Rafael Campo Miranda

PRÓLOGO AL LIBRO RAFAEL CAMPO MIRANDA
«…la más valiosa de sus virtudes, su
generosa vocación de maestro…»

     Cuando me encontraba en el proceso de escribir el libro vida y obra que titulé ‘Rafael Campo Miranda, joya musical de Colombia’, publicado en mayo de 2019, con el apoyo de la Universidad Simón Bolívar y que hace parte de la colección Doctorado en Sociedad y Cultura Caribe, debí tener al tiempo la inquietud de buscar un personaje que escribiera el prólogo de este libro. Implicaba enviarle el machote terminado para que lo leyera. Así fue como me puse en la tarea de buscarlo, aunque sin mucha dificultad, pues ya lo había enfocado.

     Fue el doctor Gustavo Bell Lemus, historiador, periodista, abogado, político colombiano y vicepresidente de Colombia que fue en período anterior. Con el doctor Bell no tuve demasiado que pensar pues ya mi cercanía con él era mayor, nos conocíamos de vista y trato en las instancias de la sala de juntas de la Universidad Simón Bolívar donde nos reuníamos un reducido grupo de personas cuando apenas el rector José Consuegra Bolívar gestaba la gran idea de conformar la Academia de Estudios del Caribe, y yo fui una de las personas que integraba el grupo. Se hizo realidad, y mientras las personas congregadas íbamos a hacer parte de la Junta Directiva, se había escogido al doctor Gustavo Bell Lemus para liderarnos.

     Sin embargo, la intención presidenciable para la nueva Academia no quedó en cabeza del doctor Bell Lemus por cuanto en ese momento fue designado por el presidente de la República Andrés Pastrana Borrero, para ser Jefe Negociador por la paz en diálogos con el Eln; de tal manera debió trasladar temporalmente su residencia entre Quito y La Habana —2018—. Por este hecho no pudo aceptar la postulación ofrecida.

     Cuando estaba en mi inquietud del prólogo para este libro no lo dudé pues ya él me había ofrecido su colaboración. Y fue a través de correo a Quito cuando conversamos y aceptó, entre rato y rato robándole tiempo a sus agitadas horas de trabajo que me envió sus letras y ahora comparto con ustedes, lectores de El Muelle Caribe web.

Portada del libro de la autoría de la autora de columna cultural.

Rafael Campo Miranda
o la altivez de la música costeña
Prólogo de Gustavo Bell Lemus

     «Uno de los grandes azares que tenemos todos en la vida es el sitio donde transcurre nuestra infancia. No es lo mismo nacer en una ciudad populosa de un país desarrollado, que en un remoto pueblo de una montaña andina, o en un puerto a orillas del mar Caribe. Tampoco es lo mismo crecer en el parque enrejado de un conjunto residencial privado, que en un barrio de frontera urbana abierta y de clase media. El lugar de nuestros primeros años es tan azaroso como los vecinos con los que compartimos el mundo de la cotidianidad citadina.

     «Entre mi casa de infancia y el colegio donde estudié parte de la primaria y el bachillerato, en una esquina donde arremetía con todo furor un arroyo que bajaba por una empinada carrera, vivía —y aún vive— Rafael Campo Miranda. Durante todos esos años escolares, pasar por el frente de esa casa formó parte de mi rutina. En ese entonces, el maestro Campo Miranda no pasaba de ser para mí más que un señor muy adusto, que siempre usaba corbata, con tres hijos, y cuyo único varón estudiaba en aquel mismo colegio unos cursos más adelante. Supe que era músico cuando un buen día en el frente de su casa colocó un letrero que decía ‘Academia de Guitarra’.

     «El señor Campo Miranda era, pues, músico. La verdad, algo bastante novedoso en un barrio en el que la mayoría de los vecinos eran comerciantes, algunos finqueros, y otros, empleados de varios de los laboratorios farmacéuticos instalados en la ciudad. Como jamás he tenido ningún tipo de talento para la composición o interpretación musical, aquel señor adusto, de corbata y camisa de mangas cortas, con su academia, poco o nada me decían. Hasta que mi hermano Carlos ingresó en ella.

     «Para ese momento, empezaba yo a frecuentar las fiestas de la adolescencia, en las que poco a poco iba reconociendo los diferentes géneros rítmicos, a la vez que aprendía los principales pasos de nuestra música costeña. Seguramente ya había bailado más de una vez ‘Pájaro amarillo’, porque en alguna ocasión que mi hermano estaba ensayando con su guitarra le escuché puntear sus acordes, y le pregunté por la autoría de esa canción. Para mi sorpresa, era de aquel señor de corbata, el mismo que tenía una academia en la casa de la esquina.

     «Así, fui conociendo con el paso de los años muchas de las composiciones del maestro Campo Miranda. La mayoría de ellas, por supuesto, en circunstancias festivas. No obstante, hubo una que me hizo experimentar un particular sentimiento de admiración por él y reconocerlo como un ciudadano ejemplar: ‘Uno para todos’. Compuesta para servir de convocatoria a los barranquilleros en ciertos años críticos de la ciudad, pasó a convertirse en un himno a la solidaridad y a la lucha por los destinos colectivos, que desde entonces nunca ha perdido vigencia.

     «El valor del maestro Campo Miranda está asociado, sin embargo, a la riqueza folclórica de su extensa obra musical, que forma parte esencial del gran patrimonio cultural de la costa Caribe. Sus canciones han servido a varias generaciones de costeños y colombianos para iniciarse muy temprano en los compases de nuestros bailes típicos, algo que nos distingue en el contexto latinoamericano como una nación de bailadores.

     «Campo Miranda representa, además, el ejemplo de un hombre disciplinado y laborioso, que se las jugó todas por hacer de la composición musical una forma de vida digna y altiva. Oriundo de Soledad, en los años que se consideraba una población vecina a Barranquilla, adelantó estudios de comercio en Bogotá, para luego vincularse a una compañía de seguros en la capital del Atlántico.

     «Pese a poder llevar una vida más sosegada como empleado, Campo Miranda, con una desbordante sensibilidad y creatividad a flor de piel, decidió adelantar estudios formales de música en la Escuela de Bellas Artes —hoy Conservatorio de Música ‘Pedro Biava’— para asumir con integridad su vocación artística, con todos los avatares que ella implica. Así, se hizo músico de escuela, lo que se vería reflejado más adelante en la calidad de sus composiciones.

     «Campo Miranda forma parte de una singular generación de compositores soledeños, como Pacho Galán, Alci Acosta, Marcial Marchena y Efraín Mejía, quienes lograron darle a la música costeña una dimensión nacional, y rebasar incluso las fronteras patrias. Varias de sus canciones fueron interpretadas en diferentes países americanos y europeos demostrando la universalidad de sus melodías.

Gustavo Bell Lemus

     «Entre las muchas virtudes que se distinguen a Campo Miranda como artista, quizás la más valiosa sea su generosa vocación de maestro. A diferencia de muchos otros compositores que cancelan su actividad musical una vez han logrado algunos éxitos, RAFAEL CAMPO MIRANDA siempre ha querido compartir su información y erudición con las nuevas generaciones. Fruto de ello fue la creación de la academia que lleva sus apellidos, por las que han pasado decenas de músicos aficionados, estableciendo una tradición que han continuado sus hijos; y la publicación del libro Crónicas didácticas sobre el folclor musical de Colombia.

     «En el afán didáctico y divulgativo de su música, Campo Miranda ha dejado abundantes testimonios del proceso creativo de sus composiciones. Con ello, no solo ha hecho grandes contribuciones al enriquecimiento del folclor costeño, sino que también nos ha dado muchos elementos para una interpretación antropológica y sociológica de su obra.

     «No ha sido Campo Miranda, en su larga vida musical, un trovador que recorriera la región cantando hechos de la vida pueblerina. Por el contrario, su parábola vital ha tenido como escenario la ciudad, Barranquilla. Su temprana vinculación comercial a una importante compañía de seguros le permitió un estatus de clase media, desde el cual poder divulgar y popularizar la música vernácula costeña entre las clases altas en trance de asimilarla.

     «Antes que canciones inspiradas en ilusiones, historias ajenas o sueños, todas sus composiciones, por el contrario, han tenido un motivo real, como él mismo lo reconoce: “Soy poco imaginativo y soñador. Mis obras están basadas sobre experiencias, sobre vivencias que he disfrutado y vivido con gran intensidad” (Candela, 2000).  

     «Seguirles el rastro a las letras de canciones de Campo Miranda es, entonces, conocer momentos inolvidables de su propia vida en el Caribe colombiano. Pero más interesante aún, es ver cómo traduce esos instantes en poesía y, por ello, en música. Así, una pena de amor por la partida de su amada Nubia, se vuelve poesía en estos versos:

     Nube viajera, que te vas llorando bañando con llovizna la pradera, así tendré que irme yo algún día derramando entre la hierba lágrimas del alma mía.

      «Es la magia del poeta. El célebre escritor inglés Robert Louis Stevenson dijo alguna vez que las palabras están destinadas al común comercio de la vida cotidiana, y el poeta las convierte en algo mágico. Y, acaso, ¿hay algo más mágico que la música?

     «Se debe también a las experiencias vitales del maestro Campo Miranda, en especial a sus tribulaciones sentimentales, haber inmortalizado en sus canciones símbolos tan importantes de nuestro imaginario colectivo como el viejo muelle de Puerto Colombia: Viejo Muelle de mi puerto, triste atracadero de pasiones náufragas del mar, sé que cerca a tus pilotes están aún anclados, los recuerdos de aquel amor.

     «Campo Miranda es un poeta que, al cantarle a la vida, le canta a su tierra”. Hoy, con alegría, vida y folclor en sus venas está llegando el próximo 7 de agosto a la florida edad de 103 años para gloria de la música folclórica y caribeña de Colombia».

Gustavo Bell Lemus