Cuando se disponía a ir a su casa para guardar su taxi y cumplir con la acostumbrada cita nocturna con Morfeo, un transeúnte extiende su largo brazo. Juan orilla su automóvil de servicio público, color amarillo, último modelo, al tiempo que, por la ventanilla, una cara joven, masculina de dorados cabellos largos, le dice: “Llavecita ¿Por cuánto me llevas a la calle 76 con carrera 38-C?”.

     —Veinte mil barritas, mijo, porque estamos lejos —calle 17 con la entrada al puente Pumarejo—, son las diez de la noche y ya me voy de acostada…

     —O Key —responde el joven interlocutor—, pero te cancelo en mi casa porque no traigo un solo peso conmigo. Dialogando para sus adentros, Juan se dice: ‘Veinte barritas para cerrar el día de hoy con broche de oro, no caen nada mal’.

     Durante el trayecto conversaron de diferentes temas de actualidad, por supuesto que para todo taxista nacido en ‘La arenosa’ —y que se respete—, el Junior F.B.C. siempre será motivo de conversación.

     La noche era fresca, con una armoniosa brisa de cielo estrellado y esa luna particular de esta bella ciudad, como lo asignó Estercita Forero en una de sus canciones. El tráfico era escaso, invitaba a conducir a buena velocidad, no había trancones.

     Juan no dejaba de observar a su pasajero a través del retrovisor interno. El joven era de tez blanca, pero en la obscuridad de la noche su color era cetrino, como de muerto viviente, tanto así que cualquier médico le hubiera diagnosticado ‘hepatitis B’ con una simple inspección ocular.

     El joven comentaba que su papá era un reconocido comerciante de la ciudad, que todos los 16 de julio cerraba la calle 76 entre carreras 38 y 41, para festejar con imagen de yeso gigante en cuerpo presente a la Virgen del Carmen en la puerta de su casa, con la participación de vecinos, invitados especiales, seguidores y curiosos, porque además traían reconocidas agrupaciones vallenatas y toneladas de whisky escocés, 18 años de maduración, lo que hacía más concurrido el ya famoso y tradicional festejo.

     El recorrido se hizo muy ameno y corto. En un abrir y cerrar de ojos estaban en la esquina de la citada dirección, muy cerca del colegio militar Acolsure. El pasajero, muy presto, descendió del carro, a la vez que le decía al conductor: “Vuelvo enseguida a pagarle la carrera”.

     Pasaron diez largos y fríos minutos, como la noche misma, y en vista de que el joven no regresaba, Juan decidió bajarse de su automóvil, tocar el timbre y averiguar qué sucedía.

     Después del tercer intento con el interruptor fuertemente sostenido, apareció una señora de porte elegante que dibujaba una silueta curvilínea bella a pesar de la edad —57 años quizás—, en bata de dormir, de cabellos plateados. Asomada a la puerta y con voz asustada preguntó: “A la orden, señor… ¿Qué le pasa? ¿Por qué se pegó tanto al timbre, es que no tiene modales o qué?”.

     Apresuradamente, como la brisa que fuertemente retumbaba en la instancia, Juan le aclaró: “Disculpe doña, pero es que un joven al que le hice una carrera de taxi hasta aquí me dijo que lo esperara, que iba por dinero para cancelarme la carrera. Entró hace más de diez minutos y, en vista de su demora, resolví tocar. Por eso mi afán.

     Desde la puerta entreabierta, Juan contempla el retrato del ‘hepatítico’ joven, colgado en la sala, justamente frente a él, con ojos brillantes y sonrisa sarcástica y que parecía decirle: “Te tumbé”.

     —Mire doñita, ese es el muchacho —dijo Juan, señalando con su dedo índice derecho al inmenso retrato que lo acosaba desde la pared de enfrente.

     —¡No puede ser! —replicó severamente la elegante señora—. Ese es mi hijo, pero hace más de dos años falleció en un accidente de tránsito en la calle 17 con la avenida al Puente Pumarejo. Iban para Santa Marta y una tractomula los arrolló, así que no puede ser él.

     Juan bajo raudo a su carro, su voz quería explotar en sonoro grito, pero la orden cerebral no hizo sinapsis neuronal y las cuerdas vocales no vibraron, solo emitían un gutural sonido como quien hace gárgaras con Isodine.

     Las piernas le temblaban, mientras que su trémula mano derecha, cual paciente con Parkinson, lograba darle encendido al taxi. Inmediatamente la manchita amarilla se perdió en la obscuridad de la noche.

     Su última carrera de la noche había sido tan traumática que, aun acostado en su cómoda cama, veía la imagen hepática con cara de joven, lo que les producía más temblor a sus músculos. Entonces, mentalmente se repetía: “No puede ser, Juan… ¡Le hiciste la última carrera de la noche a un alma en pena!”.

Posteriormente supimos que, efectivamente, esa fue su última carrera. Por recomendación médica tuvo que dejar de conducir y dedicarse a otro oficio, a fin de superar su crisis mental.