Para hablar de Juan Rulfo, el gran escritor mexicano, hay que referirse obligatoriamente a su única novela, Pedro Páramo, tan interesante que ocupa, por su particularidad, un puesto ejemplar dentro del llamado ‘boom de la literatura hispanoamericana de los años 60s’.

     Siendo tan interesante ésta novela, vale la pena recordar lo que representó para nuestro Nobel de literatura Gabriel García Márquez, quien también perteneció a ese ‘boom’ y se expresó así de ella: “Mi gran amigo Álvaro Mutis subió a grandes zancadas los siete pisos de mi casa con un paquete de libros, separó del montón el más pequeño y me dijo, muerto de risa: ¡lea esa vaina, carajo, para que aprenda!, era Pedro Páramo. Aquella noche no pude dormir mientras no terminé la segunda lectura. Nunca, desde la noche tremenda en que leí La metamorfosis, de Kafka, en una lúgubre pensión de estudio de Bogotá, había tenido una conmoción semejante”.

Gabriel García Márquez                                             Juan Rulfo

     Ese análisis me llevó a establecer un parangón entre los dos puntos geográficos donde se desarrolla la obra de cada uno de ellos (Pedro Paramo y Cien años de soledad), de ahí el título de esta nota: ‘Entre Comala y Macondo’.

     Comala y Macondo son pueblos que no trascienden más allá del tiempo, se detienen en un marasmo repetitivo y asfixiante, como cercano al infierno. Esto ocurre al alterarse el orden natural de las cosas, el temporal en Pedro Páramo y el biológico en Cien años de soledad.

     El primer paralelismo que se puede establecer entre los escenarios donde transcurren las historias, es el que percibimos desde el comienzo de sus lecturas, una sospechosa semejanza entre los pueblos de Comala y Macondo —inclusive hasta en la fonología de sus nombres—, como si al momento de imaginarla, Gabriel García Márquez estuviera rememorando de aquel lugar del cual es originario Pedro Páramo.

     En Comala, la desaparición del pueblo se vive cuando el orden temporal es roto por la decisión arrogante de Pedro Páramo de cobrarse la injuria del desafecto de Susana San Juan. Esa amargura amorosa que sufre Pedro Páramo por la muerte de su seducida desembocará en la ruptura del orden temporal. Con su decisión, Pedro Páramo condena al pueblo a la desaparición. Desaparición que se resuelve en una metamorfosis. Metamorfosis de la que no participa Pedro Páramo. El gran ausente de Comala es Pedro Páramo, la figura trascendental del pueblo. Por la decisión de Páramo desaparece su Comala, dando pie a la existencia de otro Comala, el de los muertos que sólo aparecen cuando los invoca Juan Preciado.

     En Macondo, la desaparición se anuncia desde el preciso instante en que Melquiades descifra sus pergaminos: “El primero de la estirpe está amarrado en un árbol y al último se lo están comiendo las hormigas”. Resulta comprensible la zozobra de la agonizante espera del nacimiento de un ser anormal, producto de una tara genética, el nacimiento de un niño con cola de cerdo. En Macondo, el destino de la desaparición se cumple como producto de la relación incestuosa de los Buendía; profusamente presentida y condenada a lo largo de la novela.

     Las mujeres en estas novelas son sexo, refugio, delirio, espectro, apariencia y destino. Macondo, en el amor de las Buendía a sus hombres. En Comala, todas las mujeres pretenden a Pedro Páramo. En Macondo, todas las mujeres pretenden a los Buendía. Sin ellas, no existiría el andamiaje de los pueblos.

Homenaje del pintor Patricio Sagula-www.flickr.com a Juan Rulfo por su obra ‘Pedro Páramo’… Y es que… “Juan Preciado que va a este infierno terrenal llamado Comala”

     Si en algún momento hubo desbordamiento de amor en ellos, Comala y Macondo terminan siendo resentimiento y soledad. La bonanza fugaz en ambos pueblos que producen las explosiones de satisfacción y sorpresa, poco a poco se desvanece dando lugar a sentimientos como la indolencia, el aburrimiento y el odio. No obstante, lo que predomina en ambos es el resentimiento y la soledad. Es como si los sentimientos positivos se fueran desvaneciendo con los años hasta hacerlos indistinguibles entre las telarañas y el polvo, quedando tan sólo de ellos una sensación de vacío.

     Se puede apreciar también el dialogo normal entre vivos y muertos. Algo que será una constante entre ambas obras: los muertos conversan con los vivos, en Pedro Páramo lo hacen entre sí, con tanta naturalidad que huele a cotidianidad. Y es que en estas novelas lo fantástico se intercala con la realidad cotidiana y hasta lo más extraño o insólito adquiere credibilidad propia. Esta característica va a ser muy explotada en la narrativa latinoamericana para representar al continente.

     En Pedro Páramo, el autor nos ubica la acción extemporánea, así devasta el signo más notable de la vida humana. Todo se torna relativo e incierto, no existe la frontera entre la vida y la muerte. En el principio de la obra asistimos a la llegada de Juan Preciado a Comala, vivo. Pero, poco a poco, el uso de diferentes expresiones temporales nos va señalando continuos saltos en el tiempo, hasta lograr la inexistencia del antes y el después.

     A su vez, en Cien años de soledad, el tiempo se presenta como una “ruleta de fiesta de pueblo” en la que los hombres, mujeres y sucesos se repiten interminablemente, como jugando al cuento del ‘Gallo capón’, entonces el tiempo determina un eterno retorno en su ocurrir cíclico y los personajes repiten en actitudes y hasta en los mismos nombres de sus antepasados. Es, al igual que en la obra de Rulfo, un tiempo mítico, puesto en palabras de los mismos protagonistas en la novela de García Márquez, siendo Úrsula Iguarán quien primero lo advierte: “Ya esto me lo sé de memoria”, gritaba Úrsula. “Es como si el tiempo diera vueltas en redondo y hubiéramos vuelto al principio”.

Pintura de Macondo, un pueblo que no figura en los mapas, pero al mismo tiempo perfectamente viable, pues Macondo puede ser cualquier pueblo de Latinoamérica. Imagen de /www.infobae.com

     Hombres y mujeres de Comala y de Macondo producen una historia de abuso del poder, ambas obras conjugan un nivel de paralelismo entre el simbolismo de sus personajes y el tema del poder, con su consecuente abuso, muy característico de los gobiernos totalitarios de Latinoamérica.

     En ambas novelas, son los hombres los que llevan la responsabilidad del principio y la conclusión de la prole acompañante. Desde José Arcadio Buendía hasta el último Aureliano y desde Pedro Páramo hasta Juan Preciado, los hombres son nacimiento y fin de los pueblos, por consiguiente, son ellos los usufructuarios del poder.

     Los hombres personifican, en ambas obras, el poder. En Pedro Páramo, en el mismo protagonista, surge la presencia de su figura como jefe cruel y calculador capaz de dominar a Fulgor Sedano, de casarse para liquidar una deuda y de mandar ahorcar a Toribio Aldrete para suprimir otra. Pedro Páramo esclaviza Comala. Todos viven y mueren de él y bajo él.

     “Y, sin embargo, padre, dicen que las tierras de Comala son buenas. Es lástima que estén en manos de un solo hombre. Es Pedro Páramo aún el dueño, ¿no? Así es la voluntad de Dios”.

     Esta estampa de ‘soberanía’ la observamos en la novela de Gabriel García Márquez, aunque no de forma tan inhumana, en la figura de los hombres Buendía. Los más destacables son: primero, José Arcadio, patriarca del pueblo, quien lleva las riendas del mismo y determina su progreso, y, luego, por supuesto, el coronel Aureliano Buendía, quien logra trascender con su poder el pueblo de Macondo, pero que también termina, como su antecesor, desgastado y acabado en su lugar de origen.

‘Gabo en Macondo’, obra del autor de este artículo, Víctor Hugo Vidal.

     Aparece en las obras, tanto en el personaje de Pedro Páramo, como en los de José Arcadio y el coronel Aureliano Buendía, la perfecta representación de los gobiernos tiranos de Latinoamérica y la intransigencia e impunidad de sus atropellos.

     “El coronel Aureliano Buendía promovió treinta y dos levantamientos armados y los perdió todos. Llegó a ser comandante general de las fuerzas revolucionarias, con jurisdicción y de una frontera a la otra, y el hombre más temido por el gobierno…”

     Ambas novelas, a través de lo social y simbólico, más allá del realismo mágico en sí, constituyen una metáfora de la condición humana y en especial de América Latina. Son, desde este punto de vista, una introversión acerca de nuestra cultura al pintar, con el pincel del sarcasmo literario, la inutilidad de las guerras civiles y lo negativo de la extrema violencia. Presentan la realidad como una ‘rueda giratoria’, en la que los gobernantes y situaciones se repiten continuamente hasta conducirnos al caos. Es la representación de la actual América Latina, tierra de revoluciones y dictaduras, que sigue en los fascismos disimulados de democracia.