Amadeo y Darlene tenían tres años de amores, los reglamentarios para aspirar a casarse por la Iglesia católica, apostólica y romana de la época. Tres años durante los cuales Amadeo fue recibido por Darlene tres veces a la semana: lunes, miércoles y domingo.

     Siempre con un ‘alguacil’, una tía de Darlene, pendiente de que Amadeo no se le acercara más allá a Darlene.

     Para darse el primer beso debieron esperar año y medio con el triste agravante de que el primer año fue ‘largo’, bisiesto, ¡24horas más! Se besaron una noche en que se fue la luz y aprovecharon la oscuridad. Fue un beso a tientas, represado por noches cargadas de apretones de mano y de guiños de ojos y sonrisas picaronas.

     Transcurría el año 1948 y la moral y buenas costumbres constituían las reglas para llevar un noviazgo digno.

     Amadeo, vestía con elegantes camisas manga larga, saco y corbata y pantalones de gabardina, importada, costosa y brillante, acompañado de zapatos de charol de dos tonos, blanco y negro.

     Darlene le recibía las visitas ataviada con vestidos largos, de faldas que rozaban el suelo. Sus pechos eran atrapados por un corpiño de talle alto y gruesa tela.

     La visita era estricta, de seis de la tarde a ocho de la noche. Ni un minuto más ni un minuto menos.

     Amadeo siempre sorprendía a Darlene con esquelas en papel cebolla escrito con poemas y pensamientos de poetas del mundo para el mundo de los enamorados. Iban impregnados del perfume María Farina.

     Darlene lo esperaba con pañuelos de dacrón blanco, bordados a mano, con un corazón en cada esquina.

     El noviazgo era tan super-estricto, que nunca se le permitió al joven Amadeo, abrazar a Darlene. Si eran invitados a fiesta de sus amigos bailaban tres canciones sin abrazarse.

     Tres años fueron suficientes para demostrarse mutuamente —y demostrarle a la familia de ella— que se amaban hasta mucho más allá de la eternidad.

     Amadeo, prominente médico, de buena estima en la villa por su generosidad y excelentes diagnósticos.  Si un paciente acudía a su consultorio y no tenía dinero para comprar sus medicamentos, Amadeo se los obsequiaba de muestras médicas que enviaban los laboratorios de la época.

Darlene, recién graduada en un colegio de monjas, había perfeccionado el arte de hacer trabajos manuales como bordados, cojines y hasta pudines en variedad de formas y sabores.

     El matrimonio fue acordado para un sábado 12 del mes de junio de 1948. La ceremonia religiosa se cumplió en la Iglesia San Nicolás de Tolentino. La fiesta, en el hotel El Prado. Fue una noche fantástica en los salones del hotel al son de valses y mazurcas de la época, acompañados por la orquesta de Francisco Galán.

     Darlene se veía radiante, vestida de blanco inmaculado y su vestido arrastraba una cola de dos metros que la hacía lucir imponente.

     Amadeo, vestido de paño inglés, importado directamente de Inglaterra.

     Los regalos, bellísimos, fueron colocados en una habitación especial para recibirlos: les obsequiaron cerámicas italianas, vajillas cristalinas de Madagascar, paños y tules importados, baterías de cocina en acero inoxidable y un automóvil cero kilómetro, regalo de la Asociación Médica del Caribe.

     La luna de miel estaba programada para el día lunes, con salida desde el muelle de puerto Colombia con destino a Francia, al puerto de Le Havre., para luego visitar París y regresar, después de un mes, a Colombia.

 

     Amadeo y Darlene amanecieron destapando regalos y clasificando las tarjetas en el mismo orden en que habían sido enviadas en la lista de invitados. El matrimonio no tuvo tiempo para consumarse la primera noche: Darlene se adormitó y Amadeo después de mucho whiskey escocés prefirió posponer las ganas para después. La pareja despertó a la una de la tarde del domingo. Pidieron un jugo a la recepción del hotel y decidieron ir a almorzar y aprovechar para estrenarse el carro a las playas de Santa Verónica. Antigua playa conocida como ‘Mata de uva’.

     Tomaron ‘La carretera del algodón’, una vía en construcción con tramos asfaltados y otros sin asfaltar y peligrosos. El carro descapotado pasó veloz por el caserío de Juan Mina y en el punto conocido como ‘Cuatro bocas’ desentechó un cambuche ubicado cerca a la vía. Darlene le decía a su esposo Amadeo “¡deja la prisa!”. Él, riéndose y apretando más el acelerador, le contestaba: “Aún no me puedes mandar, no somos marido y mujer , disfrutemos de nuestra libertad”.

     Bajaron la loma de Mateo a una velocidad superior a los cien kilómetros por hora, bordeando el cerro para subir a Tubará… Las llantas chirriaban en cada curva. Darlene le apretó fuerte la mano a su novio y esposo. Al girar en la última curva a un kilómetro de Tubará. El auto se volteó: los novios salieron disparados contra la pared del cerro.

     Setenta años han transcurrido de ese cruel accidente. El sitio está protegido por una vegetación exuberante y fresca. Cuando se pasa por ese lugar el aire cambia a un aroma frágil y amoroso. En el lugar que cayeron los cuerpos siempre crece una vegetación natural, florecida de bellos colores.

     El amor quedó impregnado para siempre en ‘La vuelta de los novios’, así se le conoce al sintió. Imponentes árboles protegen el amor que se quedó eterno y virgen en la vuelta que les arrebató vida y sueños a Darlene y Amadeo un domingo 13 de junio de 1948.