Poesía y folclor

Por Abel José Rivera García

Un ensayo presentado en un conversatorio en Fonseca, La Guajira, y dos poemas románticos son mi aporte literario a esta actualización de El Muelle Caribe. Bienvenidos a la buena lectura.

La poesía y el folclor de los pueblos

(Para presentar en el marco del conversatorio “Mitos y Leyendas de Fonseca, a la Calle por la Paz”) 

¿Por qué leer poesías? Respondo con una contra-pregunta: ¿Y por qué no? Si la poesía es algo para leer. Primero es bueno decir, que los poetas escribimos para que nos lean. Eso de que los poetas escribimos para nosotros mismos, no se lo creen ni ellos. ¿Si no para que publican sus poemas? 

Pero hay una verdad en esto: los poetas leemos muy poca poesía; claro que, de caraduras, queremos que los demás nos lean y no leemos a ninguno. Algunos no leen a otros, dicen ellos, que para que no les influyan otros poetas. ¡Tamaña barbaridad! Cuando la verdad es que, gracias a la influencia de otros poetas, es como alcanzamos a encontrar nuestro estilo poético personal. Así, que los poetas deberíamos leer más y escribir menos. 

 Muchos decimos que no tenemos tiempo para leer, pero si tenemos un poemario en manos, bien podríamos leer un poema o dos, mientras vamos en un taxi, en un bus, mientras esperamos en la sala de espera de un consultorio médico, mientras nos sentamos en el trono del baño, ¡qué se yo cuantas oportunidades hay! Son tan solo uno o dos minutos por poema normal, nada más. 

Ahora, en la poesía es bueno no leer mucho de una vez, porque como muchas comidas, pueden resultar tóxicos. Mejor de a poquito, pero frecuente. También es bueno releer poemas, uno los lee nuevamente y les encuentra otros sabores porque, otras cosas nuevas que no vio la primera vez; tal vez, porque uno ya no es el mismo de la primera vez que lo leyó, algo cambia en uno con el tiempo, entre otras, a ver las cosas más bellas. Yo tengo poemas que los leo desde niño, y cada vez les encuentro más gracia. 

La poesía no es ni la palabrería, ni el ritmo, ni la rima. Es en últimas, el temblor emocional que te produce al leerla. Es algo abstracto, pero al tiempo concreto, porque se refiere a cosas y casos que existen en nuestro mundo, y en nuestras emociones personales. 

Es difícil comprender, cómo personas que dicen que no les gusta la poesía, entrecierran los parpados cuando escuchan una música, o se emocionan ante una colorida puesta del sol sobre la Sierra. La poesía utiliza las palabras para expresar la belleza y los sentimientos. La poesía no es como la pintura o como la música, que hay que tener percepción especial para cultivarla. La poesía la utilizamos de manera cotidiana, cuando, por ejemplo, un poeta como Machado expresa: “Y todo el campo en un momento queda mudo y sombrío, y meditando queda el viento en los álamos del río”. El poeta no describe al campo, eso lo hace quien escribe en prosa, el poeta nos está haciendo vivir el campo, que es cosa distinta, muy distinta.  Está poniéndole al paisaje sus emociones, sus reacciones del alma. Quien está mudo y sombrío, no es el campo, es el poeta, el autor, el que medita es el autor. 

Lógicamente, el autor utiliza figuras literarias. Usa metáforas, símiles, sinécdoques, analogías, etc. Pero, miren ustedes que los elementos poéticos los utilizamos todos los días, mientras hablamos, y nadie se da cuenta de que está usando poesía. A nadie le parece raro, que cuando decimos: “Voy a tomar unas copas”, “Hay que pagar el recibo de la luz”, se hace uso de sinécdoques, pues, nadie se toma la copa, ni lo que se paga es el recibo, se paga es el fluido eléctrico. O cuando decimos: “El alcalde Peñaloza es el más maula de todos”, estoy utilizando un epíteto. O “los gobernadores de la costa son unos chorizos”, estoy empleando una metáfora.  

Por eso yo no entiendo que, cuando el poeta dice “La luna vino al río con su corona de lirios”, algunos dicen que no entienden, pero si entienden lo de las copas y lo de los recibos de luz. O Cuando dicen: “El tiempo es una locura de campanas”, muchos dicen: “Ese poeta está loco”.  

Ubicándonos, acá en nuestra querida Fonseca, miren ustedes que, cuando CARLOS HUERTAS, expresa: “Yo vi tocar a Santander Martínez, a Bolañito, a Francisco El Hombre, a Lole Brito, al Sr. Luis Pitre, los acordeones de más renombre”, empleó una analogía; porque en verdad que esos artistas que nombra no son “acordeones”. O cuando se expresan: “Óigame compa usted no es del Valle, del Magdalena ni de Bolívar, pues, se me antoja que sus cantares, son de una tierra desconocida”, se recurre en este caso en una metáfora. O cuando SILVIO BRITO canta la canción “Historia de amor”, “Hoy cabizbajo voy por mi camino, de compañero tengo el olvido, y el destino es mi penar”, usa con gracia y sentimiento varios símiles y metáforas. Así también, cuando ARMANDO OLMEDO LARRAZÁBAL expresa en su composición “Chirrinchi y folclor”: “Escuchando un buen conjunto, animando una parranda, los versos de los cieguitos”, ya ven ustedes un símil y una metáfora al mismo tiempo.  

Bueno, pero no alcanza el tiempo para mencionar algunos poetas y cantores de este querido pueblo, que usan con lujo de detalle, todas las figuras literarias existentes, entre estos, vale mencionar el legado musical de JEÑO MENDOZA, y las composiciones, algunas aun inéditas, de mi querido amigo, y destacado acordeonero y artista integral JOSÉ HILARIO GOMEZ TONCEL.  

¿Cómo hay que leer poesía? ¿Buena pregunta, no es verdad? Debe leerse con la mente abierta, sin prejuicios, sabiendo que permite nuevas perspectivas del crecimiento del saber, con otra visión de lo cotidiano, en cuanto a amor, desamor, paisajes, personajes, animales, situaciones sociales, mujeres, ríos, sierras, etc. Para eso, la poesía se expresa con algo en común: la belleza. Podemos decir que la poesía es otra realidad de la realidad. Una realidad que se enriquece con la imaginación. Hay que leer los poemas, como hacen los niños con los cuentos que les narran: dejándose llevar de la imaginación, de la sorpresa, de la fantasía, de la emoción. Si les dan ganas de reír, pues se ríe; si de llorar, se llora, si de amar, se ama. Alguien dijo: “Si no te comportas como niño mientras lees, no encontramos el mundo de la poesía”. Hay que procurar sentir como siente el poeta, y aún más si es posible. Por eso, el poeta español contemporáneo, ENRIQUE GRACIA TRINIDAD, dijo: “El poeta es un exhibicionista de la emoción, y hay que leerlo con ese criterio”.

Ahora bien, hay que leer a los poetas buenos y malos, y saber siempre que, aun los mejores poetas, en sus poemarios publicados, tienen poemas que son verdaderos fiascos, verdaderos petardos. Leamos siempre la poesía, sin tener en cuenta lo que los medios de comunicación recomiendan, la mayor parte de las veces, por intereses. Quizás algunos de los acá presentes, sean los verdaderos poetas de ahora y de un futuro.

A mi corazón 

Entregar mi amor, entregar mi corazón, 
una o mil veces. ¡Qué más da! 
¿Es una virtud, un bello gesto,  
o la más ingenua temeridad? 
¿O todo en amor es fantasía,  
o una quimérica realidad? 
 
Eso pienso, amada mía, 
si en el brillo de tus ojos  
veo las huellas que marcó mi amor 
sobre tu cauce de dulzura y de candor; 
y te imagino aquí a mi lado, 
hoy tan bella como ayer, 
para abrazarte y besarte 
hasta romperme los labios, 
y por siempre enamorarme. 
 
Corazón mío. Cariño mío, 
¡Déjame bendecirte con un beso! 
¡Echa a un lado la tristeza! 
Que hasta el cielo palidece 
con tu gracia y tu belleza. 
Ya todo te irá muy bien 
como tanto lo mereces.

Déjame amarte

 Tras largo tiempo contemplando,  
tu figura, tu gracia y bello andar, 
te confirmo que te estoy amando 
y es mi corazón quien te va a hablar: 
 
¿Por qué tienes miedo y prevención 
de mi amor puro y sincero? 
Deja que el torrente impetuoso del amor 
anegue tu desierto corazón. 
 
Déjame que te adore y te bese 
como un náufrago sediento, 
que coseche de tu frondoso árbol 
los frutos íntimos de tu amor. 
 
Déjame embriagarme una vez más, 
libando presto el néctar de tu flor,  
con la sutil fragancia de tu aliento  
de azahares, azucenas y jazmines. 
 
Déjame recostarme sobre el rosal florido 
de tus escarpadas colinas voluptuosas  
y ahogarme en tus cálidas simas 
hasta saciar mis demandas más piadosas. 
 
Déjame agradecer al Creador por tu existencia, 
por esa alegría que he encontrado en ti,  
por esa gracia que hace de ti la diferencia, 
y la indulgencia que hay en tu corazón por mí. 
 
Déjame coronarte con una diadema de rubíes 
refulgente como el astro en donde vive Dios  
para que, de tus bellos ojos, por siempre emanen, 
la lumbre clara que ilumine hasta el final 
¡el oscuro sendero por donde triste voy!