Cuando todo vale para no dejarse joder (final)

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     Payola —como palabra castiza— no está registrada en el Diccionario de la Real Academia Española.

     Wikipedia, tras ahondar en los orígenes de la palabreja, la define como acción de “exigir u ofrecer un soborno por parte de los dueños de concesiones de radio y musicalizadores o productores musicales de las emisoras a cantantes o agrupaciones musicales para colocarlos en la pauta de transmisión”.

     Morfológicamente, payola es la contracción del verbo inglés pay —pagar— y victrola, aludiendo al fonógrafo de la RCA Víctor de principios de siglo pasado.

     Y hay más: vale aclarar que el monto de la payola se tasa de acuerdo con el nivel de audiencia de la transmisora, sea radio o televisión. Y como ha transmutado a medios escritos, también varía según la circulación.

     La vedette y rapsoda colombiana Doris David ha tenido que lidiar con la payola.

     Vale recordar que con un “¿Y tú cuánto me cobras?” había de responder ella cuando vía celular —y tras un saludo con reservas también por parte de ella—, la contacté para entrevistarla, tras una recomendación muy especial que me habían hecho en Ciénaga, Magdalena.

     Le pregunté —y así lo publiqué en la primera entrega de este seriado— sobre el porqué de su pregunta, le aclaré que yo no le cobro a nadie por trabajos estrictamente periodísticos y le precisé que, aunque bien hubiera podido molestarme su interrogante no fue así porque me interesaba ahondar en el porqué.

     “Es que detesto la payola”, me respondió por celular. Y sin preguntarle de a mucho, ella, que no tiene pelos en la lengua, me dio nombres de payoleros, uno de ellos, dice, aquel que “me trataba como a una reina cuando éramos jóvenes”.

     Hoy cierro el seriado y para el comienzo de este final, el tema que sigue en la cronología de la conversación de más de 8.000 palabras —quizá 9.000— es, precisamente, la payola.

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     “Me alisto para ir a Valledupar y el chico que me está arreglando la plaza me dijo: «mira Doris, pero para hacer sonar tu disquito primero…» —lo interrumpí… Le dije: “tu disco, a mí en diminutivo nada, yo soy éxito, a mí in crescendo, todo, in crescendo, no me lo minimices, y prosiguió:—. «Mira que él dice que hay que darle una platica». Le dije “¿Me estás hablando de payola? Dile que le cobre a su madre, que la mamá le pague por hacerle sonar el disco, porque yo no le voy a pagar a ningún hijo de madre… ¡Qué pena! Yo

soy una artista y merezco respeto”.

     —¿Le hablaste así de fuerte?

     “Yo soy grosera como buena costeña. Nosotros los costeños no conocemos la hipocresía, y yo menos. Después de estar en una cárcel, hijo, sin haber cometido delito alguno. Detesto al payolero”.

     —Pero bueno, ¿por qué estuviste en la cárcel?

     “Yo estuve en El Buen Pastor y no fue un castigo, no fue una maldición, no fue castigo de Dios, nada. Fue una bendición de Dios”.

     —¿Cómo así?

     “Es paradójico para mucha gente… Yo le decía a la directora: «¿Usted por qué no me deja vivir en la cárcel? Déjeme vivir aquí, yo pago una habitación, ¿usted sabe lo que yo voy a aprender en una cárcel?  Cada vieja que cada día llega es una historia diferente. De 1500 mujeres, 1500 libros, ¡por Dios, déjeme vivir acá». O sea: fue una bendición y yo NO debía ir a una cárcel”.

     —Bolívar, el hombre de las dificultades… Tú…

     “Mira, yo he pasado por todo: he sido violada… he sido contagiada de dos enfermedades venéreas que, a mis 10 – 11 años, casi me quitan la vida… pasé tres terremotos: México, Nicaragua, El Salvador… Mejor dicho: he pasado cosas que tú no te imaginas… Se mataron 30 artistas contratados junto conmigo para presentar un espectáculo, pero… ese día el carro me dejó, maldije a todo el mundo, “¡envidiosos!”, los insulté como buena costeña, porque, pensaba, no me habían llamado… Más tarde supe que sí lo hicieron… Horas después, a las 3 de la tarde, estando en el salón de belleza, oigo que se mataron todos, que la única que quedó viva fui yo por no haber escuchado el llamado. Mira, José: me han pasado tantas cosas en la vida, que yo, a estas alturas, a mis 65 años, no puedo quedarme con la lengua quieta. Y si tú me gritas yo te grito dos veces… y si me pegas un empujón, yo te meto tres puños. Tiene que ser así, mi vida”.

     —Creo entonces, Doris, que el libro también te ha servido para desfogar… ¿Cuánto resentimiento tenías guardado?

     “Yo tengo muchos resentimientos, pero no conozco el odio. Mi padre, como buen musulmán, trató de inculcarme el odio, pero no, el odio oxida el alma… Y yo soy muy transparente, soy muy buena gente, muy dadivosa… Yo comparto mucho el dolor de la gente, pero no me gusta que me vean cara de pendeja. La cárcel me maduró”.

     —¿Por qué fuiste a la cárcel?

“Yo me vine de España —allá tengo, desde hace 16 años, un restaurante con mis dos hijos menores y con mi esposo— a vender una finca, a vender lo que pudiese

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vender para llevarme la lana a Barcelona, donde quería montar una vitrina de carros para importarlos de Alemania. Tenía un socio español y otro rumano, pero yo no tenía la plata completa para la inversión en la sociedad, la tercera parte. Yo les dije: “Miren, yo tengo bienes en Colombia… Esperen, voy y los vendo. Vine, puse anuncios en el periódico El Tiempo: la venta de una finca y de una camioneta y viene una chica a comprarme la camioneta…”.

     Ahí se le tuerce la historia a Doris… La chica no alcanzó a comprar la camioneta, porque no tenía la plata completa —me dijo «en un mes, si reúno la plata, yo se la compro»— … Doris quería salir de todo lo ya no requería en Colombia y alcanzó a negociar unos computadores que tenía, sin estrenar, de la utilería de la escuela de teatro que en aquel tiempo regentó en la capital de la Republica. La chica le ‘pagó’ con dos cheques…

     “Salieron sin fondo. Y yo empiezo a cobrarle y a cobrarle, pero nada… Ella venía incursa en una investigación desde dos años atrás y le tenían chuzados sus teléfonos. Entonces, cuando yo empiezo a cobrarle creen que yo hago parte de la red de ella, especializada en buscar mujeres para mandarlas a operar de los senos, de las nalgas, les hacía liposucciones y les cobrara: si la operación valía siete millones, ella les cobraba veinte, veinticinco, treinta. No era trata de personas, era un negocio, usurero, es verdad porque se ganaba veinte veces más. Pero ella tampoco les ponía una pistola a esas viejas —que vivían de vender su cuerpo— para que se mandaran a operar. Ella les decía: «Mira, yo te presto la plata, yo pago la operación y tú, a medida que vas trabajando me vas pagando» Y tan así es que ella salió libre de pecado porque eso no era trata de personas”.

     —¿Por qué fuiste a la cárcel? —insisto en mi pregunta…

     “Por una equivocación de la Fiscalía, pero, tras nueve meses, salí en libertad al demostrar mi inocencia. Fue una equivocación de la Fiscalía y ese equivoco me aportó la mejor lección de vida. Allí conocí un mundo diferente y duro de creer”. 

     —¿Cuál fue la acusación?

     “Me sindicaron de ser coautora de un tratamiento inadecuado sobre financiación de operaciones estéticas. Según la Fiscalía, yo sabía sobre esas cirugías a dos afectadas, que una conocida mía había mandado hacer y como no denuncié a la autora me involucraron y llevaron presa. A esa fulana la acababa de conocer. Eso fue todo, pero las mismas mujeres operadas certificaron que no me conocían y yo pude demostrar que a la culpable apenas la estaba tratando”.

     —Doris, ¿qué tal si volvemos hablar de Amparo Grisales? ¿Cómo la vez?

     “Es muy exótica, pero se le va la mano en su petulancia. Incluso en mi libro yo le hago una censura y que creo que llegó a sus manos. Porque esta vez, en ‘Yo me llamo’, ya no escucho los términos que escuchaba en muchos de los programas de ella. «Oye, habla duro», si tú tienes técnica vocal no puede decir habla duro porque la voz no es un palo, no es un abeto. La voz es como un gas, es como una expresión; tienes que decir «proyecta la voz». Una persona que estudie canto, técnica vocal, no tiene por qué decir «Oye, estás gritando»… Se dice «estás golpeando glotis». Todos esos dichos ‘maldichos’ que decía para censurar a los concursantes no los está diciendo. Entonces yo me digo: «Ya le llegó el libro a Amparo Grisales». Creo…”.

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     —¿Cuándo comenzaste a escribir este libro?

     “Hace 57 años, pero consolidado como libro, hace 8 años. En 2008, cuando salí de la cárcel, me dediqué a pulirlo. Dije: «Se va, lo voy a sacar». Y salió”.

     —Insisto: ¿Qué es lo nuevo que pudiera salir de este diálogo?

     “Lo interesante viene con el segundo libro, es una bomba”.

     —¿Cómo eran las cuatro de la mañana en el Buen Pastor?

     “A lavarse todo el mundo las nalgas, a bañarse con agua fría”. 

     —¿Cómo era el desayuno?

     “De lunes a viernes, llamado a las 5:00 de la mañana para recibir un alimento para animales, indigno para personas… Los sábados y domingos, cuando había visita, el llamado era a desayunar a las 4:00 de la madrugada”.                                               

     —¿Cómo era tu mañana?

      “A las 7:00, conteo mañanero…  A partir de las 8:00, talleres culturales, manualidades, otros estudios”                        

     —¿Cómo era el almuerzo?

     “En punto, a las 12 meridiano: un almuerzo de auténtica bazofia. Y la cena, la misma escena con otro horario: lo peor para comer…”

     —¿Cómo era tu noche?

     “Laaaaaaarga”

     —¿Dormías?

     “Muy poco”.

      ¿Soñabas?

     “Con la hora de salir en libertad, pero recreando argumentos para salir a editar libros. Ya salió uno, pronto vendrá el otro, pronto vendrá ‘Cárcel, mercado de conciencias cruzadas’”.

     —¿Algo que, como presa del Buen Pastor, te encrespara la piel?               

     “Aunque no lo viví en carne propia, el desprecio hacia todas, las 24 horas del día”.

¿Por influencias?… ¿Trato preferencial para la vedette?

     “Me querían las del Comando. Tanto, que el día de la presentación del libro Incógnitas, oscuridad y rejas’, el Inpec me condecoró por mi comportamiento y mi respeto como interna y por haber sido maestra de teatro y técnica vocal. Las internas me adoraban, me protegían y me respetaban”.

     —Un top de anomalías carcelarias…

     “La atención médica, regular… los medicamentos se entregan tras largas súplicas… Exasperantes, los gritos y revueltas diarias de las internas… El raqueteo casi inhumano durante los allanamientos a las celdas: muy seguido y sin avisar, en busca de celulares, armas y drogas… El reducido tiempo para las visitas de los abogados: 10 minutos… El mal trato que les dan, por el raqueteo, a los alimentos que llevan los familiares… Que no den permiso ni siquiera para ver a la madre, aunque esta se esté muriendo… Que la panadería venda el peor pan del mundo a precios muy elevados… Que el salón de belleza cobre como si todas fueran estrato 10… Que una hebra de hilo de dos metros cueste lo que cuesta una libra de carne”…                       

     —¡Ah, Doris!: full material para un tercer y hasta cuarto libro… O aquellos 1.500, uno por cada interna…

     “Y es que hay más cositas: la cédula de ciudadanía que de nada sirve allá dentro, la decomisan, la identificación se hace por medio de un código y el documento lo devuelven cuando se recupera la libertad… Las ladronas de carrera, que adentro son más ladronas y extorsionan… La necesidad de hacerse respetar, porque si no, se dio papaya y se es blanco para un ataque mortal…. Allá adentro hay que decir la verdad sobre la detención y a cambio se gana la admiración de las demás: una asesina no puede llegar diciendo “me trajeron por una equivocación”, esa mentira la convierte en motivo de burla y desprecio y blanco para joderla… Muchas internas entran siendo damas casadas serias y a los pocos meses resultan lesbianas… Allá las pobretonas se convierten en buenas acémilas y serviles de las ricachonas, porque se benefician de lo lindo… Por un buen vestido y con una pequeña porción de veneno le pueden quitar la vida a una persona que afuera vulneró a alguien: ¡Allá la mierda vale más que la vida!

     —¿Y algo bueno, positivo…?

     “Todas las celdas tienen televisión, se ven los noticieros y así se va conociendo la verdadera razón de las que van llegando detenidas… Se lleva a las internas a jugar y a misa y a tomar sol por dos horas: yo jugaba ajedrez… Poder llamar por teléfono, aunque las llamadas se hacen con una tarjeta que se compra cada 8 días: lo malo en esto, que para usar los teléfonos públicos se hacen terribles colas y se arman broncas entre las que demoran y las que esperan turno… El odio que se cultiva contra las abusadoras de menores”.                       

     —Saliste de la cárcel y ya afuera… ¿Alguna cosa que te hiciera sentir estrella joven, siempre triunfante?

     “Ocurrió en el hotel Dann Carlton, el día del lanzamiento del libro… Allí se hizo presente la prensa y la televisión peruanas y fui transmitida para todo el Perú, porque allá soy una gran figura. Además, los medios me hicieron dos reconocimientos como artista de honor en ese país y me entregaron dos menciones de honor. Ese día me sentí como aquella vez que trabajé para la reina Isabel de Inglaterra y el consorte Felipe, príncipe de Edimburgo, mi mayor satisfacción profesional”.

     —¿Y tus recurrentes mentirillas y mentirotas de antaño, Doris, para no dejarte joder?

     “Muy bien, gracias…”.

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