Carlos Daniel Nieto Arteta, médico veterinario, hombre alegre, caribeño, divertido, sonriente y  mujeriego, disfrutaba de sus descansos en su finca San  Cristóbal, a pocos kilómetros de Baranoa, Atlántico, y mucho más  cerca  de Sibarco, pueblo que vio nacer a José Nieto, su pariente y único presidente negro que ha existido  en Colombia.

     Carlos Daniel Nieto Arteta no perdía la oportunidad de gozar la vida, disfrutarla al máximo, sin olvidar sus raíces. No se perdía las fiestas de Carnaval, su alegría era contagiosa e invitaba a todos a bailar con su Danza del Torito disfrazado de Toro, Burro o Tigre. Un lunes de Carnaval la danza se presentó en un desfile en Baranoa y Carlos Daniel Nieto Arteta se transportaba en un viejo jeep willis adquirido en remate a la Gobernación del Atlántico. 

     Vestido de toro decidió pasar por el pequeño caserío de Sibarco.

     Dejó el carro a quinientos metros, en la primera vuelta. Desde el pueblo no se podía divisar el vehículo, así que nadie podía sospechar que se trataba de Carlos Daniel. 

     Se bajó su careta de toro de cachos grandes que terminaban en unos cascabeles sonoros y embistió su caminata hacia la calle principal del poblado. 

     Eran las dos de la tarde, el caserío dormía la siesta del medio día. Los perros guardianes fieles, también reposaban del inclemente medio día. Un silencio total cubría el pequeño caserío.

     De pronto se sintió el mugir del toro de dos piernas que embistió a unos durmientes perros. Golpeó con sus cachos la puerta de zinc de un ranchito de bareque que había en la esquina principal.

     Las mujeres, que a esa hora dormían en el sopor del caserío con sus hijos, nunca habían visto algo semejante: se escondieron debajo de sus catres pidiendo ayuda divina, pensaron que era el demonio.

     A lo lejos venía en su mula su compadre Jacinto Yaya. Carlos Daniel Nieto Arteta disfrazado de toro, escarbó en la calle y mugió con más fuerza y emprendió carrera y se fue a atacar a su compadre jinete de la mula.

     La mula recién amenazada, corcoveó, y expulsando tres peos, saltando con su jinete encima, corrió sin rumbo fijo.

     Carlos Daniel Nieto Arteta sintió el silencio en toda la vereda y decidió marcharse. Los perros cogieron el monte.

     A lo lejos alcanzó a ver que su compadre Jacinto Yaya venía con el rostro acerado, con un machete en su mano y una cabuya en la otra, sudando a chorros y gritando con mucha rabia:

     “¿Dónde está ese miserable? Si no me agarro firme, me mata la mula. Voy a amarrarlo, ¡pa’picalo con  el machete!”

     Carlos Nieto Arteta apuró el paso, encendió su jeep willis, aceleró y se marchó a toda prisa.

     Los perros duraron  ocho días  perdidos del susto en la espesura del monte.

     Desde ese día no se hace la siesta en Sibarco… y los lunes de Carnaval se ven a los moradores del poblado con cabuyas y machetes a la espera  de un disfrazado.

Guillermo Nieto Molina. Contador de cuentos