Qué vergüenza que mientras el pueblo colombiano grita en las calles de manera pacífica, pero indignado, contra el ‘Paquetazo de Iván Duque’ y el Comité Nacional de Paro lucha porque se instale una mesa de negociación, el gobierno y sus amigos le maman gallo…

Y en el Congreso de la República, de espaldas a ese clamor nacional, aprueban políticas regresivas, como la reforma tributaria, en favor de las grandes empresas y las multinacionales y en contra de los sectores más vulnerables de la población, y como caramelos, se anuncien maquillajes como los tres días sin IVA o la jornada laboral de 48 a 45 horas, cuando en Europa y en muchos países latinoamericanos la jornada laboral no pasa de 40 horas.

Pero esto no es nada nuevo. Cuando la mayoría de los 172 representantes a la Cámara y los 107 Senadores de la República de Colombia aprueban una norma como la que sancionó a un pobre muchacho con una multa de 900 mil pesos por comprar una empanada en la calle, con toda seguridad que la imagen del Congreso quedó por el suelo y se convirtió en una vergüenza, no solo para los colombianos, sino para muchos otros millones de habitantes de este planeta.

Lástima que los congresistas colombianos no entiendan, o se las tiran de bobos, que se convierten en el hazmerreír ante el mundo entero, cegados por la tristemente célebre ‘mermelada’ que reciben del Gobierno de turno o de las grandes multinacionales de todo tipo de negocios, y de negociantes de dudosa procedencia, por no decir que de “lavadores de dólares del narcotráfico”. Con razón se afirma que, en el Capitolio, los proyectos de ley, el presupuesto nacional o una reforma constitucional “a la medida del interesado” se aprueba a pupitrazo limpio y pelado. A ojos cerrados y a nariz tapada. Qué verguenza!!!

Sin duda, entre los 279 congresistas que acuden al Capitolio, otrora llamado el “sagrado pulmón de la democracia colombiana”, hay gente decente y pensante. Pero son una minoría. Los aplasta una mayoría insaciable, corrupta y vergonzante.

Lo triste, infame y doloroso es que por las narices de la mayoría de esos 279 congresistas, que se ganan cada mes la friolera de 32 millones de pesos (cada uno), pasan las peores aberraciones de la corrupción nacional y, claro, ellos no dicen ni mú, porque tienen la barriga llena y el corazón contento. Mientras tanto, que se joda el pueblo colombiano, que es tan pendejo que cada cuatro años va a las urnas como manso cordero a votar por los mismos con las mismas. Esa es otra vergüenza que el pueblo más temprano que tarde debe corregir.

Mientras aprueben artículos tan ridículos como la mayoría del Código de Policía, por sus narices pasan los sobornos de Odebrecht o el desastre humanitario y ambiental causado por Hidroituango de incalculables proporciones —se calcula que para “limpiar” el área del proyecto murieron más de mil personas entre habitantes de poblaciones cercanas, campesinos y defensores de los derechos humanos—. En enero de 2018 se desplomó el puente de Chirajara, en la vía que conecta a Bogotá con Villavicencio, que dejó una decena de muertos y numerosos heridos, sin que la firma constructora, propiedad del banquero Carlos Sarmiento Angulo, uno de los hombres más ricos del país, haya sido tema de debate público en el Congreso. Como tampoco ha sido mencionado por los sobornos para la adjudicación de uno de los tramos de la llamada Ruta del Sol.

Pero no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista… Con el despertar que viene sucediendo entre el pueblo colombianos, se vislumbran, como acaba de ocurrir en los comicios electorales de octubre, vientos refrescantes de cambio, pongamos la fe y la esperanza de que en las próximas elecciones para el Congreso, de seguro las bancadas alternativas e independientes serán las que más avanzarán y sacarán la mayoría de senadores y representantes para que se pueda dignificar ese podrido y pestilente congreso de la república.

Amanecerá y veremos, dijo el ciego, pero seguro que la primavera también llegará a Colombia.