CUENTO CORTO
En su sonrisa la luz de la alborada

     Apenas vi el sol sobre su rostro, sentí que el cielo me sonreía. Era ella la mujer que yo quería, la chica con quien siempre hube soñado. Desde aquella niñez de juego y brincos, descubrí un mundo nuevo en su mirada, en su sonrisa la luz de la alborada, y en sus mejillas el rubor de una manzana. Despertó la juventud, y preciso fue para mí tomar nuevos caminos, buscando en el saber la luz de la consciencia, con las expectativas y la mirada en el horizonte tramontano de la gran ciudad capital, como un ave que por primera vez emprende su hégira migratoria.

     Tres lustros pasaron sin verla, y cuando menos lo esperaba, regresó. El destino, arcano del que nadie escapa, volvió un día a confluir nuestros caminos en la misma empresa estatal, que fue para nosotros un jardín florido de amores y fantásticas ilusiones, de dichas, ensueños y esperanzas. Aquella noche de diciembre en que nos vimos nuevamente, con un brindis de oporto, navegamos en los mares apacibles de la felicidad. En sus mejillas rubicundas de emoción afloraron brillantinas gotitas de sudor, cual pétalo rosal asperjado de rocío. Nos abrazamos fuerte y nos besamos. Tomé sus manos dulcemente y extasiados nos juramos amor por siempre. ¡Viva Dios, retornó ese amor de ayer!

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Cómo no he
de recordarla

¡Como no he de recordarla siempre! 
si esa noche de septiembre me ofreció 
la enmarañada fronda de su selva púdica 
y cubrió súbita y salvajemente mi cara  
con sus intrincadas hojas de cerezo. 
 
Por encanto me convertí en un chupaflor 
y sentí que su rosa roja y perfumada 
se abrió esplendorosa ante mis ojos 
para que yo bebiera de su dulce néctar, 
y saciara mi sed de amor, no sé qué tiempo 
hasta tanto un fuerte y sísmico estertor 
de sus ardientes entrañas sobrevino 
e inundó mi rostro con el agua límpida 
que en flujo turbulento descendió 
como una cascada que imparable brota 
del ardiente y profundo laberinto 
donde nacen los placeres y las dichas. 
 
Suspiró sonoramente varias veces 
cual ballena que emerge en superficie, 
y yo, apenas pude inhalar la bocanada 
que ahogado evitó que me muriera 
sobre el blanco lecho de mi cama. 
Aun con los ojos brillantes de una estrella 
se acercó a mis labios con sus labios 
y reselló con besos su total entrega; 
 mientras yo, su ferviente enamorado, 
refrendé el gran amor que le he brindado.

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¿Quién mejor
que tú?

¿Quién mejor que tú respondería mi interrogante 
si tienes la conciencia de mi experiencia de la vida? 
¿Dime, qué pasó con nuestro aprecio incitante 
si siempre hubo dignidad en la palabra ofrecida? 
 
No me explico la razón de los malvados  
—que apenas conocen un poco de mi ser— 
para desconocer de nuestro amor el renacer 
y hayan podido mellar tu clara opinión 
nublando tu juicio sin escrúpulos ni enfado, 
buscando mí dolor e injusta perdición.  
 
¡Cómo duele saber que, con vileza rampante, 
abiertamente puedas tu calificarme en mal!  
¡Cómo hiere que me trates de díscolo informal 
de golfo libertino y veleidoso amante!   
 
¿Por qué rompiste abruptamente el cariño  
y el afecto que estábamos construyendo,  
sí éramos dos fraguando un buen proyecto? 
Tú me pediste paciencia, y te di satisfacciones; 
 
Sé también que conoces bien de mi cordura. 
¿Cómo entonces, puede la opinión de terceros, 
denostar de mí con comentarios ligeros, 
mancillando mi honor, mi intención más pura, 
y el nuevo y bello despertar de mi ternura? 
 
¡Por Dios, echa a un lado tus temores! 
Créeme que, del jardín de tu existencia, 
no solo una única flor primaveral yo quiero. 
Prefiero regar por siempre tus eras con rocío, 
y contemplar los ramilletes que la aurora, 
cada mañana, en gratitud a mis amores, 
hará brotar como gemas de colores, 
mientras te canto mis líricas canciones.