A mi corazón 
Entregar mi amor, entregar mi corazón, 
una o mil veces. ¡Qué más da! 
¿Es una virtud, un bello gesto,  
o la más ingenua temeridad? 
¿O todo en amor es fantasía,  
o una quimérica realidad? 
 
Eso pienso, amada mía, 
si en el brillo de tus ojos  
veo las huellas que marcó mi amor 
sobre tu cauce de dulzura y de candor; 
y te imagino aquí a mi lado, 
hoy tan bella como ayer, 
para abrazarte y besarte 
hasta romperme los labios, 
y por siempre enamorarme. 
 
Corazón mío. Cariño mío, 
¡Déjame bendecirte con un beso! 
¡Echa a un lado la tristeza! 
Que hasta el cielo palidece 
con tu gracia y tu belleza. 
Ya todo te irá muy bien
como tanto lo mereces.

Sonríeme ahora 
Sonríeme ahora que estás a mi lado 
con esa boquita roja hecha de rosas,  
que exhala una sonrisa contagiosa 
y un perfume que nunca he olvidado. 
 
Sonríeme, amor mío, en todas las mañanas 
y en cada momento de mi luminoso verano; 
sonríeme, en las tardes grises de mi otoño; 
en las fragantes mañanas de mi primavera, 
y en las tormentosas noches de mi invierno. 
Sonríeme en cada instante de mi vida; 
hazlo por siempre y sin alguna medida.  
 
Sonríeme para que quizás un día, 
pueda recordarte en cada momento, 
y aflore en mi ese grato sentimiento 
del amor que siempre en mi conservaría, 
aunque, tal vez, juntos ya no estemos

Al ‘varillero’ criollo

“Hola, amigo, ¿cómo estás? Ha rato que no te veía. 
Dime, ¿qué hay de tu vida? Ven y siéntate a mi lado”. 
Por ahí comienza la trama de ese astuto varillero,  
en que hoy se ha convertido nuestro golfo criollo. 
Cuando se encuentra acechando, son sus pasos de un felino, 
con su coloquial discurso, sabe bien en que momento 
te ha de arrojar la varilla y sacarte algunos pesos. 
De los domingos a lunes es su constante rutina 
entre cafés y amenas charlas con sus pares, los bacanes, 
hoy ya son tradicionales en mi Santa Marta caribe. 
 
Así opera cotidiano en las cafeterías de los centros comerciales:  
te habla de política, de economía, de paz y de medio ambiente; 
y te dice que eres deseado para el Concejo o la Cámara, 
que no hay nadie como tú para esta querida tierra; 
hasta verte obnubilado, en su nube de palabras. 
Es un encantador de serpientes, un predador urbano 
que, mientras a sus presas ve venir, veinte tintos bien cargados 
se toma por las mañanas y se hidrata con gaseosas, 
y hasta se esnifa un blanco (de la cordillera nevada) 
que le suelta bien la lengua para convencer incautos. 
 
Y posan por felices jubilados, pero… ¿adónde han trabajado? 
¡jamás por su cabeza ha pasado! ¡como que el trabajo les talla! 
¡Manos suaves de una niña! no se les ven mataduras, 
y mucho menos los callos, sí por sus manos no ha pasado 
un machete, gurbia o un azadón; ni un oficio, ni un informe, 
en lo que va de su vida, a ningún jefe han presentado. 
 
Ya bien entrada la noche, se marcha raudo a su casa 
con dinero en sus bolsillos, y con la cena embaulada. 
Nadie sabe cómo duerme con esa carga enervante 
que siempre lleva consigo. Antes de partir me dijo: 
“amigo vete con Dios, y ojalá regreses pronto. 
Acá te estaré esperando para charlar otro tanto”. 
Búsquenle pronto un empleo que pueda desempeñar 
¡Que dejen de ser, por Dios! Unos parásitos andantes.