En el Caribe, el apodo es tu presentación nominal

     En el Caribe colombiano no hay diminutivo que no se aplique a cualquier nombre ni falta de bacanería para acceder a tu blindado status ni, mucho menos, se pierde tiempo al colocarte un apodo, tan preciso, que cuando uno lo analiza da risa. Esto sucede en cualquiera de los siete departamentos de nuestra costa Atlántica y muchos lo considerarán como suyo; no es coincidencia, es nuestro Realismo Mágico.

     Gustavito era el sobrinito de un gran amigo, quien me refirió esta historia. Ese ‘pelaito’ era el más precoz y jodón del barrio… ¿Qué nombre le pondremos al barrio? El que tú quieras, la idea es demostrar que sucede en muchos de ellos.

     La maravilla de infante podría tener unos siete años, pero aparentaba menos. Era, para todos los habitantes del sector, como un sobrino más, por esa acogedora manera de ser Caribe, región donde todas las señoras son tías, sus hijos los primos y, así, sucesivamente, como en este caso concreto. Era un imán al que todos los amigos, conocidos y por conocer, le jodían la vida.

     De dientes incisivos superiores muy sobresalientes, lo que lo asemejaba a el Conejo de la Suerte, Bugs Bunny, él era tan pequeño y cabezón —los tíos son de baja estatura—, que lo apodaron ‘Tachuela’, pues literalmente parecía un clavo pequeño y cabezón.

     El que me narra el suceso era uno de los que más le fregaba la vida y le decía que, con ese ese tarro tan grande, no crecería y ese era el bullying que le hacía.

     Cuando ‘Tachuela’ comenzó a desquitarse, el gran amigo se lamentaba y le provocaba meterle un cocotazo… Muchas veces explotaba: «Nojoda, cabezón, quédate quieto… ¡‘Tachuela’ de ferretería!».

     Pero un día llegó el verano, como dice el poeta. Y sucedió que ‘Tachuela’ le pidió al narrador de esta historieta que le diera dinero para ir al zoológico por vez primera a fin de conocer los animales que allí vivían. Y le prometió que le comentaría sobre la experiencia, cuando regresara de su paseo. Y así fue…

     En horas de la tarde, el chico fue a buscar a su benefactor y a comentarle sobre la grata experiencia, que fue bien chévere el rato en el zoo. Le dijo que había animales muy grandes y variados  y que emitían diferentes sonidos, como saludando a los visitantes.

     El amigo hispanoparlante sigue su intervención y agrega que, para incentivarle la lengua y la imaginación, “le dije que la marimonda albina —de nombre Juanita— se parecía a él. Ante la ofensa, ‘Tachuela’ frunció el ceño, lo observó de arriba abajo y, con seguridad de padrino de bautizo, le respondió: «Tú te pareces a un animal que me llamó mucho la atención, que era bien gigante y trataba de llevar su mano izquierda hasta el cielo, con las patas largas y ese animal era el ñandú».

     Descansó, exhaló aire profundamente, como quien descarga toda la fuerza aplicada, y cayó relajado al piso, liberando una estrepitosa carcajada, sosteniéndose su barriguita y repitiendo: «Eres un ñandú, ñandú, ñandú».

     Desde ese día quedó etiquetado, en la pila bautismal de los apodos, como ‘Ñandú’. Cada vez que lo veía, el niño asomaba su cabezota de clavo enano y le gritaba: «Ñandú, ñandú», sin que hubiera poder humano que lo callara.

     En esa época —continúa el relator— «un compañero del colegio vivió casi un semestre en mi casa y estudiábamos muy duro para sacar el año adelante. Un día fuimos a tomarnos una gaseosa con una polvorosa, la galleta deliciosa que se desboronaba en la boca, y adivina quién estaba escondido esperando que pasara. Me imagino que ya adivinaste… Sí señor, el mismísimo  ‘Tachuela’ del barrio, el  Gustavito de dientes de conejo, mismo que, apenas me vio, gritó: ‘Ñandú’, repitiéndolo indefinidamente, tanto, que mi amigo, extrañado, me preguntó que si era a mí a quien llamaban así. Le dije que sí y le expliqué rápidamente, para no darle importancia al suceso, el origen del apodo y creí que la cosa terminaría ahí.

     «Pues no terminó ahí», prosigue el relator. «Ese amigo, una vez estuvimos en el colegio, le comentó a todos que en el barrio había un niño que me decía ‘Ñandú’, lo cual fue motivo de risas y jodedera y así algunos empezaron a decirme el sobrenombre.  Pero lo que el infidente jamás se imaginó fue que —como él vivía en casa para estudiar juntos y sacar el año, y también salíamos juntos y llegábamos de igual manera al colegio—, todos los compañeros del curso, mamadores de gallo de alto nivel, empezaron a decirle a él ‘Ñanducito’, por ser de baja estatura, razón por la cual yo pasé a un segundo plano.

     A ese compañero infidente aun lo recordamos con ese apelativo. Lo hacemos con mucho cariño.