Sin duda que fue un valiente, abnegado y victorioso ciudadano de nuestra querida Santa Marta, por pensar por sí mismo, soberana, libre y públicamente; con errores y virtudes, pero siempre con aciertos. Un gran artista por siempre hasta su muerte, supo decir y callar lo que es prudente; aunque, unos pocos inicuos y corruptos, le motejaron de insolente. Nunca pudo contra su honestidad proverbial, ni el peligro ni la censura, ni el interés ni el dinero, buscando siempre ofrecernos una luz de la verdad.

     Siempre actuó con el equilibrio y con el tino de un versado y de un artista de verdad: de la música, del canto y de la grandilocuente y florida palabra, así como de la jocosa y coloquial.

     Quizás fue esa su mayor gracia, con la que informó y entretuvo por décadas a los incautos e indiferentes samarios.

     Fue un protagonista de la historia reciente de su tierra samaria. Desde sus primeros años en la radio, muy profundo se instaló en el corazón de la gente. En parte, fue un buen bohemio enamorado del mundo, de la belleza y la vida; llegó a cantar, interpretar y reír al mismo tiempo, como un actor, un pensador y un singular poeta, que a todos dejó las más profundas enseñanzas.

     Fue la sagrada Biblia, La Torá o El Corán de periodistas novatos y aspirantes locutores, que ha falta de erudición, a la verborrea apelaban. Fue el clarín de la mañana, el perfume del jardín, que, a las diez de la mañana, con risas y carcajadas, enervaba con la euforia los sentidos de nuestro desprevenido pueblo.

     En verdad que no hay palabras, para en algo agradecer a Don CARLOS MONNERY BARROS, buen padre, cálido familiar, ciudadano ejemplar, egregio samario, excelente amigo, y un interminable etcétera de cualidades personales, por informarnos las noticias, los hechos y situaciones de la ciudad de Santa Marta, siempre con su alegría y tesón; empero, con estas palabras tan solo quiero, que allá, en el Divino Parnaso, donde en paz se encuentra, sepa que el pueblo samario, lo lleva en su corazón. ¡Descanse en paz, samario benemérito!

     Por las noches para no sentirme solo, evoco la ternura de tu rostro, y como siempre, espero que en mis sueños tu estés y complazcas mis fantasías e ilusiones por amarte y besarte, como ayer, cuando eras mi felicidad. Alguna vez, lo sé, se tiene que acabar esa tristeza, que ya más no puedo soportar sin la luz de tus ojos; pues, siento que el recuerdo de tu dulce mirada, impacta profundamente en mi alma pesarosa, como las gotas ácidas de una lluvia de penas.

     Corazón mío, ni tu ni yo somos eternos, y sé también que, sin ti, todo es muy triste. Ven retorna a mí, tráeme tu amor para poder vivir cosas pasadas, y entre tu pecho con el fragante aroma de tu piel, recordar las cosas bellas de aquel cercano ayer; aun cuando siento que hoy, ¡más que nunca! vivo en ti, y tú en mi poesía. ¡Dale, con tus besos, un último adiós a mi soledad y a mi melancolía!

A María y su
melancolía
Llueve a cántaros en el fondo de su alma.
Cual veleta ante el soplo del viento,
al cambio de su ánimo me enfrento,
y sé que muy pronto, recobrará la calma.
Hoy amanece en el más lluvioso otoño,
y sé que le viene una larga estación.
Mañana un invierno gélido se inicia,
y pasado ruge el trueno, silva el ciclón,
lejos quedarán de mí, sus dulces caricias,
y no sentiré su cariño por una arcana razón.
Estoico, contemplo sus emociones mudar;
mientras que, resignado, mi espíritu se devane
en tomar las cosas, sin prisa y sin afanes,
y callar, y sonreír triste, viendo el mundo pasar.
Después de la marejada viene la bonanza;
cesa la lluvia, la niebla, y se abre el sol.
¡Hoy está mi amor, María, en primavera!:
se mueve inquieta como una perdiz,
me come de besos, me abraza feliz,
y le entrego las rosas de mi jardín.

Cuelga en el Museo Botero, en Bogotá. Foto de José Orellano.

Decir que plagio a mi padre, ¡insolente acusación!
Es una ofensa mayor, acusarme sin ambages, sin pruebas,
sin fundamento siquiera, que llevase a colegir, si alguna vez,
yo, de insensato, de mal hijo o figurón, pudiera opacar la luz,
esa lumbre literaria que encarnara mi padre, Don Abel.
Y es que nada te ha importado, ni la ancestral amistad
ni el compadrazgo vinculante con que te valoré una vez;
eres presa de la envidia, del desprecio y el encono
que no puede soportar las gracias con que El Creador
ha hecho de mí, un destacado poeta y un mejor escritor.
¿Tú, que tienes que decir, aliado con un canalla,
abogadillo acomplejado, envestido de bajezas,
por su origen, por su casta de orates incurables?
Bellaco de siete suelas, que no hay virtud que te haya dado
nuestro magnánimo Dios; negado a las artes eres,
pues, ni escribes, ni cantas y tu baile es de un patán.
Solapado bujarrón, plétoro en las mil mañas,
te coaligas con los bajos por genético mandato;
marido de maricas, vil cacorro empedernido,
en el vicio consumado que de tu padre heredaste.
Rey de la concupiscencia, emperador de la lascivia
que ni a tu infante hermana de crianza perdonaste.
Hoy, te la pasas en las iglesias de manitas enlazadas,
con la fingida mirada, dulzona y amanerada,
de atribulado pecador y de humilde bienhechor.
Conmigo, de amigo ya no cuentes, que no contaré contigo.

Carísima ciudad de Tenerife,
desde el apenas iluminado atrio
de tu legendaria iglesia catedral,
bajo un cúmulo de nubes nimbos,
que amenazantes se forman sobre ti,
oteo al infinito para ver como ¡por fin!
desde el centro de tu bendito lar
parte raudo el jinete negro
del ostracismo y la politiquería barata,
como preludio del arribo de un Serafín jinete
que erradicará con su luz encendida
las lluvias torrenciales de la inconsciencia
y los vendavales implacables de la pobreza moral.
Un torbellino de vientos baja
como un brazo de la Omnipotente Deidad,
para señalar, acusadora y dolida,
la mezquina indiferencia de tus malos hijos,
y la cómplice laxitud de tu pueblo,
con los inicuos lastres del progreso
guarnecidos con lanzas de corrupción,
espadas de atraso y escudos de impunidad.