Textos: Martha Prada

     Alguna vez te has preguntado ¿por qué hay tantas dificultades económicas en nuestra sociedad y, en general, en el mundo entero?

     Una de las razones es que, ancestralmente, se nos ha educado desde la carencia.

     Son muy pocos los padres que han enseñado a sus hijos a que el dinero trabaje para ellos, pues así fuimos educados.

     Los padres siempre han preparado a sus hijos para estudiar, hacer una carrera universitaria y conseguir un buen empleo, que sea estable.

     Y cuando, por alguna razón, esos hijos pierden el empleo, se quedan sin herramientas para hacer otra cosa que no sea buscar empleo.

     Y como si fuera poco, si lo recuerdas, los temas de conversación del dinero en tu casa eran “el dinero no alcanza”, «vamos a pedir prestado», “es que ese sueldo tan malo”, «ese empleo tan malo», “ese cliente tan malo” y, así… ¡infinidad de cosas!

     Sumado a las peleas de algunos padres por el dinero…

     Además, cuando contabas el dinero, siempre te hacían lavar las manos, programando tu inconsciente de que el dinero es sucio.

     Pero en muy pocas ocasiones te incentivaron para poner algún pequeño negocio como vender dulces, o los juguetes que ya no usas.

     Si tú analizas todo esto y miras objetivamente cómo se habla del dinero en tu hogar, es posible que también estés enseñando a tus hijos desde la carencia.

     Y si no tienes hijos, mira cuál es tu situación económica e identifica si tienes dichos patrones.

     La invitación hoy es a que identifiques los patrones de carencia en los que te educaron y empieces a romper esquemas.

     Hay momentos de tu vida en los cuales todas las puertas se te cierran. Por más que intentes, no logras encontrar la salida.

     Muchos te juzgan porque piensan que no tratas de hallarla, sin saber realmente cuál ha sido tu proceso interior. En donde debes renunciar a seres que amas, en donde piensas que lo mejor es no estar más en este plano terrenal.

     Es tanto el dolor que llevas en tu corazón, que tu flujo de energía se bloquea.

     En esos momentos, cuando sientas que ya no puedes más, dile a Dios: «Señor levántame y sáname… Reconozco mis errores, pero también mis virtudes… Y a partir de hoy me entrego a ti en cuerpo y alma, para ser instrumento de tu paz y amor… Que yo sea uno de tus milagros… ¡Y permíteme replicar ese milagro en todas aquellas personas que me rodean!».

     Amiga soberbia, ¡cuánto daño has causado en mí!

     Has recorrido mi vida sin que te viera, sin que te sintiera.

     A través tuyo, ha habido momentos en que he visto la vida de manera equivocada.

     Has hecho que no agradezca todo lo que debe ser agradecido…

     Que no valore, todo lo que deba ser valorado…

     Que no suelte, todo lo que debe ser soltado.

     Por ti he tenido noches oscuras…

     Por ti he juzgado…

     Por ti he derramado lágrimas…

     Por ti he dejado gente a la que amaba.

     Pero hoy reconozco que llegaste a mi vida como una amiga silenciosa. 

     Agradezco que hubieras llegado para ser mi maestra. Y sabiendo todo el daño que has causado, te despido como se despide una mala relación. 

     Te perdono y me perdono, pues el espacio que ocupabas, ha quedado libre. Libre para amar… Libre para ser feliz.

     Pero lo más importante, libre para recibir a Dios.