Por Jaime De Lavalle Carbonó

     Henry Graham Greene, 2 de octubre de 1904 – 3 de abril de 199, conocido como Graham Greene: ciudadano británico que fue escritor, guionista y crítico literario, y cuya obra exploró la confusión del hombre moderno y trató asuntos políticos o moralmente ambiguos, en un trasfondo contemporáneo.

     Fue galardonado con la orden de mérito del Reino Unido. Estudió historia en Oxford y en 1926 comenzó su trayectoria periodística en The Times, del que más tarde sería su subdirector.

     Posteriormente ejerció como crítico cinematográfico y director de la revista The Spectator. Durante la Segunda Guerra Mundial trabajó para el Ministerio de Asuntos Exteriores británico. En sus primeras novelas, entre la cuales se destacan ‘Oriente express’, 1932), y ‘Una Pistola en venta’, 1936, Graham Greene combinó un hábil tratamiento de la psicología de los personajes con las técnicas de la narrativa del espionaje, género que lo cuenta entre sus mejores maestros, junto a figuras como John Le Carré y Frederick For.

Foto de autor anónimo: un festejo durante unos días de visita de Graham Greene a Asunción, Paraguay (Imagen de https://www.lanacion.com.ar).

     Cuenta Gabriel García Márquez que, en enero de 1983, Graham Greene hizo en La Habana una escala de veinte horas, a la cual le dieron toda clase de interpretaciones los corresponsales locales de la prensa extranjera.

     No era para menos: llegó en un avión ejecutivo del gobierno de Nicaragua, acompañado por José de Jesús Martínez, un poeta y profesor de matemáticas panameño que fue uno de los hombres más cercanos al Omar Torrijos y fueron recibidos en el aeropuerto por funcionarios del protocolo dentro de la mayor discreción, de modo que ningún periodista se enteró de esa visita, sino después que había terminado.

     Fueron conducidos a una casa de visitantes distinguidos reservada, en general, para los jefes de Estado de países amigos.

     «Pasé por su casa dos horas después de la llegada, porque me hizo llamar por teléfono tan pronto como supo que estaba en la ciudad, y esto me produjo una muy grande alegría, no solo por la antigua e inagotable admiración que le tengo como escritor y como ser humano, sino porque había pasado muchos años desde la última vez en que nos vimos. Había sido como él mismo lo recordaba cuando ambos viajamos a Washington en la delegación panameña a la firma de los tratados del Canal. Al cabo de tantos años me encontré con Graham Greene rejuvenecido, cuya lucidez seguía siendo su virtud más sorprendente e inalterable. Ya, hacia la una de la madrugada, pasó a visitarlo Fidel Castro. Se conocieron al principio de la Revolución, muy al principio cuando Graham Greene asistió a la filmación de ‘Nuestro hombre en la Habana’. Se volvieron a ver varias veces, en los viajes periódicos de Graham Greene, pero, al parecer, no se habían visto en los dos últimos años, porque esta vez, cuando se dieron la mano, Graham Greene dijo: “No nos veíamos desde hace dieciséis años”. Ambos me parecieron un poco intimidados y no les fue fácil empezar la conversación. Por eso le pregunté a Graham Greene qué había de cierto en el episodio de la ruleta rusa que él ha contado en sus memorias. Sus ojos azules, los más diáfanos que conozco, se iluminaron con los recuerdos.

Graham Greene con Gabriel García Márquez, foto de auténtica realidad… Greene con Fidel Castro, producto de las nuevas tecnologías: el realismo mágico de un foto-montaje.

     “Esto fue a los diecinueve años”, dijo, “cuando me enamoré de la institutriz de mi hermana”. Contó que, en efecto, había jugado entonces al juego solitario de la ruleta rusa con un viejo revólver de un hermano mayor, y en cuatro ocasiones diferentes. Entre las dos primeras hubo una semana de intervalo, pero la dos últimas fueron sucesivas y con pocos minutos de diferencia. Fidel Castro, que no podía pasar por alto un dato como ese sin agotar hasta las últimas precisiones, le preguntó para cuantos proyectiles era el tambor del revólver.

     “Para seis”, le contestó Graham Greene. Entonces, Fidel Castro cerró los ojos y empezó a murmurar cifras de multiplicación. Por último, miró al escritor con una expresión de asombro y le dijo: “De acuerdo con el cálculo de las probabilidades, usted tendría que estar muerto”.

     Graham Greene sonrió con la placidez con que lo hacen todos los escritores cuando se sienten viviendo un episodio de sus propios libros, y dijo: “Menos mal que siempre fui pésimo en matemáticas».