Doña Maryluz Contreras Baquero, docente, madre del autor de la nota.

     Del todo… tengo mucho que expresarte, madre.

     Al amanecer de cada día he observado y escuchado, en el núcleo familiar, la mágica situación en ‘resiliencia’. Y me han acompañado los sueños constantes, el emprender, la nobleza y el aprendizaje de ustedes como padres.

     Hoy, después de varias décadas, se refleja el nexo causal entre la formación personal, la espiritual, la profesional y la social, entre otras… Y nunca se alcanzaría a recompensar los esfuerzos, los sacrificios y los logros compartidos en tiempo, modo y lugar de madre a hijos, esos que, orgullosamente, entre lágrimas y sonrisas, formaste a tu semejanza.

     Menester, impera el honor en vida, para ti, madre docente de mi alma…

     Que la Santísima Trinidad continúe derramando bienaventuranzas alrededor de todos y acudo al mandato bíblico del Todopoderoso: Honrar a padre y madre, compartir en paz entre hermanos(as)…

     De tal modo, que ser madre y docente es una bendición natural. La disciplina y la consagración al deber ser, es el espejo presente de ti como ser humano ante muchas generaciones que has formado. Y las cuales adornan tu loable labor expresando: “Seño, muchas gracias por haber cambiado mi vida para bien”…  Palabras que tienen mucha sabiduría y gratitud, expresadas por un menor.

     En efecto, Mami, como acostumbro decirte, se forma un nudo en la garganta de tanta alegría, aun entre lágrimas que salen y rodean los ojos.

Doña Maryluz y su esposo Raúl Dangond Brugés.

     Eres mujer, hija, hermana, esposa, madre y docente, es decir eres única: hermosa por dentro y por fuera, muchas veces reflejando “(…) I. La paciencia de Job, II. La sabiduría de Salomón, III. El valor de un león, IV. La mansedumbre de San Francisco”. Por eso, lo importante no es lo que tenemos, lo importante es ¡a quién(es) tenemos!

     No hay duda de que, en lo socioeconómico, el ejercicio de la docencia ha recibido por décadas desigualdad ante otras labores. Actitudes y aptitudes de indolencia compensatoria, insensata, por parte de los que administran y regulan el erario y el reconocimiento económico a esta profesión, se reflejan en la inequidad para quienes, sobre la base de principios consagrados, trasmiten pedagogía y conocimiento.

     No obstante, la educación ha sido y será la columna de todo avance del conocimiento. Por ello, imploro un trato digno, en condiciones óptimas, para las madres que emprenden tan prodigiosa labor.

     Madre mía y de mis hermanos, esposa de mi padre: estas palabras son un primer cáliz de gratitud, amor, orgullo, satisfacción y bendición Divina.

     Para quienes gozamos de tenerte viva, es obligación moral honrarte al máximo.

     El mejor regalo: salud y amor, en cualquier tiempo. Un deseo: feliz Navidad y ventura en el Año Nuevo.