La difícil situación económica y la pésima salud de su hijo de cinco años, atormentó la tranquilidad tanto de Sofanor Paternostro como de María Eugenia Contreras.

     Tenían poco tiempo de vivir juntos, escasos siete años, con dos hijos: Simón José y José Simón. El mayor, Simón José, de cinco años, permanecía con fiebres y escalofríos permanentes, barriga abultada y los ojos llenos de lagañas, moqueo permanente, además de convulsionar varias veces al día.

José Simón, el segundo, gozaba de buena salud y apenas comenzaba a caminar.

     Sofanor se conoció con María Eugenia en una fiesta de su pueblo llamado Carmona, Magdalena; había regresado de coger algodón por las tierras de Codazzi, César. Volvió con buen dinero, estrenando yines de modas y un nuevo corte estilo militar.

     La misma noche que se conocieron, Sofanor Paternostro y María Eugenia Contreras se escaparon: ambos tenían 16 años cumplidos. Aprovecharon la confusión y algarabía que invadía el pueblo los días de fiesta y, en un camión cargado de mesas de ruletas, de carritos de ventas de paletas y helados, partieron a cumplir su cita precoz con el amor.

     Después de ocho días de permanecer en Barranquilla, visitar el muelle de Puerto Colombia, ir al zoológico, ver jugar el equipo Junior en el Romelio Martínez y la selección de béisbol en el Tomás Arrieta, regresaron a su pueblo, Carmona… María Eugenia con un porte de mujer adulta y Sofanor mucho más serio y meditabundo.

     Sofanor mandó hacer una cama doble donde el primo Anastasio, carpintero experto en hacer ataúdes de madera barata para venderlos carísimos como muebles de colección. Está vez realizó lo contrario: madera buena para una cama fea, de corta y clava.

     Se llevó a vivir a María Eugenia a su casa, donde era antes la bodega para guardar millo y maíz recolectado en las cosechas de la finca del abuelo.

     A los nueve meses exactos nació Simón José, nombre heredado de sus dos abuelos.

     Sofanor festejó con poco entusiasmo, no estaba de acuerdo con el primer nombre, Simón… Consideraba, de alguna manera, que su padre, José, representado en ese segundo nombre demeritaba al viejo. Cargó siempre con esa espina que le hería el ego, por eso decidió ponerle a su segundo hijo José Simón, lo satisfacía, nombre que “le lucía” —como él mismo decía—, porque era fuerte como su abuelo.

     María Eugenia lucía delgada, ajada por los últimos cinco años al lado de sus hijos y su compañero, tratando de sobrevivir con lo poco que conseguía Sofanor trabajando a jornal en las haciendas de la región, sembrando hectáreas de la fruta tropical llamada mango.

     El trabajo escaseaba… Un día de ordeñador, el otro de machetero, no alcanzaba para comer muy bien. Los sueños de una casa grande, llena de muchachos, se fueron diluyendo, como el río diluía los terrones de barro que ella lanzaba a la corriente pidiendo un deseo.

     El desespero también le debilitó el alma y ella solo sonreía de año en año cuando se alegraba la plaza con música y visitantes de otras poblaciones y recordaba lo más osado que había hecho en su vida: escaparse con Sofanor. Ella decía quererlo, aunque a veces lo odiaba. Una vez comprometidos, Sofanor no volvió a estrenar ni a motilarse bien. Vivía en un desespero eterno buscando, recursos para su maltratado hogar. Ella no volvió a maquillarse nunca más.

     Un domingo 7 de junio, Sofanor no soportó más la tristeza de ser pobre y sin empleo. Le dijo a su mujer:

     —Nos largamos de aquí o la muerte nos lleva a los cuatro.

     En una bolsa de manigueta de flores cargaron lo poco que tenían, dos mudas de ropa, una para trabajar y la otra para ir los domingos a misa a pedirle a un Dios que para ellos se había convertido en sordo.

     La ropita de los niños la envolvieron en una funda del desgastado juego de sábanas que habían comprado en Barranquilla en una de las colmenas del mercado. Su color era indescifrable después de seis años de uso.

     Se fueron en un chance, un aventón que les dio un camión recolector de las primeras cosechas de mango. Entre cajas y canastillas repletas de la fruta tropical parecían cuatro muñecos viejos maltratados por los años.

     Simón José vertió su emesis varias veces por la compuerta trasera del camión. Se ponía frío y en los ojos le brillaba la pobreza.

     Jose Simón agarró un mango de azúcar y lo degustó lentamente como si fuera un delicioso tetero.

     Llegaron al ferry y esperaron el turno para atravesar el río Magdalena. Una vez embarcados, Sofanor se izó de pie entre las compuertas del camión y la carpa y gritó fuerte:

     —¡Adiós Colombia! ¡Te dejo mis penas!

     Los conductores que parquearon en el ferry, al lado del camión donde viajaba Sofanor con su familia, lo tomaron a broma. Para Sofanor fue un acto de despedida de un lugar que para él se había convertido en sufrimiento.

     Con la esperanza de hallar se haya. El camión cargado de mangos se ubicó en la plaza de ‘El boliche’, llamada así por canchas para jugar este juego de confección y afición de los moradores del interior del país, los cuales tenían depósitos de abarrotes en la plaza.

     Aquiles Molina los vio descargar… Llevaban el hambre a cuestas… O el hambre los llevaba a ellos… La única camiseta de José Simón se veía manchada, amarilla por el jugo del mango que era succionado con ritmo de marcha militar.

     Simon José lucía muy pálido y con mucha fiebre.

     El camionero conductor no les cobró. Quiso regalarles algo de dinero para el almuerzo, pero una voz interior lo increpó: «No lo hagas… Después se riega la bola en el pueblo y te va a tocar traer a la gente gratis y darles plata pa’l almuerzo».

     No habían salido del desconcierto que produce bajarse de un vehículo de carga y estar de nuevo en tierra cuando Sofanor escuchó:

     —Jóvenes, ¿vienen en busca de trabajo? —les habló Aquiles Molina.

     —Si señor —sonrió Sofanor, tratando de mostrar alegría, mientras las tripas le cantaban en el estómago una música desesperante, ‘la sinfonía del hambre’, en notas perceptibles únicamente por él.

     El arreglo fue de inmediato: quinientos pesos el mes y vivienda; además le adelantaba para hacer una compra de víveres, la cual pagarían entre los dos.  Antes de abordar el bus de Juan de Acosta, el profesor Aquiles Molina los invitó a un sancocho de ojos de vaca con buen limón y arroz blanco. María Eugenia sentía mareos y Sofanor sudaba a chorros: la potencia de las sopas de ojo los debilitaba. A Simon José le dieron una que otra cucharada, no quería abrir la boca de lo mal que estaba.

     Llegaron a Juan de Acosta a las dos de la tarde, el bus pito su entrada triunfal, anunciando su llegada como quien se marcha varios años, y regresa feliz a su pueblo. Cuando llegaron tomaron camino hacía ‘El jobo’, lugar donde estaba ubicada la pequeña finca del profesor Aquiles Molina. Llegaron al atardecer después de bordear el arroyo grande, en dos borricos flacos, muy parecidos al burro ‘bicho de puya’ de Carlos Escorcia que años después encontraron, sin ninguna explicación razonable, en el patio de la casa cural de Juan de Acosta.

     Cuando llegaron al rancho de ‘El jobo’ fueron recibidos por Francisco ‘Franco’, Molina un joven de 17 años, hijo natural del profesor Aquiles. ‘Franco’ estaba a cargo del rancho, no lo le gustaba estudiar, siempre las maestras y maestros lo excluían de cualquier actividad por cargar la maldición de ser hijo natural y no legítimo. Él sufría, su madre lo animó siempre diciéndole: “Quieran o no, yo con el dedo no te hice… Llevas su sangre aquí, o en la China”.

     Simón José llegó con mucha fiebre, José Simón se sentía a gusto en la nueva vivienda. Sofanor fue enterado de sus nuevas actividades por ‘Franco’ y María Eugenia barrió el rancho, quedando su piso de arena brillante después que lo regó con agua lluvia recogida en una alberca, y vertida al piso de arena barrido.

     La finca tenía movimiento de trabajo: ordeño por la mañana, después hacer el queso, empacar el suero, la leche, llevar el ganado a los pastizales, luego sacarlo de allí y llevarlo a los pozos del arroyo a beber agua cristalina.

     María Eugenia ya se veía distinta, como si la juventud hubiera regresado a su vida. Sofanor se volvió muy práctico en las faenas de ordeño y la elaboración de los quesos.

     Siempre cargaba a José Simón a las diferentes labores, llevaba el nombre de su padre y era fuerte como un yunque: debía entrenarlo para la vida. Con apenas cuatro años, demostraba la cría, como los gallos finos en la gallera.

     Simón José se apegó a su nuevo amigo ‘Fanco’ y pasaba todo el día con él jugando y corriendo. Tiraban piedras, simulaban cocinar con unas espigas de un árbol grande que semejaban ollitas pequeñas muy a pesar de que a veces los vómitos y la fiebre le aumentaban muy fuerte.

     Nadie se percató que Simón José no pasaba bocado diferente a agua y pedacitos de bollo limpio que ‘Franco’ le daba con panela.

     Después de un mes, cuando Sofanor se sintió cómodo y recibió su primer salario, ‘Franco’ se marchó. Ya no era indispensable en el rancho, buscaría nuevos rumbos en el pueblo, volver al colegio jamás.

     Simón José quedó a su suerte… Su mamá María Eugenia se ocupaba todo el día en cocinar para Sofanor y José Simón, de barrer el rancho hasta dejarlo reluciente, como a los calderos que, tiznados de hollín del carbón y la leña, un mes después de restregar con ceniza y jabón negro, brillaban como soles metálicos.

     Simón José empezó a comer barro, arena, estiércol seco de las vacas y pedazos de retoños del árbol de ciruela con sal.

     Su barriga se pronunció mucho más, la fiebre, una noche a las 7:00, lo atacó fuerte. Deliraba llamando a ‘Franco’. Eran las 3:00 de la mañana cuando se puso tan mal que María Eugenia llamó a Sofanor para ver qué hacían con el niño.

     —Mañana llevo al pueblo a ese pelao… Por tener el nombre de tu padre es que salió enfermizo —dijo Sofanor.

     —¡Mereee! Ese pelao salió al viejo José —contestó María Eugenia—. Mañana te lo llevas pa’Carmona, allá mi amá lo va cuidar mejor que nosotros… Al final tú ni lo quieres —agregó María Eugenia.

     Siguieron discutiendo hasta el amanecer, cuando el gallo cantó y festejó él mismo batiendo sus alas propinándose golpes fuertes sobre su pecho erguido.

     La mañana fue muy agitada, el ordeño se demoró, el cuajo del queso se acabó y tocaba ir a buscarlo al pueblo, al negocio de Roque Cantinas que vendía de todo, desde una aguja hasta un práctico ambu iluminador de luces de peligro rojas y blancas. En otras palabras, lámparas adaptadas con sistemas novedosos como los de las ambulancias. Roque les cambiaba el nombre para venderlos más caros y hasta darle una nueva personalidad al producto.

     La fiebre de Simón José no paraba esa tarde. Convulsionó varias veces y sus padres no se percataron. Su hermanito José Simón lo miraba con desprecio. Al lado de su padre, se sentía seguro y fuerte.

     Lo vieron de mal color. Se veía verdoso, como las lamas de las piedras donde se empoza el agua en el arroyo.

     Decidieron que María Eugenia se llevará a José Simón a comprar el cuajo y Sofanor a Simon José para Carmona, allá su suegra lo purgaría con yerbasanta y bicho de bombito, además de un té de ajo con cebolla, así no le quedaría ni lombrices ni el nombre de sus abuelos.

     María Eugenia partió a eso de las once de la mañana. Sofanor lo haría un poco más tarde, le faltaba llevar a beber el ganado y recoger los terneros hacia el chiquero.

     Cuando se desocupó encontró a Simon José muerto.

     María Eugenia regresó al rancho a las tres de la tarde, estaba todo en silencio. Sofanor no estaba. Preparó comida para ella y para José Simón. Pensó en Sofanor, que a esa hora debía estar atravesando el río en el ferry, muy cerca de Carmona. Recogió las herramientas, pinzas clavos martillos, seguetas, machete, rulas, azadón y cinta métrica. No vio la pala ni el pico. A veces Sofanor lo prestaba a un rancho vecino.

     Durmió intranquila. No podía conciliar el sueño. Recordó el nacimiento de Simon José y la felicidad de su papá cuando le colocó de primer nombre su nombre: Simón.

     Al día siguiente regresó Sofanor, venía colorado por el sol y se le notaba que se había embriagado… Estaba enguayabado. No besó a su María Eugenia como otras veces, ni la miró a los ojos.

     Esa noche durmió en la hamaca con José Simón. María Eugenia lo hizo en la cama de lienzo. Sólo le dijo:

     —Por Carmona todo está bien, te mandaron este ciento de mangos.

     ‘Franco’ regresó a ‘El jobo’ después de un mes a llevar el dinero de la paga del segundo mes laborado.

     Apenas llegó al broche de entrada empezaron a suceder fenómenos paranormales. El café se volteó en la hornilla, la leña la apagó un arenero que salió quién sabe de dónde. A medida que se acercaba al rancho, piedras grandes y pesadas caían sobre la vivienda. Si Sofanor estaba ordeñando, se solito volteaba el balde de leche o se soltaban los terneros en los chiqueros.

     De noche se apagaba el mechón y sobre el techo de zinc caían piedras… La hornilla amanecía llena de ollitas fruto del árbol grande llamado por los pobladores ‘Hoyo mono’.

     Apenas ‘Franco’ se marchó todo volvió a la normalidad.

     Enterado de todo lo raro el profesor Aquiles Molina se acercó al rancho con ‘Franco’ una semana después.

     Fue peor: los huevos de las gallinas culecas eran estrellados frente a Sofanor y las vacas dóciles se volvían violentas… Los terneros dejaban de mamar y muchas veces el recipiente de la sal resultaba lleno de azúcar, mientras que los quesos se sentían tan dulces como un arequipe blanco cuajado en leche cortada.

     Se formaban remolinos de arena y venían más piedras, amenazantes, esta vez desde el arroyo.

     El profesor Aquiles Molina le dijo a Sofanor:

     —Bueno, ¿y usted es católico? ¿Ha rezado?

     Sofanor no contestó, su mujer María Eugenia le dijo al profesor

     —Nosotros nos vamos de aquí. Además, mi hijo Simón José está en Carmona y José Simón ha empezado a enfermarse desde hace poco.

     —Esperen un momento… ¿Todo esto sucede solo cuando viene ‘Franco’? —preguntó el profesor Aquiles.

     —Sí señor –dijo María Eugenia.

     —Esto no es de agua bendita ni de curas… Hay que traer un curioso… En tres días traigo a un señor que sabe de este mundo y del más allá —dijo  el profesor Aquiles Molina.

     A ‘El jobo’ llegó Marcial Medina, moreno, alto, de mirada penetrante, dientes perfectos. A su lado, en un burro, ‘Franco’. Marcial Medina le ordenó a ‘Franco’: “Desmonte”.

     Apenas el joven colocó los dos pies en el suelo, la lluvia de piedras y los remolinos de arena eran impresionantes. Marcial Medina rezó algo inteligible y soltó los botones de su camisa: un Cristo en plata con los clavos de oro brilló con el sol del mediodía… Marcial Medina  le hablaba a las piedras y a la vez le decía a Franco:

     —Cuidado me tocas… Me tocan piedras… Te pego tus correazos con el Cristo… ‘Franco’, ¡no te muevas! Cuando yo te diga, te subes al burro.

     El mediodía se oscureció en los alrededores del rancho, las gallinas se recogieron en los gallineros. Los pollitos buscaron protección bajo las alas maternas.

     Las piedras ahora salían de todos lados: de matas de calabacín, de arbolitos de olivos y de mangos recién sembrados por Sofanor.

     —¡Súbete al burro! —ordenó Marcial Medina.

     Todo se normalizó volvió a verse claro el rancho. El gallo cantó como si fuera madrugada, batiendo con fuerzas sus alas hacia el pecho. Marcial Medina dijo:

     —‘Franco’, tú no tienes culpa de esto, aquí hay más de lo que pensé. ¿Cuántos viven aquí? —preguntó

     —Tres: mi esposo, mi hijo y yo —dijo María Eugenia.

     —Eso es falso: aquí viven o hay cuatro. Aquí hay un niño de escasos cinco años, muerto y enterrado ¿Dónde está? —dijo Marcial Medina—. Bájate del burro, ‘Franco’.

     ‘Franco’ se bajó y, justo, detrás de una ceiba blanca salían piedras diminutas y ollitas de olla mono en filas.

     —Súbete al burro. Ahí está enterrado el niño que provoca todo esto.

     Sofanor se arrodilló a pedir perdón a María Eugenia. Ella no lo miró se llevó a su hijo José Simón.

     Sofanor y la policía exhumaron el cadáver y Simón José fue bautizado por Franco, antes de darle cristiana sepultura.

     No hubo cargos para Sofanor. El profesor Aquiles Molina le pagó y lo retiró del cuido del rancho.

     Muchos años después, Sofanor Paternostro, perdido en el alcoholismo, vio venir a un muchacho con una bata blanca. Un escalofrío le recorrió el cuerpo, sintió fiebre, era idéntico al difunto.

     —Abuelo, deje de beber —dijo el jovencito.

     —¿Quién eres? ¡Te pareces al difunto!

«Soy Simón José Paternostro, hijo de José Simón Paternostro. Llevó el nombre de mi tío, quien murió, y fue despreciado por ti, por llevar el nombre del papá de mi abuela. Es hora de recoger tanto dolor y desarmar los egos… Vamos para mi casa… Mi abuela murió hace un mes y me pidió este favor, como su última voluntad. ¡Camine…!»