Por Jaime Romero Escobar

   De tantos pensamientos o mensajes que diariamente me envían o veo y leo en las redes sociales, me llamó mucho la atención uno que decía: “Recuerda esto: graduarte a los 28 años sigue siendo un logro. Casarte y formar una familia después de los 30 sigue siendo algo hermoso. Comprar una casa a los 40 sigue siendo increíble. No permitas que la gente con sus tiempos te haga sentir menos. Cada quien tiene su tiempo. No te presiones”.

     Al terminar de leerlo, claro que me pareció excelente su mensaje subliminal motivante en procura de evitar el fracaso de tantos jóvenes que ven frustrados muchos sueños porque las circunstancias del medio donde viven no les permiten cristalizarlos.

     Pero también me pregunté si yo había sido presionado en mi juventud por mis padres con sus estímulos y consejos para que alcanzara, a pesar de las limitaciones familiares y de mi medio, lo que ellos consideraron era lo mejor para mí y mi futuro personal, el de mis hijos y mis nietos. Y mira tú, lo que sigue fue la repuesta de mis pensamientos.

     Yo me gradué como profesional a mis 24 años, me casé a los 25, a los 30 ya tenía una familia de dos hijos, casa propia nueva, dos vehículos nuevos de agencia, a los 32 era representante legal y gerente distrital para los siete departamentos de la Costa Atlántica de Colombia y San Andrés, de una multinacional. Trabajé 14 horas diarias como ejecutivo y profesor universitario. Logré ‘el sueño colombiano’. A los 50 años, lo económico lo perdí, como muchos, por la situación política y social.  Y lo poco que me quedó me sirvió para comprar pasajes aéreos y volver a empezar emigrando como lo hicieron los dos millones, o más, de colombianos, cuando nuestra patria naufragaba en un mar de incertidumbre, que muchos se hacen los tontos y, por intereses políticos olvidan, o lo ignoran porque no habían nacido.  Hoy a los 69 años, he logrado ‘el sueño americano’. También he sido gerente, manager, y asociado de franquicias en empresas norteamericanas como ciudadano estadounidense.

     Tanto mis títulos de estudios de pregrado y postgrados profesionales en la universidad privada Uninorte de Barranquilla, exclusivista en sus inicios, los obtuve por becas ganadas no regaladas por política, sino por promedio ponderado académico de calificaciones. También en USA volví a estudiar en Colleges y asociaciones profesionales, obteniendo múltiples certificaciones y licencias federales. Y estoy actualizado en lo último de la tecnología, como cualquier teenager, para no ser desplazado ni discriminado por nadie en mi juventud acumulada.

     Todo lo anterior te lo cuento, con orgullo y respeto por mí mismo, porque me lo gané estudiando, trabajando y sacrificándome duro. Y lo comparto, sin falsas modestias porque las falsas modestias son, para mí, pura hipocresía. Reconozco que mis fracasos que no los miro como tales sino como intentos fallidos de acertar. Sé cuáles son mis debilidades y cuáles mis fortalezas en mis aptitudes y actitudes. Por eso les agradezco mucho a mi Dios y a la vida. Y también hoy a USA, mi patria adoptiva. Nada viene sin sacrificios ni esfuerzo. A no ser que te ganes la lotería. 

     Mi vida actual como la muestro —porque no tengo nada que esconder— no es fruto, como decía mi abuelita por “andar en malos pasos” o “venderle el alma al diablo”.

     Por eso, finalmente, y ¡Antes de que se me olvide!, te digo que yo soy un convencido de que la necesidad crea el órgano y somos fruto del entorno que nos rodea. Tu verás si te conformas con él, lo superas y sobresales del promedio o buscas uno mejor que este, en busca de dar lo máximo de la extensión de tus alas para volar y vivir como mereces por tu valor personal.

     ¡Ah!  Y tampoco se me olvida recordar que, en mis tiempos de crecimiento en mi primera juventud, no existía la internet masiva, ni los laptops, ni los celulares inteligentes, ni, menos, el Zoom y las redes sociales. Mi generación y la siguiente los inventó para nosotros y para ti. Para hacerlo todo más fácil o difícil, dependiendo del uso que les des…

     Ni imaginar —mis coetáneos y yo cuando adolescentes—, hacernos millonarios con solo componer unos versos de cuatro frases eróticas y cantarlas como reguetonero. No tengo nada contra el reguetón y sus intérpretes, pues también me fascina cantar y tocar música por hobby. Mis nietos Martin e Ivanna son mis mejores fans. Además, oigo música en y desde el sonido de las olas del mar hasta varias melodías del viejo Betho, el pianista inmortal. Lo único malo es que por la facilidad con que algunos reguetoneros han logrado el éxito, jamás imaginado por ellos mismos, y gracias a las redes sociales, muchísimos jóvenes también quieren serlo. No hay cama, perdón, lugar ni cupo allí, para tanta gente. Así lo entendieron mis dos hijos, Kike y Silvy, que hoy son exitosos profesionales y son mi orgullo y mi mayor éxito. Y que me perdonen si los presioné. Pero valió la pena.

     Definitivamente son otros tiempos. Cada quien tiene el suyo. Joven, ¡no te presiones!

     ¡Gracias, papis, que desde el cielo me siguen presionando!