El Magdalena es un departamento sin capital y Santa Marta una capital sin departamento. De vieja data, han repetido esta frase que le adjudican a Alfonso López Michelsen, desde cuando se desprendió el departamento del Cesar del Magdalena Grande, antes también La Guajira, una parte del Atlántico y hasta de Bolívar.  En la historia republicana se ha desmembrado al Magdalena, de pasar de ser un territorio fronterizo de gran proyección, con amplia salida y contacto con el mar caribe, con las mejores tierras fértiles de la región; el comercio y navegabilidad por el rio Magdalena, sus caños y Ciénagas; la producción agrícola, con gran acervo cultural, en fin, a lo que es hoy, el cuarto departamento más pobre de Colombia (46.6% en pobreza monetaria y el 38% en pobreza multidimensional).

     El asunto de la pobreza en el departamento cuenta con los más alarmantes indicadores. La falta de oportunidades para un acceso a un trabajo digno a sus habitantes o a otras rutas de inclusión productiva, a la ciencia, a la tecnología y a la innovación, a las iniciativas y desarrollos culturales, lleva a que el trabajo desprotegido, en las grandes haciendas de terratenientes o la vinculación con contratos basuras, en sus alcaldías o en la red hospitalaria, cooptadas por el clientelismo, se convierten en las únicas fuentes de empleo, más allá de la informalidad y el rebusque diario, el poco acceso a la educación pública de calidad, el conformismo y la falta de cohesión social y cultural.

     Además de lo anterior, por la precariedad de las vías de acceso, los altos costos de transporte y la distancia, la historia, las relaciones sociales y culturales, y demás particularidades del entorno, los principales municipios, han optado por establecer redes funcionales de conexión con otras capitales de departamento, distintas a Santa Marta. La que sistemáticamente, se ha ido aislando de las dinámicas del departamento, hasta el punto de convertirse en una reina sin reino que además ha crecido de espaldas al mar, a pesar de que ha avanzado en los últimos gobiernos en mejorar las condiciones de vida de su población y su modelo de gestión pública.

     Partiendo de la idea de la subdivisión política administrativa en subregiones para la provincia en el Magdalena, uno se encuentra con este fenómeno particular. La Subregión norte gira en dos ejes, uno alrededor de Ciénaga y el otro de Fundación. La subregión del río, su núcleo es Pivijay. La del centro, con epicentro en Plato, y la del sur que se centra en El Banco. Cada una de éstas, de acuerdo con su geografía, con tradición de conexión respectivamente con Barranquilla, Valledupar y Cartagena. Provincias del Magdalena, con historia, cultura, tierras productivas y amplias posibilidades, pero con altos índices de pobreza. Las que, por estos diversos motivos, en vez de establecer interconexiones con Santa Marta, las generan con las capitales de los departamentos colindantes, fugándose el talento humano y concentrándose la riqueza.

     Ante este fenómeno tan complejo, no hay una sola receta. Sin embargo, como eje articulador de esta interconexión de la provincia con la capital, no sólo a través de la infraestructura sino desde las oportunidades, el comercio, los servicios, el turismo, la cultura y la justicia social, es pertinente, construir un sistema de transporte multimodal para todo el Magdalena. Para este propósito, es necesario recuperar la red férrea departamental, con un tren metropolitano y líneas de tren de cercanías, que generen, en su trazado, desarrollo urbano sostenible y productivo, movilidad social, empleo digno, comercialización de productos, transporte de pasajeros, y, por demás, más presencia del Estado con políticas públicas sociales. El tren amarillo de Macondo, el tren del cambio, que le traerá el progreso a la tierra del olvido.

@rvillasanchez
Santa Marta, DTCH, 6 de diciembre de 2019
Fuente: https://ciudadcaotica.blogspot.com/2019/12/el-tren-amarillo-de-macondo.html

 

Hace mucho rato que no enciendo la TV, sintonizada en los canales privados, es más, muy poco veo televisión, cuando no es para mirar una película o conciertos musicales. Las noticias, prefiero seleccionarlas desde las redes sociales. Sin embargo, uno se siente como en una burbuja en el tiempo, (con el precio del dólar actual, las cargas tributarias, los salarios, el costo de vida y las exclusiones de hoy), cuando escucha radio y hablan más del paro de 1977 que del actual o repiten en horario triple a telenovelas de hace décadas, tipo Betty La Fea o Los Reyes, que, sin embargo, vuelven a tener alto rating.

Encendí la radio en un atasco del tránsito, en simultánea, inmóvil, quedé al pasar por un concesionario de vehículos, en que, en primera fila, tenían exhibido un R4 reluciente, no sabía si era un sueño, en una aventura con Marty McFly o el Doc Emmett, cuando caí en cuenta que aún estoy en el Siglo XXI, sin embargo, en la emisora escuchaba una entrevista de un, ya fallecido, ex asesor de Paz, hablando del proceso de Paz fallido de El Caguán, a pesar de que cuando terminó la grabación, los comentaristas ni siquiera mencionaron a la mesa de La Habana, cambié de estación, al tiempo en que, en ese dejavu, el analista de pacotilla decía que los incendiarios de izquierda, quemaron el Palacio de Justicia en 1985, en vez de hablar de alocuciones actuales que separan al país o de la invitación a un diálogo de sordos, frente a los reclamos ciudadanos, con mucha dignidad, de las movilizaciones de noviembre, mientras recordaba que una tristemente célebre senadora, habría de afirmar, cuando su padre la llevó a conocer el hielo, que aún existe la Unión Soviética, mientras sus copartidarios en el gobierno, sin consultarle al país, o por lo menos escucharlo, se abstendrían de votar por romper el bloqueo económico a Cuba, como si aún estuviéramos en la guerra fría, mientras venía a la mente un flash que asociaba que los que ya les arrastran los pies, que se niegan a entregar las banderas, quizá para mantenerse vivos, aún lideran la mayoría de los partidos y movimientos políticos, los gremios, los sindicatos, las universidades, hasta los organismos internacionales y las instituciones públicas, parece mentira, pero los actores claves del país, son los mismos con las mismas, desde hace décadas, desde cualquier orilla en que se mire en Colombia, mientras que los que estarían llamados a reemplazarlos, serían unos jóvenes viejos, como diría Salvador Allende.

¿Cuál es la idea de volver al pasado? Vivir un país de un siglo atrás. Acudir a la nostalgia o tapar la realidad. Hacer creer a la gente que, durante la época del gobierno del hombre de atrás, comíamos leche y miel. Sembrar la idea de que vuelva un conflicto armado que culminó con la firma del Acuerdo de Paz en Cartagena de Indias, en septiembre de 2016, ratificado en el Teatro Colón. Añorar una democracia que nunca fue. Poner una mordaza, taparle los ojos al país, o reescribir una historia, falseada, a la medida de quienes han perpetuado sus privilegios a costa de las demandas, necesidades e impuestos de las mayorías, en el doble pensar del MiniVer, de 1984 de George Orwell.

La historia viva, es la memoria de un pueblo, es el relato de nación que nos une, que, por demás, nos sirve de soporte para la reflexión sobre las circunstancias actuales, y más que todo, para no repetirla. Sin embargo, así quieran revivir nuestra historia a su acomodo, así quieran destruir la palabra, para que los límites de la consciencia sean cada vez más estrechos o que el clima de pensamiento sea diferente, así quieran controlarlo todo o profesar que la mayor herejía es el sentido común, en este universo del doble pensar, remember, terminators, el país y el mundo ha cambiado. Así quienes gobiernan se niegan a aceptarlo o crean que la ignorancia es fuerza, la gente está despertando de la anestesia. La ciudadanía, en medio de las dificultades, exige el futuro que les prometieron, y es posible, si se encuentran en propósitos comunes, que sea una fuerza masiva, como en bola de nieve, que se reflejará en las urnas por un gobierno nacional alternativo que los represente; quizás el único poder que aún nos queda.

@rvillasanchez
Santa Marta, 6 de diciembre de 2019