El estruendo de la imponente locomotora negra rompiendo la pared lateral de su cuarto, en su lujosa casa en Aldea grande, con ese agudo pito y el chirriar de las ruedas metálicas sobre el riel, era el preludio anunciador de su crisis esquizofrénica…

     Mario Schmulson Olaya empezó a tener esas visitas intempestivas del tren de hierro negro en su habitación cuando cumplió 26 años de edad, hoy a sus 65 lo recuerda como si el tiempo no hubiera avanzado. ‘Parece que fue ayer’, se repetía frente al espejo en que se autoanalizaba en esa soleada mañana primaveral.

     La víspera de su cumpleaños número 26 fue muy amena. Tan acelerada fue la ingesta de licor escocés, que solo recuerda el giro de las botellas que pasaban como ruleta de fiesta de pueblo. No había alcanzado a tomarse un trago, cuando se venía el otro, como jugando a la lleva. Tras ese giro furibundo se fue su sobriedad con todo su cuerpo físico al refugio de sus sueños y merluzas: su amplia cama de soltero…

     Al día siguiente, el alboroto del vehículo férreo irrumpió en sus sueños y lo despertó sudoroso, sin saliva, con un guayabo matador. De un salto se paró de la cama, refregó y refregó sus ojos para corroborar que no era un sueño, quedando tieso como muñeco de palo, frente al espectáculo presente: la imponente máquina de vapor le respiraba frente a frente, el ‘chaqui chaqui’ de las ruedas de acero y el pito chillón lo ensordecieron… Volvió a espernancar sus negros ojos y con un tono de incredulidad dijo: “Nojoda, ¿cómo pudo ese aparato llegar hasta aquí?”.

     Desde ese día, después de haber sido tratada la resaca con catéteres endovenosos de suero vitaminado, el médico general lo remitió a siquiatría, porque semejante relato no era producto de una mente en sano juicio, ni mucho menos del guayabo. Esa vaina es para un loquero, terminó en su diagnóstico el galeno.

     Días después, el siquiatra, luego de un exhaustivo examen físico y mental, por medio de una rigurosa anamnesis y pruebas pertinentes confirmó el diagnóstico del médico general abrió la puerta del consultorio e invitó a los padres de Mario a que entraran. Con fuerte voz les dijo: “Este joven tiene un trastorno mental que se encuentra dentro del grupo de los llamados trastornos psicóticos. Presenta una grave distorsión en el pensamiento, la percepción y las emociones. Tiene pérdida de contacto con la realidad y experimenta alucinaciones. En español: padece esquizofrenia”.

     Mario nunca se casó. Ejerció su profesión de abogado y con todo y la enfermedad se especializó en derecho penal, siendo uno de los mejores del Caribe y del país del café y, en aquel entonces, del Oro Verde, el guineo.

     Mario nunca olvida el día en que llegaron a Aldea grande procedentes de la capital. Su papá era ingeniero agrónomo, nacido en Bogotá, de padre judío, y venía contratado por la United Fruit Company para que se encargara de la supervisión del guineo de exportación a Gringolandia. Su mamá, una elegante dama de la sociedad santafereña, hija de un exministro de relaciones exteriores y expresidente por corto tiempo, sabía muy poco de los menesteres domésticos y refunfuñando aceptó acompañarlos a este infierno, visto así por el calor que irradiaba en estas tierras…

     El niño de ‘El tren premonitorio’ apenas acariciaba sus 6 primaveras y todo era novedad y expectativa. Durante el viaje por avión, desde La Nevera hasta Santa Marta y su posterior llegada a Aldea grande, mantuvo sus ojos abiertos, pendiente de que ninguna imagen quedara fuera de su cámara visual.

     Cuando llegaron a la estación del ferrocarril lo vio por primera vez, era él… enorme, elegante, azabache puro y altivo moviendo una hilera de vagones que lo seguían incuestionablemente ondeando la línea férrea, su voz potente con un pito característico anunciaba su llegada y de su torre superior una bocanada de humo remedaba la imagen de un toro de lidia cuando sale a la plaza, echando humo por su salvaje hocico.

     Desde la ventanilla del automóvil Ford clásico que los recogió en la ciudad de Bastidas, asomaba su inquieta cabecita y como loro parlanchín preguntaba: “¿Papi ese es el tren?”

     —¡Sí! —contestó su progenitor en un monosílabo cortante.

     Con esa respuesta bastó para entender en vivo y en directo las imágenes de su cartilla ‘Alegría de leer’, cuando, debajo del dibujo alusivo al aparato, deletreaba: “La ‘t’ con la ‘ere’, la ‘e’ y la ‘ene’ suena tren”… Luego completaba el siguiente estribillo: “Mi ma-má me lle-vó a co-no-cer el tren. El tren tie-ne pi-to y lo to-ca tres ve-ces en to-da es-ta-ción don-de es-ta-cio-ne…”.

     Esa imagen sería guardada en su inconsciente, para sacarla 20 años después cuando, de regalo de cumpleaños, lo abordaría su primera crisis de esquizofrenia… Ese tren fue la foto premonitoria, avisadora, indicadora de que la patología mental iba a llegar…

     Ese tema de la premonición tenía muy intrigado al siquiatra tratante de Mario Schmulson Olaya, pues esta enfermedad no tiene esos avisos, como sí suele ocurrir con la epilepsia, por ejemplo: antes de una crisis algunos enfermos tienen sensaciones que les alerta de que tal dificultad se va a producir. A estos avisos se les denomina aura. Tienen la ventaja de que permiten al enfermo tomar precauciones y avisar a sus acompañantes.

     De todas maneras, para Mario fue un caso único, que le ayudó mucho, ya que cuando ‘El tren premonitorio’ impactaba en su cuarto, se preparaba, tomaba el medicamento formulado y lograba convivir en paz con su enfermedad. Y se embarcaba en unos de sus vagones mentales a recorrer el mundo de las alucinaciones.

     Lo importante fue que asimiló el cohabitar con su padecimiento, que hasta un doble muro acerado pensó hacerle a la pared lateral derecha por donde interrumpía el tren, para que este se abstuviera de hacerlo.

     Una vez en consulta, el siquiatra, después de escuchar con atención su inquietud, le dijo: “O.K. Mario, te autorizo que hagas la pared, pero aquí lo más importante es que ignores ese tren, de esa manera él se siente olvidado y no vuelve a aparecer…”.

     Así lo hizo. Y una tarde común vestida de calor, a pesar de que el tren ‘atravesó’ la reforzada pared de su alcoba, no se asustó, lo encaró y le dijo en tono retador: “Puedes volver a aparecer en mi cuarto cuantas veces quieras, porque yo no te voy a parar bolas. Eres una mole de hierro totalmente desconocida para mí…”.

     Con asombro vio como a través del frontis de la locomotora un fuerte chorro de agua derretida corría, supongo que eran lágrimas, y su potente pito contestó:

     —Aunque me ignores, siempre seré tu ‘Tren premonitorio’, porque gracias a mí puedes preparar el equipaje de tu tratamiento. Pobre de ti si yo no vuelvo, porque entonces sí te acosarán los recuerdos de este amigo fiel que cambia su ruta para venir a prevenirte, aunque tú solo me insultes.

     Cuando volvió a mirar a la pared, ya no había nada…

     En su nueva consulta le expuso al siquiatra su encuentro ferroviario y el profesional con ojos de loco le corroboró: “Estás empezando a ignorar y no hay mejor cura para tu mal que eso”.

     Aunque los episodios del tren fueron poco frecuentes en el transcurrir de su vida, Mario logró controlar su mente y, aunque lo veía, siguió ignorándolo, con el sentimiento de indiferencia que jamás enfermo alguno pudo lograr… Así mitigó en grande sus penas.

     A sus 84 años, siete meses, tres semanas y trece días de haber venido a este mundo, se preparó para morir. Presintió que ese era su último día en este paralelo dimensional. Se bañó, restregó su arrugada piel, sacó sus dentaduras y las cepilló con bicarbonato de sodio, sal de cocina y un chorro de limón. Se vistió de blanco impecable y se colocó en su cabeza un Kepis de igual color que le daba la apariencia de un capitán de marina.

     Seguidamente desayunó algo ligero, se enjuagó su boca con un enjuague americano de sabor a eucalipto y se sentó en su cómodo sillón a terminar de leer un ejemplar en ingles de un recién estrenado libro: ­ —‘Lo que el viento se llevó’—, escrito por la autora norteamericana Margaret Mitchell, que trata de la Guerra de secesión y la esclavitud en Estados Unidos de Norte América.

     Luego le pidió un papel a su ama de llaves y un lápiz. Escribió algo y se quedó tranquilo en brazos de Morfeo, en su confortable silla de cuero…

     Poco después, en el bolsillo inferior derecho de su guayabera blanca cubana de cuatro bolsillos, encontraron un papel escrito a mano que decía: “Dentro de poco, cuando descanse mi alma de este mundo, quiero que me lleven en ‘El tren premonitorio’ hasta la fosa que albergará mi osamenta- Quiero por música el pito del tren anunciando su llegada y que el ‘chaqui chaqui’ metálico de su andar sea el coro acompañante…

     Y así fue… Dicen que no hubo entierro más concurrido, lleno de gente de todos los estratos y colores llegados a Aldea grande desde todos los puntos cardinales del globo terráqueo para despedir a Mario el de ‘El tren premonitorio’. Fue tal la multitud que al pueblo no le cabía una aguja más y las personas se peleaban por ver la imagen del difunto más famoso enterrado en la región, solo superado en asistentes por los que acudieron a los funerales de La mamá grande…

     Su tumba resalta entre todas, en el Cementerio de los Ricos de Aldea grande y, a manera de epitafio, una lámina de mármol italiano colocada en el frontis de su mausoleo en forma de locomotora, también de mármol, dice: “Aquí yace un hombre fiel a su Tren Premonitorio, vehículo inmortal que lo acompañó hasta su muerte y mucho más allá de ella…”