El poder de ‘El niño en cruz’

     En nuestro barrio, la leyenda y la convicción sobre ella venía de años. A los mayores se la oímos nombrar muchas veces. En aquel tiempo, en ninguna de nuestras casas había televisión, si acaso una radio de cuatro bandas, por lo que el juego y la distracción siempre estaban en la calle.

     En un acuerdo tácito, todas las noches los púberes y adolescentes nos encontrábamos en la esquina, y los temas a conversar surgían espontáneamente.

     Y la trama recurrente en aquellas concurrencias era esa: que existían personas con un poder especial, único, devenido de un ‘Niño en cruz’ que poseían en sus brazos o en su cuerpo, lo que los hacía poseedores de una fuerza descomunal, invulnerables y, a algunos, hasta inmortales.

     Poseer ‘El niño en cruz’, decían, se pactaba con un hechicero de tres formas diferentes: tomado por medio de una bebida rezada, tatuado en cruces en sus muñecas y espalda, o incrustado. Para este último proceso, se alojaban en el cuerpo unas pequeñas placas de metal, las cuales recorrían el organismo hasta encontrar el lugar donde se hospeda ‘El poder del alma’.

     «Cuando el Niño en Cruz se ubica en el cuerpo, la persona suele tornarse invisible para sus perseguidores. Tampoco la pueden matar y menos herir porque es protegido por un espíritu infernal y sus límites se hallan en otro mundo», sentenciaban varios.

     Escuchar aquello nos envolvía en un manto que parecía perforar las sombras de la noche. Todo iba quedando en la leyenda pues nunca se había presentado la oportunidad de observar y constatar, a ciencia cierta, si todo eso era una realidad.

     Hasta que un amanecer de noviembre, cuando el sol se asomaba detrás de la fachada de ‘La gardenia azul’, el momento llegó con un viento de arrabal.

     Quien nos lo mostró no podía ser alguien con tan ilógica presencia. Fue ‘El chino’ Maradiaga, un viejo chef encargado de entretener con platos afrodisíacos a los hambrientos de todo que visitaban aquel burdel de lujo, en busca del placer y la lujuria pasajera que prometen el licor y las damas de la noche.

     ‘El chino’ era un anciano callado, casi encorvado, muy poco comunicativo quien, con su andar lento, calamitoso, parecía llamar a la consideración de este mundo.

   El otro personaje de esta historia es ‘El gago’, un hombre joven, de pelo negro y lacio, aunque apretado. Alto, de ojos vivos, con su dificultad al hablar ya molesta, que daba sentido a su sobrenombre y quien siempre llevaba los faldones de su camisa al viento. Fungía como mesero de la misma ‘Gardenia azul’. Fue conocido entre nosotros porque se hizo amigo íntimo de una de las tías de Humberto y de otras de sus compinches.

     Cuando tenía un día libre, lo aprovechaba de la forma más prosaica. Se iba a la puerta de la casa de una de ellas a tomar licor barato y a reírse en estruendos groseros con toda clase de chistes de doble sentido que nosotros no entendíamos.

     Nos llamaba la atención que cuando lo aludían por cualquier circunstancia con «Oye, ‘Gago’», él interrumpía al instante diciendo: «‘Gago’ no. Don ‘Gago’». 

     Dicen que la reyerta se suscitó porque un cliente del cabaret, luego de salir de una faena con su dama acompañante, y agradecido por los efectos surtidos por la comida preparada por ‘El chino’ Maradiaga, le obsequió a éste una jugosa propina.

     ‘El gago’ consideró que, habiendo también él atendido al cliente como mesero, debía ser participe, por derecho propio, de la gratificación. ‘El chino’ Maradiaga se negó. 

     La discusión empezó en el lugar de trabajo y llegó a la calle. ‘El gago’, alicorado, se mostraba cada vez más alterado. Comenzó a increpar de malas maneras al anciano. Lo invitaba a pelear. ‘El chino’, pausado, lo convocaba a la mesura. Los muchachos veíamos aquella posible pelea con visos de atroz ilegalidad.

     ‘El gago’, más joven y robusto, parecía querer practicar con aborrecible soberbia, una forma de justicia inaceptable. ‘El chino’, octogenario, desvencijado y torpe, se mostraba incapaz de soportar un minuto de enfrentamiento así fuera contra el viento.

     En su exigencia, ‘El gago’ era apoyado por sus amigas de juerga. De pronto, ya fuera de sí y envalentonado, le lanzó dos puñetazos con ambas manos a ‘El chino’.  Gran asombro nos causó ver al atacado esquivar con gracia escurridiza la innoble embestida.

   Pero la sorpresa apenas se generaba. Como el gato que lanza el manotazo en su defensa, ‘El chino’ arrojó como atrapando al viento su mano derecha extendida a la cara de ‘El gago’. Apenas lo rozó en el ojo izquierdo. Estupefactos, vimos que parecía haber recibido un mazazo en su arco superciliar y párpados. Se le cerraron de inmediato. 

     Desprovisto de parte de su visión, pero no de ira, ‘El gago’ malgastó la poca sensatez que le quedaba y furioso volvió a lanzar otro golpe a ‘El chino’. Este de nuevo lo sorteó y le dispensó otro manotazo similar al anterior, pero esta vez con la mano izquierda rozando el ojo derecho de su atacante.

     La noche penetrante, absoluta, llegó para ‘El gago’.

     Con ambos ojos completamente cerrados, ciego, dando manotazos al aire, empezó a llorar como un niño. Buscaba una mano amiga que lo sostuviera. Parecía estar en un laberinto que lo llevaba al precipicio.

     ‘El chino’ mostró su nobleza. Pudo haberse ensañado con aquel infeliz y dejarle una lección que en su vida no olvidara jamás. Pero se negó a ceder a la bajeza. Tranquilo, empezó a alejarse. Buscaba la carretera de ‘La cordialidad’ para irse a su domicilio en taxi.

     Las amigas de ‘El gago’, furiosas por la afrenta recibida, presas del desespero, corrieron a sus casas a buscar algo con que castigar a ‘El chino’. Dos de ellas, Dora y Adriana, volvieron con una descomunal ‘tranca’ de madera, de las que se usaban en aquel tiempo para bloquear las puertas de las casas por dentro e impedir la entrada de los ladrones.

     Alcanzaron a ‘El chino’ cuando ya abría la puerta del automóvil. Una de ellas levantó el grueso madero y lo arrojó con furia contra la humanidad del anciano. Como concluyendo una tradición de las tragedias griegas, parecía que la desgracia coronaría el fin de esta historia.

     Pero el destino sólo quería que nosotros, espectadores silentes, constatáramos en la realidad lo que sólo la imaginación nos había dado hasta entonces. Con la misma parsimonia y destreza con que unos segundos antes lo vimos lanzar a ‘El gago’ manotazos equivalentes a caricias, ‘El chino’ levantó su brazo derecho y como si fuese una insignificante ramita, la ‘tranca’ se desmoronó en pedazos al contacto con su antebrazo.

     Las dos mujeres enmudecieron y, con todos nosotros, vieron como ‘El chino’ Maradiaga, tranquilo, sereno, abordaba el taxi que lo recogió y se perdía en las calles de Barranquilla. 

     Fue así como aquel día despejado de voces y murmullos, con un cielo límpido y muy de mañana, conocimos por fin el poder de alguien que poseía en su humanidad el poderoso ‘Niño en cruz’.

Guadalajara, Jalisco, agosto del 2020