, en los que uvimos la compañía invaluable de quienes habían asistido a los cursillos de cristiandad, entre otros Inés de Wilches, Sarita de Ruiz, Abelito Carreño y muchos a quienes apreciamos por esta solidaridad inconmensurable.

Don Teódulo Rincón Patiño y doña Ana Inés Chaves de Rincón, padres del escritor. Él falleció, casi a los cinco meses de haberse presentado el deceso de Don Carlos García Quezada.

    El duelo por el suegro se vio interrumpido por una afección gastrointestinal de mi viejo, y le tuvimos que llevar a consulta con el doctor Fuad José Rumié. Al cabo de varios estudios clínicos, se le diagnosticó un CA de estómago y se ordenó un estricto régimen alimenticio, mientras se definía si era conducido al quirófano, en la Clínica Bautista. Finalmente, se autorizó la intervención para tratar de extirpar parte del estómago y explorar el avance de la enfermedad, de la cual mi papá no había manifestado ninguna dolencia. La operación se efectuó en el mes de enero de 1982 y la esperanza que guardábamos, se esfumó al informarme el doctor Rumié que el mal había hecho metástasis a todos los órganos digestivos y que había tenido que cerrar sin intentar siquiera el retiro de una parte del estómago. Había que llevarlo a casa y esperar la hora en que llegara la crisis final. Entretanto, debíamos someterlo a cuidados paliativos para el intenso dolor.

     Con gran estoicismo, el bravo boyacense soportó su grave afección y, algunas veces, en la mirada denotaba cierta tristeza al dejar a sus nietos “tan pichoncitos”, sobre todo a Joaco, a quien había amado con especial deferencia. Me hablaba de Rafael Juan Uribe Name, para que nunca dejara de ser su amigo y de su tío José Name, a quien le agradecía todo lo que había hecho por mí. Que siguiera apoyando a mi hermano Pedro Antonio.

     Se fue apagando y falleció, casi a los cinco meses de haberse presentado el deceso de mi suegro. Mi papá se marchó sereno, dejando en el ambiente, esa tranquilidad de su tierra de picos nevados de la Sierra del Cocuy, a donde seguramente viajó para ver las nieves blancas. Su sepelio lo hicimos en Jardines del Recuerdo, en el mismo lote en donde reposaban los restos del padre de Maritza, fallecido unos meses atrás.

     Habían congeniado bastante por el carácter risueño y mamagallístico de don Carlos, que a veces papá también gozaba y ahora descansaban juntos, en una jugada maestra del destino

     La leyenda de don Teódulo Rincón Patiño, se había escrito en un aparente título final, pero para demostrar que sigue vivo, en su homenaje escribí su último capítulo, que desarrollaré a continuación.

JOSÉ JOAQUÍN RINCÓN CHAVES