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     Quince días les tocó soportar a Juan Pablo Almendralejo y Pedro Juan Almendralejo tumbando árboles de banco, madera que se utiliza para hacer los suecos y zapatillas de las mujeres.

     Se habían trasladado a cuatro horas de camino desde su pueblo hasta una región selvática. Allí, en un rancho de paredes de barro y bahareque embutido con estiércol y paja seca, colgaron sus hamacas y sus herramientas: un machete, dos hachas y tres limas de afilar.

     Al despertar se bañaron cerca del rancho en un jagüey de aguas cristalinas y frías.

     De desayuno les compartieron espagueti con yuca cocida y café tinto. El almuerzo se lo enviarían al sitio de la desforestación con un chico de quince años. Por la tarde regresarían y cenarían en el rancho.

     Antes de salir, habían llenado dos calabazos de vangaño con el agua del jagüey para beber y refrescar la sed, mismo jagüey dónde se habían bañado a las cinco de la mañana.

     La señora Sixta Urdaneta, encargada del rancho y del suministro de los alimentos, los despidió con una sonrisa.

     El almuerzo llegó puntual: 12 del día. Juan Pablo y Pedro Juan destaparon las viandas: Juan Pablo, una de plástico, redonda, de color roj,o y su hermano Pedro Juan, una similar de color azul.

     Los portacomidas estaban repletos de espaguetis y yuca nuevamente. Por la tarde el menú fue el mismo, espaguetis y yuca.

     Así transcurrieron los quince días sin cambiar el menú.

     Unas veces era yuca con espaguetis y otras, espaguetis con yuca. Los hermanos Almendralejo se sentían desesperados y sin fuerza.

     En el alar del rancho permanecía una atarraya colgada, dejada quizás por un descuidado pescador.

     Pedro Juan le solicito el favor a Sixta Urdaneta para tomarla prestada y así salir de cacería cuando regresaran por la tarde, después de tumbar los árboles de banco. Sixta aceptó sin discutir.

     Los hermanos Almendralejo de regreso colocaron la atarraya en un camino tupido por donde habían visto senderos por los cuales se mueve el conejo. Juan Pablo fue el encargado de ‘jardear’, con golpes de plan en los troncos de los árboles y con chiflidos e imitando ladridos de perros, seguro de que los conejos se espantarían.

     Así fue: seis cayeron en la desgastada atarraya.

     Llegaron al rancho felices con los conejos descuartizados, los ahumaron hasta quedar con un delicioso aroma. Se los entregaron a Sixta. Después de trece días de comer espagueti con yuca, ya era justo que disfrutaran de un buen guiso de conejo. Esa noche volvieron a comer yuca con espaguetis.

     Despertaron temprano se bañaron en el jagüey en medio de la oscuridad de las cuatro de la mañana, llenaron los calabazos de agua hasta el tope. Se veían sonrientes: por fin un desayuno distinto después de tantos días de lo mismo.

     Encontraron lo mismo de desayuno: espaguetis con yuca.

     Un poco desconcertados subieron al sitio del corte de la madera.

     —Trabajaremos rápido para hacer un cambuche y disfrutar de los conejos. Ojalá y los mandé guisados con papa.

     Llegó el joven. Abrieron los portacomidas y su expresión fue de amargura: ¡De nuevo espaguetis con yuca!

     De mala gana comieron solo la mitad y le dieron el resto al muchacho encargado. Este los devoró con ansias y se limpió el bozo con la parte exterior de su mano izquierda.

     De regreso, sin decir nada en el camino, traían en su rostro la esperanza de encontrar en la cena de la tarde los conejos que habían cazado el día anterior

     Encontraron los platos tapados como de costumbre, con otro plato y una piedra grande de rio para proteger el alimento.

     Destaparon: ¡De nuevo espaguetis con yuca!

     Se levantaron al mismo tiempo. Cada uno, con el hacha y el machete en cada mano, preguntaron en coro a Sixta: “Ajá, ¿y los conejos de ayer? ¡Ni de desayuno, ni de almuerzo ni de comida? Se notaban de mal genio.

     “Catorce días con espaguetis y yuca. ¿Usted que se cree?

     Sixta Urdaneta contestó con la tranquilidad más grande del mundo: «¿Conejos?  Yo los llevé al pueblo, los vendí y compré más espaguetis y yuca para los próximos quince días. A mí, la comida de monte no me gusta».

     El día quince, madrugados, los hermanos Almendralejo regresaron a sus hogares.

     En sus casas encontraron, de almuerzo, espaguetis con yuca.