Es tarde de sol brillante y, en busca de alguna historia curiosa, salgo a dar vueltas por mi terruño.

     Ya no puedo hacerlo solo y a pie, como en otras épocas, mucho menos si ando con una cámara fotográfica colgando del cuello y un celular en la mano, listos para captar ‘emblemas’ del pueblo.

     —No des papaya con la cámara ni con el celular —me advierte un amigo de infancia, vieja data, cuando me ve en acción—. Aquí, los rateros no perdonan una. Y hasta ‘dan balín’ por un aparato de esos.

     Prefiero entonces un ‘motocarro’, al lado de mi cuñado Aristides Nicolás Donado Martínez, ‘Nico’, y esto sucede para someterme a sentir en la mitad de las nalgas, fijo en ‘el huesito del ñango’, los efectos del deterioro de muchas vías pavimentadas años ha o destapadas desde siempre en mi pueblo. Peor si se viaja en uno de esos vehículos que, con problemas de suspensión, parece corcovear como yegua salvaje dispuesta a no dejarse domar. El estómago ha de terminar pegado a la boca.

     Como es de suponer, la realidad había de desparramar gran parte de las evocaciones del pasado contra esas calles bastante deterioradas por la falta de mantenimiento o de voluntad política para pavimentarlas. Recuerdos hechos trizas, sí, porque ni las butifarras, que hoy se elaboran en infinidad de sitios soledeños, son ni saben como las de antes. Se han empequeñecido a tal extremo, que más bien parecen cagajón de chivo en sartales. Y ahora, hasta gotas de limón les echan para disimular sabores nada placenteros a un paladar especializado en ‘catar’ las excelencias de Segunda Alvarino y Eufrosina ‘La mona’ García.

     La peor imagen a retratar está en el mercado público y su entorno, donde, de joven, durante más de una veintena de ocasiones, desayuné caldo de pescado y bocachico frito como preludio del cierre de una parranda. Hoy es un chiquero en el cual se surte el pueblo de los artículos comestibles para el día a día. El mosquero es aterrador, asqueroso.

     ‘El viejo puerto’ al que tantas veces arrimó y amarró ‘La flor del río’ —la barcaza de Ramón Niebles Moreno, el egregio abuelo materno— y en cuya margen izquierda se levanta el mercado, está consumido por la batatilla y la basura, en una especie de apelmazado tapón-fangal. Ya no hay caño para la práctica de la natación ni de la pesca como en los otrora felices años de mis niñez y adolescencia. Solo un amplio espacio para que se alimenten a su gusto las garzas carroñeras, blancas en plumaje, que invaden ‘terrenos’ del supuesto usufructo exclusivo de goleros o gallinazos.

     Huele a feo y, en medio de ese ambiente que asfixia, se levantan dos o tres cantinas, pegadas una de la otra, a orillas del fétido caño seco, y que se atiborran de parranderos eternos, incluyendo ‘gorreros’ o ‘gotereros’ o ‘canaleros’. Sin que deje de hacer presencia la inefable mercader del sexo con borrachos que, cargada ella de ‘esperanzas’, da por allí sus vueltas y más vueltas a la caza del próximo cliente. Tampoco falta, como es de suponer, ‘el pasecito nasal’ o la sonoridad de ‘el chupón canábico’.

     La verdad: mi interés es fotografiar las fachadas de seis o siete puntos identificativos de mi pueblo: el mercado, el caserón de los Domínguez, la iglesia de San Antonio de Padua, el Museo Bolivariano, la capilla de la Cruz de Mayo, Laminas del Caribe, los teatros Olimpia y Colón, el parquecito donde se levanta la estatua de Bolívar que le da la espalda a su Museo, la en otrora biblioteca Melchor Caro de la Federación Municipal de Padres de Familia de Soledad, algún otro parque y los dos cementerios tradicionales: el ‘viejo’, o ‘Central’, y el ‘nuevo’. Anhelo, eso sí, la irrupción —en medio del trayecto—, de un hecho que me procure la escritura de una historia curiosa desde mi terruño.

La Sony, ojo fiel, fiel compañía, de recorrido por el pueblo…

     El recorrido en tri-moto-taxi atraviesa por calles y carreras casi sin distingo, resultante del estrangulamiento urbano a punta de ladrillo y metal. Si no fuera porque me desplazo con alguien aferrado a su tierra —testigo de excepción de la transformación salvaje del municipio: ‘Nico’, mi cuñado—, no había de ser fácil de entender que las construcciones de una calle o una carrera son como copia de las de otra y las de esta son como el escaneo de una de las de más allá, aunque no pertenezcan a una urbanización propiamente dicha… Es como si estuviéramos dando vueltas y más vueltas sobre el mismo eje, buscando la salida de un laberinto de casas embarrotadas: sus residentes viviendo como presos en sus propios hogares, detrás de esas rejas de hierro, protectoras contra las acciones del hampa, que, implacable, actúa a cualquier hora del día o de la noche.

     En ‘motocarro’, la misión ha de cumplirse en pocas horas. Y cuando —después del paso y una ojeada fotográfica al parque de ‘La María’— quedo dispuesto para realizar las últimas tomas a ese sitio a donde va a descansar para siempre el discurrir de la vida: Cementerio Viejo y Cementerio Nuevo, ¡irrumpe la anhelada historia!, mientras el sol se va hundiendo en su ocaso.

     En efecto: desde el azul hemisferio el Astro Rey pone, en el comienzo del crepúsculo vespertino, la dudosa limpidez de su luz ocre sobre la lata fría, medio oxidada, de un elevado aviso de color verde, letras blancas, al extremo derecho del Cementerio Viejo o Central…

     ¡Ha llegado el sublime momento!, porque el mensaje de ese aviso verde, como bandera que no ondea, bañado de amarillo oscuro gracias a los últimos débiles chorros luminosos de la energía solar, me penetra por mis ojos: es lo real, para irse más allá de lo racional y lo irracional y superar hasta lo onírico, a fin de venir a posarse en la autopista de mis neuronas como inequívoca muestra de lo que yo, junto con gran parte del mundo todo, hemos de concebir como surrealismo.

     Sucede pues que, porque como… ‘Una noche de misterio/ estando el mundo dormido/ buscando un amor perdido’ el poeta soledeño Gabriel Escorcia Gravini ‘pasó por el cementerio’, esta última ‘acción’, me imagino yo, había de servir como consideración para que, muchísimos años después, las autoridades sin oficio de mi pueblo le clavaran, alegando in memoriae tributum est, el nombre del vate al viejo camposanto de nosotros, los soledeños…

     Y todo deja indicar que se procedió al ‘bautizo’ —así es lo surreal—, desde la creencia gubernamental del terruño maltratado de que aquel joven vate enfermo que había nacido en 1891, 14 de marzo, para dejar de existir a los 28 años, construyó 30 décimas, 300 versos en torno a las miserias del hombre —un campo santo como escenario idealizado y una mujer que lo fue de carne y hueso como inspiración—, y los dejó desparramar sobre hojas de papel desde los mismísimos interiores de la primera necrópolis que, con todas las de la ley, han disfrutado los difuntos soledeños.

     No hay duda de que Gabriel Escorcia Gravini gestó un hecho sin precedentes en la vida cultural del terruño y que, en efecto, el impacto universal de su intenso y extenuante lamento reclama, desde hace años, un homenaje con pompas intelectuales. Con sentimientos reales, como esos que anualmente, en Día de Inocentes, son expresados, ‘Entre tumbas’, por poetas anónimos y bien conocidos en la fecha del aniversario de la muerte del rapsoda, una iniciativa del soledeñísimo pintor y cronista Fernando Castañeda García.

     No esa acción de gobierno por medio de la cual se decreta que su nombre — Gabriel Escorcia Gravini— se le endilgue a una ‘mansión glacial/ donde lo fatuo refleja,/ se pudre la carne vieja/ como la carne jovial;/, por muy cierto que la necrópolis-escenario del extensísimo poema haya sido MUY soledeña.

     Y es que, viéndolo bien, recintos físicos con pinceladas de lo cultural o intelectual es lo que tiene Soledad para que lleve tal nombre por merecimientos muy distintos al de ser depositario de los despojos mortales de tantos soledeños —los huesos de ‘La gran miseria humana’ descrita por Escorcia Gravini— al través de los siglos, una gran parte de los cinco trascurridos desde la fundación de la Porquera de San Antonio de Padua. Además, buscando con detenimiento en la web, muy pocos son los panteones en el mundo que saltaron a la vista con nombre de humanos: el ‘Capitán Joe Byrd’, el camposanto más grande para reclusos en Huntsville, Texas, ‘estrenado’ por prisioneros de Byrd en medio de ese surrealismo concebido por España-Francia-Estados Unidos —1799-1802— alrededor del dominio sobre Luisiana, con inclusión en el diferendo de la mayor parte de West Florida y todo Texas. Y otro es el cementerio Presbítero Matías Maestro, en Lima, Perú, bautizado así en honor de su diseñador: Matías Maestro.

     Pero más ingredientes cuecen el asentamiento de ese surrealismo que hierve y crece hasta lo aterrador, no solo dentro de lo que ocurre en el viejo camposanto soledeño, que ahora ‘responde’ al nombre de Gabriel Escorcia Gravini —me dicen que el nombre se lo puso Fernando Castañeda García—, sino por lo que hube de ‘descubrir’, a lo mejor invisible para otros ojos menos acuciosos, en la casa esquina donde había nacido y donde, además, murió el rapsoda, el 28 de diciembre de 1920.

     Allí, en la calle 19 con carrera 21, en la pared esquinera del inmueble, había de figurar una placa desmejorada en su presentación por el olvido y unos brochazos al descuido de vinilo blanco y en la cual medio se lee que “Aquí nació y murió/ el poeta Gabriel Escorcia Gravini/ autor de La gran miseria humana/ Academia de Historia de Soledad/ diciembre 17 de 1991”. Una placa empotrada en la pared de aquella casa cuando primero, ya habían transcurrido nueve meses del arribo al centenario del nacimiento del poeta —hecho ocurrido en 1891—, que eso de atrasarse 278 días a tal celebración solo pudo ocurrir en el entorno de la realidad mágica que aflora desde lo surreal.

     Algo más, segundo: el poeta murió el 28 de diciembre, pero como a manera de ‘inocentada’ anticipada la ‘sociedad cultural’ soledeña fechó la placa en un 17 del mismo mes, ¡aniversario de la muerte de Simón Bolívar!…

Esta secuencia gráfica captada por José Orellano y Aristides Nicolás Donado había de pasearnos por la realidad de un surrealismo en el terruño mismo del poeta Gabriel Escorcia Gravini: pareciera que sobre la olla pa’l sancocho pende la placa que recuerda los años del nacimiento —errado— y muerte del vate para las miserias humanas. Nació en 1891, no en 1892. Errores de ‘academia’. Acciones de craso ‘folclorismo académico’. Y el panorama mejoró, todo eso se borró…

     Entre esos ‘palos de ciego’, abierta entonces queda la grandísima posibilidad de recordar en esta nota surrealista que un extinto presidente de tan benemérita entidad, Academia de Historia de Soledad, aseguró alguna vez, para un video-documental, que la etimología de la palabra butifarra se fundamenta en los términos buti, que, dijo, significa ‘embutido’, y farra, que, dijo, significa ‘fiesta’. Para un surrealista DRAE sería, pues: Butifarra: embutido para la farra… ¡Y tal adefesio idiomático —producto de craso folclorismo académico— circula en YouTube!

     Y sigo… Porque si allí… “en este entristecido/ y lúgubre camposanto/ termina del vate el canto,/ y del músico el sonido;/ del pintor el colorido, y de su cerebro el foco/ se consume sin sofoco,/ y sólo queda el recuerdo./ Aquí tanto vale un cuerdo,/ como lo que vale un loco/”, ahora todo eso pareciera que estuviera sucediendo en una desmesurada paila infernal…

     Ocurre, pues, que en aquella casa que vio nacer, crecer, encerrarse durante la luz del día, escapar hacia la calle bajo el manto de la oscuridad nocturna por efectos de su enfermedad —lepra, esto me enseñaron de niño— y escribir y que también vio expirar a Gabriel Escorcia Gravini, había de funcionar últimamente, allí en la que pudiera ser histórica casa-museo, un restaurante muy popular, un ‘sancochadero’. Y el aviso promocional de la existencia de tal almorzadero es la pintura de una gigantesca olla puesta al fuego de leña vegetal… Está ‘concebida’ de tal forma, que la sensación óptica que deja es la de que la placa pende como aliño o condimento o parte de la vitualla dispuesta para caer a la olla y sumarse a los ingredientes del sancocho imaginado que hierve humeante y se ofrece a comensales en apuros a precio muy popular: ¡$3000,oo!…

     Al día de hoy, la olla está borrada. Y el servicio gastronómico se ha ampliado a desayuno. Y a domicilio. A lo mejor, cosas de Covid -19. Esa casa debería ser un museo.

     Una imagen como para corroborar todo eso que transmite ‘La gran miseria humana’… Que, tomada de https://es.wikipedia.org/wiki/Surrealismo, le doy paso a la oración de punto final de esta nota, para aterrizar en un ejemplo de lo surreal: “Cuando el hombre quiso imitar la acción de andar, creó la rueda, que no se parece a una pierna. Del mismo modo ha creado, inconscientemente, el surrealismo… Después de todo, el escenario no se parece a la vida que representa más que una rueda, a una pierna”.

Crónica vivencial originalmente publicada años atrás en El Muelle Caribe