2da. TANDA

, el sábado

     En fecha alterada como consecuencia de la pandemia del Covid-19, va en octubre el Festival de la Leyenda Vallenata del año 2021, en su quincuagésima quinta edición.

     Y en medio de la plena efervescencia del tradicional certamen valduparense, el sábado 16, a partir de las 11 de la mañana, va VALLENATO, un nuevo conversatorio virtual de la ‘Fundación Klemcy Salza-Arte con Idiomas’ en su espacio web instituido ‘Arte en paralelo-resiliencia en movimiento’.

     Tres invitados —un hombre y dos mujeres—, son los panelistas y entre estos un caso curioso: un acordeonero de más de 70 años y una acordeonera de 16, para hablar de vallenato y entre los dos, una investigadora y defensora de esta música. Se trata del tri-rey vallenato Alfredo de Jesús Gutiérrez Vital, ‘La reina del acordeón’ Sara Arango Pérez y la psicóloga Graciela María Morillo Araujo. Presentará Yenis Muñoz Mindiola y moderará Carmen Sanjuan Meléndez, con transmisión por el Facebook live de la Fundación ‘Klemcy Salza y el canal de YouTube:https://www.youtube.com/channel/UC7B3KVAOxOzz1sEnRivb37Q

     Para este registro periodístico del conversatorio, cada uno de los panelistas envió una reseña: Alfredo, un trabajo del cronista y escritor barranquillero Fausto Pérez Villarreal; Sara, un artículo de un admirador, y Graciela María un perfil de su propia autoría, los cuales se presentan en este mismo módulo, como es de suponer, pero en tres respectivos espacios.

Y todavía en la brega.

Alfredo Gutiérrez, la leyenda viva

     Abundante y exquisita es la obra musical de Alfredo Gutiérrez, uno de los pocos, ¡grandes exponentes del folclor colombiano!, que puede testimoniar a los cuatro vientos lo que es mantenerse vigente, con su repertorio y en escena, a lo largo de 60 años de trayectoria profesional. 

     Aunque dejó su voz y el sonido de su acordeón en los registros de grabación desde niño, la carrera en firme de este versátil acordeonista arrancó a finales de 1961 con la publicación ‘Majagual’, un cadencioso porro de su autoría, grabado para Discos Fuentes, en el que se ‘matrimonian’ el bombardino y el acordeón para alegrarnos la existencia al compás del pegajoso coro que pregona… Para Sincelejo… 

     El tema serviría más tarde de inspiración en el surgimiento de la legendaria colectividad denominada Los Corraleros de Majagual. 

     Alfredo de Jesús Gutiérrez Vital, como figura en sus documentos de identidad, nació el 17 de abril de 1943 en Sabanas de Beltrán, antiguo corregimiento de Corozal, en el otrora Bolívar Grande, hoy jurisdicción de Los Palmitos, en el departamento de Sucre. 

     En una casa edificada con arena, madera y estiércol de ganado vacuno; con el suelo de tierra pisada y el techo de palma amarga, Alfredo nació y creció en el modesto hogar conformado por Alfredo Enrique Gutiérrez Acosta, un acordeonero andariego proveniente del Magdalena Grande, y Dioselina de Jesús Vital Almanza, abnegada ama de casa nativa de Paloquemao. Fue el tercero entre siete hermanos. 

Tres veces rey del Festival Vallenato. Y rebelde como lo ha sido, se retiró del primer ‘Rey de Reyes’. Muchos creen que hubiera ganado con sobrada calidad ejecutora.

     Los primeros años de Alfredo fueron difíciles, cargados de contrariedades. Lo que el padre lograba con su oficio de acordeonero y la madre con la madera seca que cortaba para luego venderla como leña en el pueblo, no alcanzaba para el sustento de la familia. 

     Nadie sabe cómo Alfredo de Jesús aprendió a tocar el acordeón. Ni él mismo lo recuerda con exactitud. Lo único cierto es que lo primero que vio, tan pronto tuvo uso de razón, fue a su padre manipulando aquel juguete que generaba sonidos agradables.

     A los cinco años ya el acordeón lo atraía, lo tomaba entre sus manos; empezaba a familiarizarse con él. A partir de ahí no dejó de estar cerca de ese seductor instrumento.

     A finales de 1954, con sólo nueve años a cuestas, Alfredo formó parte del grupo ‘Los pequeños vallenatos’, integrado por Abel Rodríguez, Luis Castillo, Gustavo Amaya y Arnulfo Briceño, quien años después se constituiría en uno de los grandes exponentes de la música llanera. Rodríguez y Briceño tocaban las guitarras; Amaya, las maracas; Castillo, la guacharaca, y Alfredo, el acordeón. Tiempo después se vincularían al grupo Adonaí Díaz, Víctor Gutiérrez y Ernesto y Alonso Hernández. 

     El grupo de infantes, fundado en Bucaramanga, tuvo como director al profesor José Rodríguez, y recorrió los países bolivarianos —Venezuela, Ecuador, Bolivia y Perú—. Con ese grupo, Alfredo, siendo aún un menor de edad, iniciaría su periplo por el exterior.

     Más adelante, ya consagrado en figura de talla nacional e internacional, efectuaría multitudinarios conciertos en Venezuela, México, Estados Unidos, España y otros países de Europa.

     A la muerte de su padre Alfredo Enrique —acaecida en 1958, a los 55 años, por una penosa enfermedad—, Alfredo de Jesús estrechó sus lazos de amistad con Calixto Ochoa. Éste no sólo lo orientaría en la ejecución del acordeón y en su estilo de vida, sino que también lo vincularía a la casa disquera Fuentes, de Antonio Fuentes López. Con este industrial, en compañía de Calixto y del cantante César Castro, fundaron, en 1961, ‘Los corraleros de Majagual’, célebre agrupación que pasaría a la historia por la cantidad y calidad de sus artistas y de sus obras. Alfredo tenía entonces 18 años.

     Con ‘Los corraleros’, Alfredo se constituiría en el acordeonista insustituible y grabaría temas de perdurable recordación como ‘Majagual’, ‘La paloma guarumera’, ‘Festival en guararé’, ‘Sombrerito panameño’, ‘Amor viejo’ y un largo etcétera. También publicó obras con los créditos de Alfredo Gutiérrez y su conjunto. 

     En la factoría Fuentes permaneció de 1960 a 1965. De ahí pasó a la casa Sonolux. Grabó como Alfredo Gutiérrez y sus estrellas. Entre sus músicos acompañantes estuvieron los hermanos Benítez, Carmelo Barraza, Danuil Montes y el cantante Lucho Pérez, todos integrantes de ‘Los corraleros de Majagual’.

Es ‘Showman’ y toca el acordeón con los pies.

     Tras permanecer tres años en Sonolux, donde grabó temas de sonoro impacto como ‘La banda borracha’, ‘Catalina’, ‘Racamandaca’ y ‘Quisiera amarte menos’, Alfredo pasó, en el segundo semestre de 1968, al sello Costeño de Codiscos. Ahí dejaría una vasta producción de éxitos entre los que se destacarían la serie de álbumes Romance Vallenato, con canciones románticas del impacto imperecedero de ‘Ojos indios’, ‘Los novios’, ‘Me dejaste solo’, ‘Se acabó quien te quería’, ‘Ay Elena’ y ‘Lejanía’.

     Fue en Codiscos —casa que hoy nos llena el espíritu de goce con la entrega de estos 100 éxitos— donde Alfredo Gutiérrez nos legó a los melómanos gran parte de su exquisito repertorio, bien fuera con su conjunto o con ‘Los caporales del Magdalena’. Su producción fue prolífica; mencionemos algunos títulos: ‘Mis vacaciones’, ‘Fiesta en corraleja’, La cañaguatera’, ‘Desde que llegaste tú’, ‘El ramillete’, ‘El troyano, ‘Manantial del alma’, ‘El envenenao’, ‘Paraíso’, ‘Tus amores’, ‘La diosa coronada’, ‘La novia del estudiante’, ‘Tus recuerdos’. ¡La lista es interminable! 

     En 1974 regresó a Discos Fuentes. Ese mismo año, con Pablo López en la caja, y Virgilio Barrera en la guacharaca, se proclamó Rey Vallenato en Valledupar. Fue la primera de las tres coronas que ganaría en el templo de ‘Francisco El Hombre’. 

     Ganó dos Congo de Oro en el Carnaval de Barranquilla antes de pasar al sello FM Records, en el que impuso éxitos como ‘La carta número 3’, la serie ‘Nostalgia vallenata’, ‘Las miradas de Magaly’ y ‘Ripití ripitá’. Retornó después a Sonolux.

     En 1978 y en 1986 volvió a ganar el Festival Vallenato. En 1991 y 1992 fue proclamado campeón mundial de acordeón en Alemania. 

     Al concluir su contrato con Sonolux en 1998, pasó al catálago de MTM. Dos años después, en Codiscos, presentó en sociedad el novedoso proyecto La Fania Vallenata, en el que acompañó a Jean Carlos Centeno, Jesús Manuel, Alex Manga, Enaldo Barrera, Heberth Vargas y Ernesto Mendoza, reconocidas figuras del canto vallenato; al estelar acordeonero Israel Romero, y al tropicalísimo Juan Piña, con el que grabó el que sería el éxito de la producción: ‘La camisa rayá’, de Miguel Durán.    

     En abril del año 2001, bajo el sello editorial del Fondo de Publicaciones de la Universidad del Atlántico, se publicó su biografía ‘Alfredo Gutiérrez, la leyenda viva’, investigada por quien esto escribe. 

     La música de acordeón ha tenido decenas de juglares que han brillado con luz propia a lo largo de la historia. Y entre tantas figuras legendarias de antes y de ahora, Alfredo Gutiérrez compendia los aspectos artísticos y técnicos que caracterizan al músico completo: compone, arregla, toca, canta y es dueño de una diversidad de estilos. 

     La multiplicidad de tonos y la precisión de los ritmos que produce con su veloz digitación hacen de él un maestro del acordeón. Todo ese cúmulo de virtudes que ostenta es reforzado por su aura personal, su ingenio y su humildad. 

     Desde 1960, y en distintos ritmos, Alfredo nos ha alegrado el alma con más de un centenar de bellísimas y jacarandosas canciones, bien sea acompañado por ‘Los corraleros de Majagual’, por sus ‘Estrellas’, por ‘Los caporales del Magdalena’ o por su conjunto. 

     Con Alfredo Gutiérrez empezó una nueva era la música provinciana del Magdalena Grande, que era como se le denominaba a la música de acordeón antes de que se le encasillara en el aire del vallenato. 

     Antes de él, los juglares le cantaban a las costumbres de su pueblo, a los rigores de la naturaleza, a los amigos, a las parrandas. Al acordeonero se le miraba por encima del hombro, con cierta prevención. 

     A partir de Alfredo Gutiérrez, el ejecutante del acordeón adquiere otro status. Él le da nueva fisonomía y marca una mayor tendencia en el romanticismo, amparado por la vena poética de compositores de la línea lírica como Rubén Darío Salcedo, Freddy Molina, Gustavo Gutiérrez y José Garibaldi Fuentes. A ello se sumó su enorme destreza para manipular el instrumento de fuelle de origen alemán, lo que generó la admiración de músicos y autoridades en la materia: 

     «Alfredo se atrevió a poner los dedos donde ningún acordeonero lo había hecho, y descubrió el potencial del acordeón, creando nuevos sonidos, nuevas melodías…», asegura el historiador e investigador folclórico Julio Oñate Martínez. 

     «El acordeón es pequeño para sus manos», dice, por su parte, ‘El ciego maravilloso’, Leandro Díaz. 

     «Es el más grande de todos», sentenció Abel Antonio Villa, el padre del acordeón en Colombia. 

     Entre los logros y reconocimientos de Alfredo Gutiérrez también se destacan el haber ganado dos Trébol de Oro y un Califa de Oro, en México; cinco Guaicaipuro de Oro en Venezuela, y la nominación al Grammy Latino, en 2008, en la categoría Cumbia y vallenato, por su trabajo ‘El más grande con los grandes’.

     Ciertamente, desde hace 60 años, la música de Alfredo Gutiérrez ha sido indispensable en nuestras discotecas y en nuestros corazones. Y su presencia en tarima sigue siendo vigorosa, torrencial. Llega a su máximo nivel de emoción en el público cuando es levantado en hombros por sus músicos para tocar el acordeón con los pies.

     Entre las más recientes producciones de Alfredo Gutiérrez se destacan sus duetos con Felipe Peláez, ‘Amor viejo’, y Carlos Vives,‘¡Ay Elena!.

     Recientemente, el tri-rey sorprendió a sus seguidores con la publicación de la canción ‘Tesoro de amor’, de su propia autoría, grabada con Juanes y Freaky, en el sello Universal.

     En preparación tiene la publicación de una versión urbana de ‘El solitario’ y otra del célebre ‘Ave María’.

     Actualmente, por sus redes sociales, el juglar de Paloquemao presenta ‘El nuevo show de Alfredo Gutiérrez’, bajo la producción de su hija y Manager Noris Cecilia Gutiérrez. En ese espacio canta e interactúa con sus centenares de seguidores diseminados en diferentes lugares del planeta.

También ejecuta las maracas. Y se integra a grupos musicales.

Graciela María Morillo Araújo,
una bogotana investigadora y
defensora del folclor vallenato

     ‘Narraciones y cantos al son del Cesar’, es el título de la obra de la cual Graciela María Morillo Araújo es coautora.

     Psicóloga nacida en Bogotá —de arraigo cesarense—, Graciela María es investigadora y defensora del folclor vallenato.

Como dedicada a la investigación, tiene que recorrer caminos.

     Es hija de David Morillo López y Atenice Araujo de Morillo, oriundos de La Paz, municipio del Cesar, Colombia, donde actualmente reside.

     Es poeta, estudiante de derecho y aspirante a magister en pedagogía y educación.

     Realizó diplomados en escritura creativa, desarrollo psicosocial del adolescente, derechos humanos, sexuales y reproductivos y ejerce su profesión en el sector educativo, en el cual se desempeña como psicorientadora y coordinadora.

     Ha participado en proyectos de escritura creativa y actualmente desarrolla un proyecto de Formación de ciudadanía, reconciliación y cultura de paz,

     Es integrante del Parlamento Internacional de Escritores de La Costa, en el cual se desempeña como coordinadora de Valledupar y La Paz. Es cofundadora de la Corporación Cultural Voces de La Sierra, directora de la revista institucional ‘Talentos’ y creadora de la revista virtual del mismo nombre.

     Integró la asociación de poetas del César ‘Valle de poesía’ y sus poemas y crónicas han sido publicados en las revistas Azahar de España, María Mulata de la Barranquilla y Talentos, y en Portal Vallenato.

     Graciela María Morillo Araújo Participa en las redes, especialmente en su grupo ‘Vallenato de verdad’, desde el cual rescata y resalta la cultura vallenata tradicional como patrimonio inmaterial de la humanidad. Participa en festivales y recitales donde presenta sus cuentos y poema y el sábado estará en ‘Arte en paralelo-Resiliencia en movimiento’.

Sara Arango Pérez, ‘La reina del acordeón’ que
sueña con ser coronada en el 54º Festival Vallenato

Por admirador

“Esa jovencita toca más acordeón que muchos acordeoneros ganadores del festival. Y de los actuales, ¡ni se diga!, les da sopa y seco”, decía Oñate.

     El acordeón tiene el don de meterse sin permiso en los lugares comprometidos con otras músicas… Y la mayoría de las veces termina imponiéndose por su encanto instrumental.

     Un encanto que le genera piquerías eternas, dando pie a controversias en las cuales, sin razón, se ha desvirtuado el valor natural que tiene la música vallenata, frente a sus hermanos rítmicos y dancísticos del Caribe y otras regiones.

     En ese orden de ideas vale decir que, a sus 16v años de nacida, la mejor acordeonera de las riberas del San Jorge se llama Sara Arango.

     Vio su luz primera en La apartada —pueblo de hatos de ganado y de pescadores que se surten del río, localizado entre el sur de Córdoba y el norte de Antioquia—, el 27 de marzo de 2005, en el hogar formado por Lina Pérez y Edwin Arango.

     Nació y ha crecido entre pitos, redoblantes, bombos, platillos, bombardinos y trompetas, instrumentalización musical que sirve de refugio melódico a ritmos como el porro, la cumbia y el fandango.

     Esos aires musicales que contribuyen, a la alborada, al goce cobijado por unos guapirreos desbordados, que hablan de un lugar en el Caribe que solo se parece a ella, a Sara, como suele ocurrir con las diversas naciones artísticas que tiene Colombia y que la hacen diversa y pluricultural.

     De muy niña —ya graduó de bachiller, el próximo año irá a la universidad—, un acordeón de juguete, al tiempo que la radio local la afectaba con los clásicos vallenatos en la ejecución y la voz de los juglares. Música que corría libremente por entre las ondas hertzianas, muchas veces desplazando las cadencias nativas.

     En la Casa de la Cultura de La apartada encontró al profesor Juan David Pérez, instructor de música, quien tiene el compromiso de guiar a los niños en estas lides. Ella acaricia la lira y los armónicos del único acordeón existente, bastante vencido por su uso. Y al momento inicia el sueño de lucirse ante sus contendores en los festivales de la región. La conexión con ese instrumento, al tenerlo en sus manos, fue mágica. Lo observaba con alegría, para confirmar su existencia. Le miraba su color y el tamaño y contaba en silencio los botones de la lira y el bajo, buscando ansiosa por dónde salía tanta música. 

     Al posar sus dedos sobre esos botones, sintió un volcán despierto al brotar la melodía de un eterno sonsonete que los principiantes no se cansan de tocar hasta saberla de memoria: era ‘La piña madura’, una sencilla melodía que sirve de patrón en el aprendizaje. Esa primera inquietud sobre una hilera de pitos y armónicos sorprendió al profesor de música que preguntó: “¿Quién le enseñó?”.

     El padre de Sara, sorprendido, se encogió de hombros y dijo: “Ella no tiene acordeón, creo que nació con el don de la música”.

Se graduó de bachiller y en 2022 irá a la universidad.

     Fue tanta la sorpresa, que el instructor decidió prestarle sin temor el acordeón, que no dudaron en llevárselo para casa. Esa tarde y parte de la noche, estuvo el instrumento sometido a la terca obsesión de Sara que, en su iniciación musical, repasaba la clásica melodía que, al filo de la media noche, cayó bajo el embrujo de sus diminutos dedos. Con la tarea cumplida se durmió con una sonrisa plena, llena de música.

     Con once años metidos en un diminuto cuerpo, empezó el camino sobre un instrumento que la llena de pasión. Al explorar otros senderos de la música y, ante todo, del instrumento que había escogido para delinear su escasa edad, contó con el apoyo de sus profesores Luis Castañeda, Carmelo Rodríguez, Efraín Peña y Gerardo Porto, quienes le ayudaron a ascender en su naciente carrera musical.

     Así como habían luchado las primeras personas venidas de diversos lugares para hacer de esa tierra olvidada un municipio hace más de seis décadas —sus primeras viviendas fueron construidas a manera de ‘enramadas’, con puestos de comidas y fritos—, Sara, apenas asomándose a la adolescencia, orgullosa nativa de ese lugar, decidió abrirse paso en busca de un reconocimiento que sirviera de orgullo a sus paisanos.

     Del primero, continua como un recuerdo el ambiente de cantinas: esos lugares de diversión con sus picós a todo volumen que invitan a los campesinos para que sacien sus ímpetus reprimidos, y a ella, que siempre fue afectada por la música que divulgaban, a que continúe con su fogosidad musical que la hace diferente.

     Sara sabía que lejos de construir una promoción efímera, con una rotulación llena de grandes visos faranduleros, había de dedicarse con esmero a sus recursivas maniobras en busca de descubrir nuevos sonidos y formas de toque para ese acordeón esquivo.

     Muchas voces de la música vallenata se han volcado en elogios para con la digitación diáfana que ofrece Sara Arango Pérez, quien reproduce con claridad meridiana lo hecho por diversos músicos en distintos tiempos de la discografía vallenata al tiempo que busca crear su estilo. Sorprendido por su fino sentido musical, el extinto Jorge Oñate, al verla tocar en un kiosco de su tierra natal uno de los clásicos de nuestra música, exclamó: “Esa jovencita toca más acordeón que muchos acordeoneros ganadores del festival. Y de los actuales, ¡ni se diga!, les da sopa y seco”.

     Poco después, a la de Oñate se le sumaron las palabras de Emiliano Zuleta Díaz, quien, al verla tocar, solo atinó a decir: “No hay un acordeonero que toque como ella. Toca ‘Carmen Díaz’ y ‘Olvídame’, mejor que yo”. A Israel Romero, por su parte, se le oyó decir: “Sara tiene un futuro maravilloso. Es una acordeonera bendecida”.

     Desde entonces, la figura juvenil de la acordeonera recorre los festivales donde expone su talento. En muchos ha ganado, en otros la han superado. De aquel primer grupo conocido como ‘Los hermanos Arango’, solo queda el recuerdo. Ahora, en cada festival, la secundan los mejores en cada uno de los instrumentos para exponer lo mejor de su repertorio musical.

     Su versatilidad le permite tocar los cuatro ritmos del vallenato con gran habilidad, misma que muestra en porros, cumbias y fandangos. Muchos eventos saben de su presencia, en territorio cordobés, en Antioquia, el Cesar y La Guajira, en los cuales ha ganado en más de veinte festivales. Uno de sus más significativos triunfos, lo logró en el Encuentro Vallenato Femenino, en 2019 en Valledupar, en la categoría infantil. Por estos días está dedicada a la quincuagésima cuarta edición del Festival de la Leyenda Vallenata, está concursando con la aspiración de ganar. Lo hace con ahínco, soñando ser la reina mayor del certamen en el presente año, anhelante de y llevarle ese triunfo a su pueblo. En su formación, tiene las huellas de Miguel, Álvaro y Navín López, de Julio Oñate Martínez, Julián Rojas, Jorge Rojas, Isaac León Duran, Silvio Brito y Rosendo Romero, entre otros.

Untada de vallenato, se junta con las estatuas de Diomedes y Martín Elías.

     Entre sus planes, tiene el propósito de grabar un producto con las mejores voces, con canciones que tengan la verdadera esencia vallenata.

     Poco a poco Sara escala en sus sueños, hasta ahora ha ingresado a estudios de grabación en un par de oportunidades, para producir dos sencillos: ‘Tierra de ensueño’, un porro de Luis Alberto Prado, con la dirección de Humberto Sinning, en Sahagún, y ‘Qué tiene ese muchachito’, un paseo alegre de Kique Araujo, con la dirección del Chino Zuleta.
Su ejecución es impecable, aunque no deja de señalar que sus fortalezas musicales van en construcción. Es ambidiestra en la ejecución de su instrumento, hace malabares para diversión de su público, el acordeón en el pecho o en la espalda como también hace uso de la tecnología al ejecutar ese instrumento en su celular, tras descargar una aplicación que le permite hacerlo. Ella es magia desbordante.

     Vive en procura de alcanzar la perfección y de ser una profesional con su estilo propio. Contrario a lo que se esgrime ante el carácter ‘machista’ que se dice tiene el vallenato, se levanta esta joven representante de la mujer para decir que la ejecución de acciones fundamentales en torno al vallenato arranca desde la vida misma.

     En la industrialización de este género musical, el espacio para que figure la mujer es más amplio. Sin lugar a dudas,“la mujer es el alma de la música vallenata, antes y después de su masificación”.

     Sara Arango Pérez, ‘La reina del acordeón’, sigue en un amplio dialogo con el paisaje natural del entorno donde vive. El verdor de sus sabanas es musicalizada por las aves y las notas salen de las diversas expresiones que al tocar su acordeón se vuelven realidad, para construir el sendero musical influido por Emiliano Zuleta, Israel Romero, Juancho Rois y Héctor Zuleta, quienes, con su ejecución, le han enseñado que la rapidez debe ser acompañada con mucha melodía y que el pulso, la precisión y la firmeza en la nota deben ser evidentes… De lo contrario, se pierde el norte de esa exposición musical, que la hace cultivar todo lo que encierra el mundo creativo con talento y disciplina.

     Toda esa gracia que tiene Sara, virtuosidad, elegancia y donaire, seguirá en ella, para poner en un mejor sitial sus conquistas, en las cuales su acordeón es el único invasor que NO nos ha hecho daño.