Alonso Ramirez Campo

     Estando alguna vez en Leticia, Amazonas, fui invitado a presenciar un ritual de iniciación de una niña indígena Ticuna al otro lado de la frontera cerca de Tabatinga, Brasil. Cuando llegamos con otros colegas al caserío indígena y al conversar con el jefe de la tribu acerca de los pormenores del ritual, lo que más nos llamó la atención fue su entonación trilingüe: Hablaba su lengua ancestral, pero también el portugués y el español, muy seguramente sin necesidad de asistir a una escuela formal tipo bilingüe, que no enseñan a leer ni a escribir a sus niños la lengua propia, ni su historia ni, mucho menos, su cultura y tradiciones. De eso está cundida nuestra educación, mas ahora, cuando queremos ser “los más educados de América Latina” si hablamos el inglés o respondemos adecuadamente las pruebas estandarizadas internacionales. A eso le llaman reforma educativa y, en algunos casos, hasta revolución educativa, y no es solo una visión colombiana, sino latinoamericana.

Pintura al óleo de ‘La malinche’, arte latino. Imagen de co.pinterest.com

     Pues bien, concebir la educación de otra manera, significa invertir la mirada acostumbrada por la visión colonial que hace ver lo propio como ajeno y lo ajeno como propio. Significa partir de un Emilio parafraseando a Dussel, que tenga madre y padre y un pueblo detrás que lo respalde con su historia, sus tradiciones y su cultura al punto de que, si un niño Ticuna llega a una escuela —por ejemplo— y la profesora le pregunta «¿tú que hablas?» , le responda “yo hablo el ticuna que mis padres me enseñaron, pero también castellano y portugués”… «Ahh, entonces sabes más que yo, porque yo solo hablo el castellano, felicítame a tus padres por ser sabios y diles que vamos a estudiar su cultura para que te sientas  orgulloso de ella», diría la profesora.

     Ese niño se iría orgulloso a contarles a sus padres que la profesora lo felicito por provenir de una cultura sabia y milenaria, pero ‘la pedagogía moderna’ hace lo contrario diciéndole: “No me hables de tu lengua primitiva, yo quiero que me hables en inglés”. En este caso, el niño indígena se iría con el rabo entre las piernas, muy triste y avergonzado, a contarle a los padres que la profesora le dijo que su lengua es salvaje y debe olvidarla. Ese es el primer golpe pedagógico que asesta la pedagogía que tenemos a los niños y jóvenes en este continente, y golpea duro porque, como decía el poeta, “son las caídas del alma de una fe imborrable, que el destino blasfema”, y los golpes del alma son contundentes, también existen a nivel militar, como en el caso de ‘la malinche’ en México, que es la hija del pueblo indígena que se entrega a los brazos del conquistador en pleno combate.

Portada de una de las tantas ediciones de ‘La pedagogía del oprimido’, de Paulo Freire.

Eso lo advirtió Paulo Freire en su natal Recife, cuando alfabetizaba a los trabajadores y partió de la tesis de que el problema no era tanto la explotación que sufría la población, sino la dominación que padecía  y escribió ‘La pedagogía del oprimido’, como acción política capaz de liberar  a los oprimidos haciendo un giro epistemológico consistente en tomar al estudiante como sujeto de reflexión y de acción, no como depósito bancario o recipiente al que se llena con información, sino como agente de comunicación e interrelación valido del quehacer pedagógico.

Paulo Freire.

     Hacer un giro descolonizador, en términos educativos, consiste en reemplazar la memorización y la mecanización de una narración extraña y ajena —como instrumento de opresión que se clava como la estaca en lo profundo del alma popular— por un acto creativo que implique narrar lo propio, comenzando por hacer que el niño o el joven, en lugar de estudiar en ciencias sociales culturas lejanas y abstractas, dialoguen con sus padres, averigüen su procedencia, aprendan cosas de ellos desconocidas, como lo que hacen y saben de su profesión u oficio. Hace pocos años filmamos una clase entre un estudiante del colegio de grado once y el padre: la clase se llamó ‘motor’, resulta que el señor era conductor de un camión y habló del origen de los motores, llevando en físico el motor, y resultamos hablando de la revolución industrial, la electricidad y la física en general. Eso fue fantástico como experiencia y el estudiante confesó, entre lágrimas, emocionado, que no tenía ni idea de que a su padre le causara tanta emoción hablar de un motor. Pero los colegios citan a los padres solo cuando hay que entregar boletines o cuando hay urgencias por prevenir, lo que sabemos que ya está pasando: drogadicción, matoneo, robos o atracos… etc.

     En ciencias sociales el niño puede explorar los lugares cercanos, primero que todo, su calle y su barrio, porque ese es su mundo, y no insistir en que sepa que Rómulo y Remo fundaron Roma y salieron de una loba, y todo se vuelve una lobería, pero ni siquiera sabe que el cacique Bacatá fundó a Bogotá, antes que Quesada.

     Pero para nosotros lo propio es lo ajeno, lo carente de validez, lo que no vale la pena conocer, porque no lo van a preguntar en una prueba estandarizada nacional ni internacional. Debemos preguntarnos por el sentido de la educación y por la pertinencia del conocimiento escolar, porque no hay cosa más impertinente que lo que aprenden los alumnos de memoria repitiéndolo hasta el cansancio. Solo desde lo propio lograremos darle un rostro autentico a lo que somos o queremos ser, desde luego, sin caer en posturas parroquiales que se encierran diciendo “es que aquí somos así y punto”, sino dialogando con la cultura universal, pero siempre ubicados en la propia.

Dussel propone un giro epistemológico en la pedagogía…

     En general, la educación es un desastre en nuestros países desde la primaria hasta la doctoral, porque su arquetipo es copiado de acuerdo con los cánones de los países desarrollados de occidente, incluso los gobiernos de izquierda y en algunos casos progresistas que llegaron al poder, y que intentaron reformar la educación, repitieron el mismo modelo de los gobiernos de derecha, y no pasó nada más allá de algunos cambios de forma. Cambiaron algunas cosas es cierto, como el acceso y el subsidio, la permanencia y la continuidad de la gente en el sistema educativo, pero no hubo el giro epistemológico que propone Dussel, de pensar un currículo más allá de la métrica europea-norteamericana, sencillamente por una razón: Nuestros pensadores e  intelectuales que proclaman la liberación y emancipación de nuestro continente de las garras imperiales y aun coloniales, no han dejado de ser eurocéntricos y desde sus partidos o movimientos políticos no han sido autocríticos, y cuando aceden a un puesto de dirección en la política educativa, terminan repitiendo un discurso grabado en su mente como una cinta magnetofónica  y se engolosinan con un saber petrificado y lo que parecía al principio un nuevo saber que apuntaba a un giro epistemológico, de pronto, con el paso del tiempo y de manera inadvertida —por un extraño mecanismo psicológico—, caen en un cientificismo burocrático que vive de espasmos y entusiasmos por  las cifras, por la cantidad de construcciones de nuevas sedes y de grandes metas en cobertura y en los  logros de la última prueba.

     A todo eso, Dussel lo denomina reformas formales, que cambian la forma, pero no el fondo. Es como empacar en odres nuevas, el mismo vino viejo.