El día que se suicidó Alberto Iriarte nadie escuchó el disparo que se descerrajó en el parietal derecho. 

     El tañido de la detonación del arma fue opacado por el alto volumen del equipo de sonido, a todo timbal, en la habitación de lujo del hotel donde estaba escondido. Se mató escuchando a su artista preferido y la canción titulada ‘Si supieras’.

     El día anterior, desde un teléfono público, había llamado a sus familiares y a sus mejores amigos, pero no les dijo dónde estaba escondido… Los llamaba para invitarlos, en tono festivo y de agradecimiento, diciéndoles: «Alístense, voy a mandar una buseta a recogerlos… Quiero reunirme mañana con todas las personas que quiero. ¡Algo celebraremos!».

     El encargado de recoger al personal como edecán de la buseta fue su mejor amigo de infancia, ‘Pellito’. Alberto Iriarte lo apreciaba y admiraba. ‘Pellito’ nunca aceptó sus proposiciones para negocios ilícitos y siempre recurría a sus consejos. Alberto Iriarte le confiaba a ‘Pellito’ hasta su sitio de escondite y todas sus fechorías. Lo único que no le contó, por no comprometerlo, fue de quién se trataba el enemigo que lo buscaba para matarlo.

     La fiesta fue a orillas del mar, en una casa finca con piscina… Todos los primos cercanos, la mamá, sus mejores amigos disfrutaron de la música y su cantante preferido de la ‘Nueva ola’ del vallenato.

     Mesas servidas con whiskey y exquisito vino chileno, además de cerveza importada, compartieron los invitados. La buseta que los había llevado los recogió para el regreso, puntual a las siete de la noche, la hora acordada. ‘Pellito’ se quedó de último y, de un fuerte abrazo, se despidió de Alberto Iriarte. Este le secreteó el lugar de su escondite al oído, mientras lo abrazaba. 

     —Tranquilo, mi llave, algún día resuelves todo —le dijo ‘Pellito’, mientras se retiraba, después de un apretón de manos.

     Alberto Iriarte llegó al hotel y se encerró a escuchar champeta, salsa y vallenato. Mirándose al espejo se perdió entre los recuerdos, mirando su reflejo.

     Recordó los negocios ilícitos que lo habían llevado a huir dejando su hogar: sus dos hijos y a la mujer de su vida. Como en la proyección de una película, recordó paso a paso cómo clonaba las tarjetas de crédito y débito, cómo vendía pasajes por Internet para vuelos internacionales falsos, cómo cambiaba cédula clonando apellidos de gente importante y adinerada.

     Recordó que sus ganancias ilícitas superaron más de los 300 millones de pesos, dinero que malgastó en mujeres vicios y rumbas.

     Ahora, en la soledad de una habitación de hotel, era un desconocido frente al espejo. Los sueños de niño de ser un ingeniero electrónico se esfumaron enmarañados en la arrogancia de la delincuencia. 

     Alberto Iriarte se recostó sobre el abullonado colchón, ojos inundados de lágrimas, y puso de nuevo, por enésima vez, la canción ‘Si supieras’.

     Eran las dos de la mañana y no paraba de beber y de repetir el mismo disco. Tomó su celular y en su red social volvió a reenviar fotos de sus momentos más felices: sus grados de primaria, bachillerato y universidad, las de su matrimonio, la del nacimiento de sus hijos, festejando el campeonato del Junior, su equipo del alma, de algunas rumbas…

     Mandó un mensaje a su mamá por WhatsApp: «Mamá, perdóname. No tengo salida. Cuida de mis hijos, que desde hoy son tuyos».

     Su hermana Cristina despertó a las tres de la mañana, encendió su celular y vio que su hermano subía y subía fotos. Subió a llamar a su mamá, que vivía en el segundo piso. Tocó fuerte la puerta. Casi a gritos, por entre la ventana, le dijo a su mamá: “Abre la puerta, mamá. A Albertico le pasa algo, lo presiento”.

     —Yo he tenido pesadillas, en las cuales lo veo lleno de sangre, pero sonriente. ¿Pero, dime hija, adónde lo buscamos, si él está escondido y nadie sabe adónde? —dijo la mamá de Cristina y Alberto. 

     —Vamos a la casa de ‘Pellito’, él debe saber, él es su mejor amigo —insinuó Cristina.

     Corriendo las dos cuadras que las separan de la casa de ‘Pellito’, llegaron y lo despertaron. Le contaron la premonición.

     —Yo las llevo, pero no me vayan a meter en líos con Alberto —dijo ‘Pellito’—. Este es un secreto que yo no quiero contar… La amistad es fiel, pero viendo sus rostros angustiados, vamos…

     El hotel donde estaba hospedado Alberto Iriarte tenía todos sus pisos a oscuras. Solo la luz del penthouse estaba encedida.

     Ingresaron al hotel sin anunciarse, subieron sin pedir permiso. El recepcionista, a esa hora, estaba rendido del sueño. La puerta estaba sin llave y se escuchaba la canción que le fascinaba a Alberto. Entraron. 

     Lo encontraron tendido en la cama, ojos puestos fijos el techo, sonreído en medio de un charco de sangre que corría por el plástico protector de la almohada… Se desangraba, en la mano derecha el revolver que había comprado en la Brigada del Ejército con cédula y extractos bancarios falsos… En el bolsillo derecho de su pantalón, un papel escrito con su puño y letra. 

     «La vida de engaños, se convierte en tragedia, ¡cuídense! No tenía salida. Era yo, o mis hijos. Esta desgracia es real…».