Alonso Ramirez Campo

     Dicen que una vez se encontraron el sapo, el cocodrilo y el cuervo en la corte presidencial, había problemas en el reino animal y mucho que “conversar”. Cada uno hablo de su manía a su acomodo, como en ciertas fastidiosas reuniones de café en la que cada cual tiene su punto de vista y respeta el ajeno con tal de que no se metan con el suyo.

     El sapo habló de su amada, el cocodrilo de la armada y el cuervo de la mermelada, y la regla funcionó: cada uno esperó su turno, oyendo al otro y después al otro en medio de un largo bostezo. De pronto, como en aquella canción de cuna, que dice “¡Silencio en la sala que el burro va a hablar, quien hable primero burro será!”, llegó el burro que los había citado y con perdón de los burros —que escasos están ya— habló el burro de la corte presidencial.

     El burro invitó a su corte haciendo mucho ruido, instaló reflectores para que le dieran fama a su cumbre presidencial y propuso “un gran acuerdo”: oírse él mismo, tomando como espejo a sus compadres, que simularon ser el eco de su voz.

     En ese momento llegaron, de un corral ajeno, un pato y un gallo: ambos pidieron permiso para entrar a la gran cumbre. Al primero le dijeron que por pato no podía entrar y al otro que, por tener espuelas, tampoco lo dejaban ingresar. Así como en la fábula, funciona la clase dirigente del país: es lo típico del arrogante, que invita a charlar a sus compadres —que se le parecen bastante— para que repitan las conclusiones del gran acuerdo nacional.

     Duque se parece al gastón de pueblo que invita a tomarse unos tragos a sus amigos que, con tal de gorrearlo, se aguantan cuanta locura diga. Así son los gorreros de mermeladas, individuos indignos, hombrecitos de baja calaña, especialistas en el arte de la manipulación que simulan ser consecuentes cuando, en realidad, su patria llega hasta donde llegan sus intereses mezquinos y cochinos. Así son las cortes que dicen representarnos, intolerantes al menor asomo de diferencia y, si nos acercamos mucho, nos patean por ser intrusos como el pato o ser perturbadores como el gallo de la fábula.

     Pero las cortes celestiales no tienen ni idea de la realidad terrenal, son incapaces de escuchar al pueblo que los eligió y, como bien dijo William Ospina —para mi gusto, la mejor pluma del país—, «estamos cansados de esa política de directorios, en la que solo los poderosos y los expertos pueden opinar, y cuando el pueblo opina es un perturbador o es un intruso. Qué bueno para el poder este modelo en el que solo somos ciudadanos solo una vez cada cuatro años. Esa voz que nos dice: “Vota y elígenos y después no hables más”».

     Es cierto, nos cansamos, pero esta vez el nuevo país que emerge, no descansará hasta dejar claro las raíces profundas del movimiento social que se gestó a raíz del paro del 21 N, que no termina ni terminará y va más allá del pliego de peticiones del directorio del paro.

     Tal vez la corte ofrezca alguna limosna, presentándola como un gran regalo para el pueblo —un aumento infeliz del mínimo o una pírrica dosis que no altere la ecuación del modelo económico para los ricos—, pero, por dignidad, acaso es mejor no aceptarla y aconsejarles que, en adelante, no vuelvan a decirnos que votemos por ellos y nos callemos, porque, en adelante, esos jóvenes y estudiantes no lo van a hacer.

     En medio de sus monólogos, no se han dado cuenta de que se les avecina una paliza electoral. A eso si le temen mucho, y tal vez piensen que recurriendo al mismo mecanismo de manipulación y trampa les alcance la cabuya para no ahogarse en el océano. Recogerán firmas para ganarle  tiempo a los otros  candidatos, posando de independientes; harán trampas a los topes electorales, se apoderarán del Consejo Nacional Electoral colocando a sus amigos, contratarán a supernumerarios de ellos en la Procuraduría para hacer fraude y buscarán sancionar desde la comisión politizada del Consejo de Estado —comisión quinta— a los candidatos de la izquierda y el progresismo, pagarán cada voto … etc. Con todo y eso saben que se les viene el control del pueblo, que esta vez está avisado y atento a sus marrullerías.

     Allá ellos si se empecinan en sus viejas tácticas y en decir que todo  el descontento se debe a un complot de desestabilización mundial. Así piensa el burro —con perdón de los burros—.